Opinión

Mujeres de nuestra guerra

Mi madre, que era una niña cuando la sublevación fascista y la Guerra Civil, siempre comía de pie en la cocina, mientras nosotros lo hacíamos en el salón. Y no porque mi padre le dijese nada. Escogió esa opción ante la disyuntiva de estar levantándose continuamente a traer y recoger los platos. Éramos cinco en casa, ella y cuatro hombres que no movíamos el culo de las sillas, y era nuestra sirvienta. Mi madre, que estudió los estudios básicos en las monjas de Las Esclavas, nos contaba que entraba por la puerta de las niñas pobres, y llevaba un babi para distinguirla de las de familia bien que llevaban uniforme. Mi madre siempre llamaba a mi padre por su primer apellido, Garrido, no por su nombre.

Mi padre, que venía de una familia de clase media acomodada de marinos mercantes, contable de profesión, trabaja en las oficinas de una conocida empresa sevillana. Cuando finalizaba su larga jornada laboral solía acudir al club, o a la peña de pesca a la que pertenecía, y allí alternaba durante unas horas con amigos y conocidos. Los fines de semana se levantaba muy temprano y se iba a pescar. Los domingos que había futbol íbamos al partido. Durante algunos años recuerdo que mi madre nos acompañó.

Mi madre nunca salió con amigas, ni entró sola en ningún bar. Estaba mal visto, los bares eran de hombres. A mi padre no le gustaba que hablara con los vecinos. En agosto veraneábamos en una residencia, Villa Carmen, que organizaba la parroquia de nuestro barrio, en un pueblo de la costa de Cádiz. Recuerdo su felicidad, su cara, su sonrisa, su alegría, no tenía que ir a la compra ni hacer de comer, “nos lo ponen todo por delante”, decía.

En los veranos, por una quincena o un mes, dependiendo del presupuesto familiar de cada año, mi madre olvidaba los roles de madre y esposa a los que el patriarcado la condenaba, y era feliz hablando con sus amigas, mientras mi padre jugaba al dominó. Mi padre era un hombre excelente, y mi madre lo amó desesperadamente y no dejó de nombrarlo un solo día hasta su muerte 18 años después.
En mi casa ningún hombre movió un plato, puso un mantel, estiró las sábanas, o se atrevió a hacer la comida. Eran las tareas de mi madre, y no tuvimos el coraje de renunciar a nuestros privilegios de hombres, y haberle permitido una vida más libre.

Mi padre, que tuvo una gran mujer, se desarrolló profesional, personal y socialmente. Mi madre solo nos tuvo a nosotros y a él, sin más espacio para su felicidad que los veranos y las paredes de nuestra casa. Mi madre, que falleció hace poco, fue una mujer hermosa que venía de una familia muy humilde, y que abrazó las ideas de la izquierda por amor a uno de sus hijos, se nos fue sin que nadie le reconociese su trabajo, y solo tuvo la recompensa del amor incondicional de otro de sus hijos, que la cuidó hasta su último suspiro.

A mi madre, ejemplo de tantas niñas y mujeres de la guerra, le debemos ser hoy lo que somos, hombres de izquierda, orgullosos de nuestro origen, que en el feminismo y en la lucha de las mujeres y del resto de colectivos encontramos el camino a un mundo mejor y a una sociedad más justa. Gracias mamá.

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