Opinión

No pasarán… pero sí que han pasado

Hace un centenar de años un grupo heterogéneo de andaluces, se reunía en Ronda para celebrar la Asamblea Andalucista de 1918. Aquel foro convocado mediante un amplio llamamiento, trazaba un diagnóstico de nuestra realidad como pueblo y, sobre la base de la Constitución de Antequera de 1883, animaba a la ciudadanía a articular un movimiento de unidad a través del cual, desde Andalucía, se daría luz a una nueva España moderna y plural. “Ha llegado la hora”, se decía, “para que se despierte y levante (…) para salvarse a sí misma”. Todo bajo una percepción tan atrevida como inédita para su tiempo: Andalucía no es preciso crearla, existe como realidad cultural y política diferenciada en el contexto de un nuevo Estado que es necesario regenerar desde la periferia.

Aquella misma hora invocada la marcaron también las agujas de la Historia cuando a la llegada del 14 de abril, ese movimiento solicita el 7 de mayo de 1.931 a través de la sección andaluza del estatal (que no centralista) Partido Republicano Federal Andaluza, iniciar el proceso al autogobierno de este pueblo para evitar la cristalización de una república centralista: “Llegaron los tiempos que hubimos de predecir desde hace veinte años, durante los cuales hemos venido exhortando al Pueblo Andaluz a que restaure su personalidad“.

La hora también que de nuevo  volvió a dar sus campanadas, esta vez de sangre,  cuando una semana antes de la rebelión militar del 18 de julio, Blas Infante desde el balcón del Ayuntamiento de Cádiz izando la arbonaida como “símbolo de paz y esperanza” exhortaba a los andaluces a llevarla “plenamente siempre en su corazón (…) no vaya a venir un huracán y se lleve, no sólo al símbolo, sino a nosotros”.

Hoy, aquel reloj sin segundero de los procesos sociales, del avance en las mentalidades, de aquella Historia que hacen los pueblos como dijese Allende, está quedándose sin cuerda. Nos hace saber de “golpe” que hemos vuelto a la casilla de salida y allí nos quedaremos como no lo remediemos. Somos la más España de las España y, ahora, a causa de unas autonómicas en solitario hábilmente catalanizadas. No seré yo quien niegue legitimidad a los resultados, como tampoco soy de los que crean que ese voto integrista que niega la existencia de Andalucía no posee, entre el hartazgo y la desafección, un fuerte lastre de protesta antisistema que quiere llamar la atención restando legitimidad a la partitocracia convencional, eclosionando de la forma más sorpresiva y con unos escasos folios de programa.

Entre los discursos por normalizar esta situación inédita, se encuentran los calculados intentos por diferenciar ultraderecha y fascismo. No despreciemos al nuevo fantasma que recorre Europa. Dos caras de una misma moneda totalitaria que debería preocuparnos a todos. El movimiento nacional-socialista de Hitler nunca llevó en su programa los campos de exterminios; y sin embargo, ahora parece que la simplona y xenófoba álgebra: a menos emigrante más trabajo, es creída a ciegas como una dulce panacea por más de uno. De cualquier forma, convencido estoy que de que buena parte de ese apoyo extremo y populista al españolismo más supremacista representa más una llamada de atención que un voto consciente.

Está claro que ha perdido la izquierda. Y lo hace en un feudo donde la doctrina política ha exaltado esa característica para justificar un omnipotente régimen desde el primer gobierno preautonómico en 1977. Las descoloridas banderas socialistas y las andaluzas de despacho oficial, no le han valido de nada a un susanismo del que es oportuno decir que ha prorrogado mochilas de las que no ha sabido desprenderse y se ha sumado ciegamente contra Cataluña desde el a por ellos. Cuna y patria del felipismo ha representado al PSOE más centralista y obediente al Ibex35 despreciando todo lo que no fuese su izquierda y su Andalucía. Cándidamente, ha promocionado al monstruo creyendo que sólo restaría votos a la derecha y soy testigo a pie de urna, de cómo tradicionales los votantes socialistas andaluces, han ejercido ahora más como españoles ultraconservadores envueltos en la rojaygualda.

