Opinión

Nada personal

Últimamente recibo mucha de propaganda de ejercicios espirituales y retiros de ayahuasca. Dicen, los que la probaron, que se asiste a la muerte del ego, y que se conecta con la verdadera esencia. A mí me da miedo encontrarme con Bob Esponja, después de tantos años, y los que me quedan, de horas y horas en Fondo de Bikini. En fin. No quiero frivolizar ni meterme con las creencias de nadie, eso se lo dejo a algún militante de la pamplina. La cuestión es que es preocupante, también, la ingente publicidad que recibo sobre promesas de sanación emocional y talleres varios que aseguran que la autoestima es moldeable como la plastilina.

Casi siempre, una imagen impersonal de un rostro sonriente garantiza que es posible mantenerla (la autoestima) fuerte y alcanzar, a pesar de las mezquindades e hijoputeces exógenas. No sé. ¿Publicidad engañosa? Claro. Igual que las sagradas escrituras de los libros de autoayuda, que aunque no son mis favoritos, les confieso que algunos sí que hay en mi biblioteca, como títulos de Paulo Coelho, Stamateas, o Walter Riso, que casi siempre han sido regalos de aquellos que me conocen aún muy poco. Mi animadversión hacia este tipo de lecturas se remonta a mis años de colegio de monjas. Lo sé. Quizás es una patología que he de tener en cuenta y buscar soluciones en la pseudofilosofía, la psicofacebook-hipnosis o lo que es más efectivo: contratar los servicios de un coach.

Todo lo que huele a paternalismo impuesto, a aconsejadores profesionales de pacotilla y a “sé tú mismo”, me asusta muchísimo. Es la verdad. Lo que me asusta realmente es la perversa mente global que piensa por mí, y me funde a anuncios inquietantes, y comparo la angustiosa sensación que me provoca con el deseo de huir de los que después de haberte fastidiado profundamente, pretenden que no te hiera, porque solo es una opinión. Charo, es que no te lo puedes tomar como “algo personal”. Vale, me lo tomaré como se lo hubiera tomado una cómoda de Ikea (también depende de si está montada o descompuesta en piezas, claro).

Charo, es que no te lo puedes tomar como “algo personal”. Vale, me lo tomaré como se lo hubiera tomado una cómoda de Ikea

Ante este tipo de actitudes sí que me tomaría un chupito de ayahuasca, miren ustedes. Pero suelo salir corriendo. Quizás, así se corrobora la impresión de majarona que ya le he dado a mi interlocutor. Pero es que en estos tiempos de resiliencias, empoderamientos, diagnósticos y etiquetas varias, no puede uno o una volverse majarón o majarona si le da la gana, oigan.

Si en una situación de tensión, se opta por el llanto, malo. No se deben mostrar los engranajes del corazón. Y si por el contrario, servidora se traga la bola, para expulsarla en silencio y a solas, es mucho peor, pues todo ese tiempo en que se va rumiando la rabia, el dolor, las ganas de partirle un portón blindado en la cabeza a alguien, esa agresividad, se torna en ansiedad que termina por destrozar las células y en holocausto caníbal zombie. Carne de Prozac. Todo esto me lo dijo un coach que cobraba un pastizal por arreglarme el alma.

Coachings, retiros fumetas, ejercicios para abrazar arbustos o cánticos nocturnos aparte, lo cierto es que sigue habiendo hijos de puta en el mundo. Los malos a lo mejor, no saben que lo son, y se pasan la vida dando consejos a los buenos. Yo qué sé. Los caminos de la manipulación son inescrutables. Y recuerdo aquel artículo tan malo que hace muchos años escribí en un blog que descansa en el limbo: la autoestima es frágil, porque vivimos en un lugar extraño, donde la “otroestima” (perdón por el término inventado), y estamos a merced de lo que los demás hacen, dicen, consiguen de nosotros. Es triste.

Hay diversidad de actitudes, pensamientos y armas. Pero recuerden, si les hacen daño, o si lo hacen ustedes, nunca es nada personal. Claro que no. Eso le dijo anoche Donald a Melania, mientras cenaban brócoli, conversando apaciblemente de fronteras, niños, y otras trivialidades.

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