Feminismo

Mujeres pobres que nacen y mueren siendo madres

Manuela Jaén y Pepa Nodal, dos vecinas gaditanas del mundo rural, cuentan su historia de cuidados y trabajos en el campo, una labor invisible y no remunerada que afecta a más de 2,2 millones de personas en Andalucía

“Ya puedes hacer esto que después te casas y no sabes hacer ni una sopa”, le repetía su madre como si fuera un mantra. “Porque nosotras, cuando nos casábamos, teníamos que saber hacer de todo”, sonríe Manuela Jaén (San José del Valle, 1945), quien empezó a trabajar a los 10 años en el campo y limpiando casas al mismo tiempo que aprendía a leer y a escribir en las Salesianas. Pepa Nodal (Conil, 1937) no tuvo la misma suerte. A sus 81 años, Pepa no sabe leer una factura ni escribir su nombre, pero fue madre desde que tenía conciencia. “Mi madre tenía que estar en la calle, buscándose la vida, recogiendo tagarninas en el campo para luego venderlas y que sus 12 hijos pudieran comer. Yo no podía ir al colegio, tenia que cuidar de mis hermanos pequeños”, relata.

Según el Instituto Andaluz de la Mujer (IAM), más del 90% del territorio andaluz es rural, y en él vive el 54,92% de la población andaluza, más de 4,5 millones de personas. De ellas, el 49,8% son mujeres. Es decir, en el mundo rural andaluz hay más de 2,2 millones de mujeres, madres, hermanas, amigas, vecinas… que han pasado inadvertidas.

En el mundo rural andaluz hay más de 2,2 millones de mujeres, madres, hermanas, amigas, vecinas… que han pasado inadvertidas

La mujer andaluza de la posguerra tiene una identidad diferente y única. Son cuidadoras de su familia, de sus padres y ahora de sus nietos, pero también son luchadoras que han trabajado en el campo, “desde que salía el sol hasta que se ponía”, como detalla Manuela. “Yo me echaba todo el día lavando en la Garganta, un arroyo que hay aquí cerca”, incide Pepa. “Mi vida ha sido el campo, sin él habría estado yo bajo tierra”, remata entre suspiros.

Son mujeres a las que les cuesta conciliar el sueño. Su nivel de empatía por los demás es tan grande que, como cuenta Manuela, cuando se va a la cama lo único que sueña —”aunque sea despierta”—, es con que sus hijos estén bien. “Que yo me acueste, los vea y estén bien”, sonríe entrecerrando sus ojos. Las dos, que han vivido tiempos de hambruna, siguen hoy peleando contra el hambre de sus hijos. Pepa, con una pensión de 600 euros, da de comer a dos de sus hijos y a tres nietos. Y a Manuela la visitan cuatro de sus siete hijos a la hora del almuerzo.

Pepa Nodal, durante la entrevista concedida a lavozdelsur.es, en el interior de un bar. FOTO: MANU GARCÍA.

“A mí, en la casa donde me llevé 20 años trabajando, la señora siempre me ponía muy bien de comer. Pero yo comía con un nudo en la garganta, porque mientras yo comía un guiso, mis hijos se comían un huevo frito con una rebaná de pan”, relata Manuela. “Ella era la que me daba comida para que mis hijos se acostaran comiítos. Jamás me faltó aceite, garbanzo… me lo daba todo junto, para que mis niños comiesen. Esa mujer se ha muerto ya, pero si yo hubiera tenido, le hago la tumba yo misma”, prosigue, entre gestos y un brillo en los ojos.

Son mujeres mañosas de mucha sabiduría. Son como trovadoras, portadoras de un conocimiento que solo se transmite con minutos de convivencia y no mediante libros de texto y ensayos. Algunas, como Pepa, jamás han leído un letrero, una carta… pero tampoco le impide desenvolverse con independencia. Ella vive sola desde que su marido falleciera hace 14 años. “Me acuerdo mucho de él”, dice, al tiempo en que también rememora los pocos años que pasó junto a su padre, que murió cuando Pepa era una cría. “Él trabajaba de talabartero (persona que confecciona correas y objetos de cuero) y me llevaba a cada instante al hospital, eso sí que lo recuerdo”.

Detalle de las manos de Pepa y Manuela. FOTO: MANU GARCÍA

Son memoria viva de los años oscuros del franquismo, donde la tristeza y el miedo se escondía de puertas para dentro. Aunque ellas siempre dejan la puerta de su casa entreabierta. Para airear la casa, para que entre quien quiera… Ya luego ellas, con el buen tiempo del Sur, se encargaban de sacar las sillas a la calle para cantar, reír, contar… “Nos reuníamos todas, las mujeres y algunos hombres. Pero ahora ya no nos ponemos…”, dice Manuela. Una estampa que se está perdiendo, como también la voz de esas mujeres que no son conscientes de la labor humana que han hecho en Andalucía.

Sus vidas están llenas de cuidados y de un lenguaje rico, repleto de arte, el cual las nuevas generaciones no prestan atención, e incluso son objeto de burla. Por ejemplo, en el caso de Manuela, ella cuenta que, “a los dos años de hablarle a mi marido, me casé”, a los 18 años de edad. Si bien ella se ha llevado trabajando toda su vida, “más que una negra”, recogiendo remolacha, algodón, maíz, espárragos, tagarninas… Hace más de 40 años que su marido cayó enfermo. “Le entró el azúcar”, dice. Tuvo problemas de circulación, corazón, trombosis en las piernas… “Se quedó casi ciego”. Y fue ella quien lo cuidó durante casi 37 años y quien sacó adelante a su familia: trabajando, cuidando, limpiando, haciendo la comida… Tareas infravaloradas que dan la vida.

Según la ONU, las mujeres rurales representan más de un tercio de la población mundial y el 43% de la mano de obra agrícola

Según la ONU, las mujeres rurales representan más de un tercio de la población mundial y el 43% de la mano de obra agrícola. Labran la tierra y plantan las semillas que alimentan naciones enteras. Su labor es invisible y no remunerada.

En Andalucía, las mujeres de la posguerra no hablan de las penas, de los desaparecidos… Han perdido a familiares, pero todavía tienen el miedo en el cuerpo y la alegría de seguir con vida. Son mujeres que, como Manuela, cantan sevillanas y villancicos, cosen, guisan, cuidan a los nietos… y que difícilmente verán la desigualdad que han sufrido por nacer mujeres porque son personas cuya única ilusión es vivir para que vivan los demás.

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