De otro lado, Adelante Andalucía ha resituado al socialismo y lo hace al lado de un andalucismo de izquierda que nunca más será ecléctico o neutral en términos ideológicos. Ese, ya fue enterrado tras su edad de oro durante lo que he llamado el sexenio autonómico (1977-1982). Tiempo del que por cierto estuvieron muy claras las definiciones. Aceptando su pérdida de escaños y votos, una rápida extrapolación de datos demuestra que, por separado, hubiese representado una debacle mayor para la izquierda efectiva y una mayor invisibilidad para el andalucismo que se une no el que se aisla. No justifico y quiero ser autocrítico; pero relativizo porque esos valores que no perciben desde Madrid -izquierda alternativa y andalucismo de izquierda- van a ser los únicos argumentos capaces de reconducir la situación en un futuro inmediato.

Pero no fracasan solo los partidos que pierden escaños. Lo hacen también quienes buscan una perfección que nunca existirá en cualquier panorama político; quienes se quejan ahora de que tal o cual cosa debería haberse enfocado de esta u otra manera y no fueron a votar; quienes no se implican ante la irrupción de formaciones que sólo tienen en su programa destruir conquistas de esa Constitución que ahora conmemoramos pomposamente sin juicio crítico y, por seguir con los ejemplos, aquellos espíritus puros que se sienten tan inmaculados como solos en la marginalidad que los consume. Eso sí, teóricos y rencorosos siempre como para querer seguir repartiendo carnés de lo que es y no es blasinfantiano o andalucista. Hemos perdido todos y ellos también aunque se crean ajenos a la derrota. En realidad, cualquier argumentación que expresen sólo esconde el estar instalado de forma permanente en el mundo de las ideas, con la incapacidad de ver más allá de su ombligo y sentir los “dolores del pueblo”. Ese voto, en el para sí concebido, es siempre egoísta como privativo. Ciego a la obligada mirada social ante esa cruda realidad, que parece importarles bien poco, de cuanto nos rodea como ciudadanía y pueblo.

Dicho esto, reconozco la oportunidad de salir a la calle y celebrar el Día Nacional de Andalucía pero cuidado con ofrecer argumentos rápidos a quienes, rechazando el sistema de partidos, aprovechan para airear que no se aceptan resultados electorales ejercidos en esa libertad que ellos mismos desprecian. Atención a no ofrecer elementos que refuercen posiciones totalitarias a quienes visten su piel de cordero de “paz y orden”. Parafraseando a Brecht, ahora más que nunca son necesarios los que luchan toda la vida. Los abonados a una palabra tan hermosa como militancia. O como también dirá Blas Infante: amigo y soldado de todas las revoluciones, en el sentido más integral, pacífico, estructural y humanista del concepto. Esta derechona que no cree en Andalucía, emergente, populista, nacionalista española y autoritaria (ojo con su penetración en policía y ejército), ha ganado la batalla a la derecha constitucional porque quizás tenga la bandera más larga. La misma que hace 40 años era verde y blanca por las calles de Andalucía.

A aquellos que aun añoran otro 4D como el de 1977, habrá que despertarles del sueño y decirles que hoy está más lejos. No reconocemos a esta Andalucía, la misma que rompió diseños constitucionales y se igualó por derecho propio a otras nacionalidades históricas. Tendremos que ganarnos nuestra credibilidad a pulso en un reto peor aún que aquel 28F. Hay que acabar esta transición y liquidar el franquismo prorrogado que lastra esta tímida democracia. Triunfa quien lo intenta y no mira desde la barrera. Han pasado sí, pero hoy más que nunca es la hora en punto porque Andalucía existe: Andaluces Levantaos.

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