Opinión

Mundo perverso y ciego

Vaya por delante que me siento tan conmocionado como el que más por los atentados perpetrados en París por Daesh. 

Vaya por delante que me siento tan conmocionado como el que más por los atentados perpetrados en París por Daesh. Que me duelen las víctimas, siempre inocentes, y que estimo también que ha llegado el momento de remangarse y dar un puñetazo sobre la mesa para acabar de una vez por todas con la amenaza terrorista.

Ahora bien. Lo que no me gusta es la hipocresía, y el intentar sacar tajada de un drama. Y esa sensación es la que me queda después de las distintas reacciones políticas en el mundo.

Porque vamos a ver… ¿de qué narices sirve firmar un pacto anti yihadista mientras seguimos vendiendo armas a países africanos y orientales de dudosa conciencia democrática? ¿Quién es más miserable, el que aprieta el gatillo o el que le pone el fusil en las manos al terrorista?

¿De qué sirve reunir al G-20, G-40 y, llegado el caso, G-120, si le damos la mano a reyes saudíes que financian grupos terroristas a cambio de vendernos petróleo a bajo precio? De esta manera, cautivos de la oferta/demanda de los grandes jeques, tomamos el cheque en blanco que supone soportar el acoso y hostigamiento de un grupo sanguinario, cruel, despiadado y sin escrúpulos que, como bufón de corte, se dedica a “divertir” a sus reyes a base de TNT y kalashnikov recién comprados a las potencias europeas, que ahora sufren y mueren bajo su propio hierro.

Tan sencillo como cortar el suministro de armas; tan sencillo como sentarse ante esos reyezuelos y decir, “ni una más” boicoteando sus pozos petrolíferos. Tranquilos, hay más en el mundo… e incluso de no ser así… ¿qué mejor excusa para potenciar las energías renovables y otro tipo de combustibles que esperan su oportunidad en el cajón del olvido?

Mención aparte merecen las grandiosas medidas de seguridad de un país que, recordemos, estaba en alerta por riesgo de ataque terrorista desde hace meses. Duele saber que la policía francesa tenía fichado a uno de los terroristas por actividades yihadistas, y aun así éste ha vivido durante año y medio a 25 km de París sin la vigilancia adecuada. Porque, usted me va a perdonar, Señor Hollande… pero yo en su lugar, tras enterarme de semejante falta de previsión por parte de mis responsables de seguridad, habría cesado ipso facto a medio Ministerio de Interior… y al otro medio lo hubiera puesto “a picar piedras” por negligencia.

Y si a todo esto unimos la marea de solidaridad en la que “Todos somos París”, pero nadie es Siria, Turquía, Nigeria, Sudán, Congo, Egipto, Irak… donde han muerto muchos más a manos de los mismos verdugos… a uno se le encoge el alma porque hemos creado víctimas de primera y segunda categoría. Mucha culpa de todo esto lo tienen los medios de comunicación que, apoyándose en el morbo de las imágenes, y de las historias vitales de cada fallecido, están alimentando el odio con la intención de justificar cualquier tipo de acción bélica y la probable aparición de las mal llamadas “víctimas colaterales”.

¿Veremos cadáveres civiles de los bombardeos franceses y rusos en Siria? Por supuesto que no… No importaron antes… ¿por qué iban a importar ahora? Los malos son ellos. “Ellos llevan las armas, y nosotros flores”, dicen en un reciente video viral. Si, hombre… Ramos de claveles están lanzando los mirages sobre Siria. Manda narices.

Que lejos quedan las enseñanzas de Gandhi, y su famoso “ojo por ojo, y al final el mundo se quedará ciego”. Pues en esas andamos. Volviendo a bombardear como hiciésemos en Afganistán hace más de una década. ¿Acabamos en aquella ocasión con el terrorismo yihadista? No. ¿Han aumentado desde entonces los atentados en el nombre de Aláh? Sí. ¿Y los beneficios de la industria armamentística? Aumentando como la espuma, junto con el de las grandes petroleras que no tardarán en inflar el precio del crudo a causa de los conflictos bélicos (si no, al tiempo).

Pues no hemos aprendido nada desde entonces, al parecer, puesto que volvemos a emplear idéntica medicina.

En fin… que cada vez se parece esto más a las canciones del verano de Georgi Dann: mismo soniquete con distinta  letra. Y lo peor del asunto: todos dispuestos a bailarlas con frenesí y un gin tonic en la mano.

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