No lo puedes entender

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No lo puedes entender

13-03-2018 / 14:30 h.

Cómo vas a saber tú lo que es llegar a las cuatro de la tarde a la destartalada y tórrida redacción de la calle Oso a implorar por unas prácticas no remuneradas. A tirar un mes de tus vacaciones universitarias dedicado a redactar teletipos y a rogarle a Pepa Pacheco, entonces la jefa de aquella sección, que te dejara pasar a local o a deportes, para simplemente poder firmar algo propio que te justificase el esfuerzo y las ganas de seguir escribiendo. Cómo vas a entender lo que es estar cerca de leyendas del periodismo jerezano como Ángel Revaliente o de gente tan generosa y esforzada como Paco Aleu y Pepa Cabral.

Cómo vas a saber lo que es irte a la competencia al año siguiente a darlo todo, otra vez en verano, otra vez con el corazón por la boca, y que en la primera tarde Miguel Ángel González te mate con su mirada por tu ocurrencia de apuntarle una foto a las siete de la tarde en Mesas de Asta. O que Carlos Piedras te corrija en voz alta, delante de todos, con ese puntito cínico de revisar hasta el último detalle para exprimirte hasta la lágrima. Cómo vas a entender lo que es salir del trabajo de unas prácticas mal remuneradas (entonces pensabas que algo es algo) e irte a seguir trabajando cubriendo conciertos al teatro municipal de Sanlúcar o al Campo de La Juventud.

Tú cómo vas a entender lo que es acabar la carrera trabajando desde seis meses antes en una redacción. Comiéndote un bocadillo antes de pagar el peaje de la autopista para estar puntual a las cuatro en Jerez, regresando desde Sevilla, hacia donde habías salido a las seis de la mañana para acabar de cursar tus estudios de Periodismo —aun siendo consciente de lo poco que servirían—. Cómo vas a entender lo que era abrirte un resquicio entre firmas que veías como monstruos de este oficio a nivel provincial, cómo vas a saber lo que significaba que confiaran en ti para cubrir tu primer pleno municipal, o que te corrigiera un texto Juan Pedro Simó y Pedro Ingelmo. O que Rafa Navas te mandara a hacer un reportaje como infiltrado chusco y sin experiencia en una secta que utilizaba un local público en Las Delicias. No puedes saber lo que se siente al abrir un periódico a cinco columnas y verlo a la mañana siguiente en el kiosco o en las manos de tu abuela. O ver todo el esfuerzo de la gente que se parte la cara sin firmar en esas redacciones en las que antes se fumaba y se bebía hasta lo insano para sobrellevar la enorme presión, maquetando o buscando honestamente publicidad entre los muertos y las putas. No lo puedes entender. Y me da pena.

No puedes entender lo que significa que cierren cabeceras de amigos con los que te ibas de cañas, o que despidan a compadres de tu propia redacción siempre con la excusa de la puta crisis. Aborrecerlo todo, reiventarte en esto y volver a empezar a pelear por hacer periodismo entre trincheras, sin importar un euro, solo la fe en lo que haces. Y lo que significa que haya gente que esté tan loca como tú como para seguir la aventura juntos y reventar antes que muera. No lo puedes entender. Y me da pena. Porque si lo entendieras no harías lo que haces, no te llamarías periodista, no jugarías tan rematadamente sucio, no habrías maltratado a dos de mis compañeras, en las antípodas ideológicas pero igualmente grandes profesionales, y, en suma, no te cachondearías de quienes se dejan la piel por el oficio más ingrato y más bello del mundo. El oficio que amo y el que hace que no pueda ser de otra manera. A ti, que no sabes lo que haces y no lo puedes entender, los periódicos se construyen con periodistas y lectores. No hay más.

Dedicado a todas mis compañeras y compañeros de profesión que, pese a las diferencias, resisten con dignidad, humildad y paciencia cada día.