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Muere Agujetas, el último cantaor en carne viva

El artista, sin partida de nacimiento, ha muerto en su tierra natal a los 79 años aquejado de un cáncer. Participó en más de una docena de grabaciones y erigió una leyenda en torno a su personal manera de entender el arte jondo y la vida.

El artista, sin partida de nacimiento, ha muerto en su tierra natal a los 79 años aquejado de un cáncer. Participó en más de una docena de grabaciones y erigió una leyenda en torno a su personal manera de entender el arte jondo y la vida.

“No hay edad, lo único que sé es que todavía hago por las mañanas casas de campaña que es un gusto”, espetó a la cineasta francesa Dominique Abel en el archiconocido y controvertido documental Agujetas cantaor (2000). Ha muerto Manuel de los Santos Pastor sin que nadie pueda precisar en el certificado de defunción la edad real que contaba. “Qué más da la edad que tenga un hombre”, nos dijo en la entrevista que concedió a lavozdelsur.es un día de la Merced de 2014, semanas antes de actuar por última vez en el Teatro Villamarta. Agujetas se sabía inmortal y así se ha ido. Inesperadamente y en silencio pero en Navidad, en un día señalaíto para que todos lo recuerden. Ha sido a mediodía del 25 de diciembre en el Hospital de Jerez.

La oficialidad habla de un jerezano de 79 años de edad pero al no existir partida de nacimiento (hay una fe de bautismo que fija su nacimiento en 1936) nadie sabe si vio la luz en Jerez o en Rota, ni cuántos años tenía realmente. Aquejado de diversas dolencias, un maldito cáncer ha acabado con la vida de este último mohicano del arte jondo. El último gran cantaor que se movía en los márgenes y en la ingobernabilidad, incorruptible, enemigo de las concesiones y de ese extendido mal de lo políticamente correcto. Un punk si hubiese nacido en Candem Town, Agujetas ha forjado en torno a su figura una auténtica leyenda, repleta de claro oscuros y anécdotas disonantes que no han hecho más que engradecerla. En su cante, eso sí, nada ha sido nunca impostado. Nunca recreó la fragua, era sencillamente el vapor del fuego de Vulcano. Es mitología cantaora con 200 años de historia documentada hecha carne, hecha tierra. 

“En su hambre mandaba él. Y por eso no pervertía su cante y se mantenía como un ‘outsider’, como un agresivo verso suelto”

Agujetas ha muerto y con su fallecimiento hay quien ya da carpetazo a esa historia mítica del flamenco compuesta por aquellos que cantaban cada vez como si fuera la última: Mairena, Chocolate, La Paquera, Terremoto, Tía Anica… Ahora muchos le llorarán y lamentarán su pérdida, pero no escapa a nadie que la devoción que despertaba en muchos aficionados se tornaba animadversión en otros tantos cuando abría la boca y decía lo que se le pasaba por la cabeza. O cuando escupía sobre el escenario tras dar un trago de whisky solo; o cuando reñía a uno de sus pacientes guitarristas (los últimos Antonio Soto y Manuel Valencia); o cuando cantaba cuatro eternas seguiriyas en apenas una hora de recital. Porque sí, porque así lo disponía. En su hambre mandaba él. Y por eso no pervertía su cante y se mantenía como un outsider, como un agresivo verso suelto, en el cada vez más consolidado flamenco industrial, plagado de genuflexiones y servilismos.

El cantaor gitano se inició en la fragua de su padre, Agujetas el viejo, antes de partir a Madrid en 1970 donde grabó su primer disco, Viejo cante jondo (1972), bajo la producción de Manuel Ríos Ruiz y acompañado por la guitarra de Manolo Sanlúcar. Autodidacta, libérrimo, se empapó de lo que oía en su casa. Así lo contaba él mismo en este medio: “Mi pare estaba trabajando en la fragua. Yo ponía el hierro derechito. Mi hermano el otro, el mayor, ponía carbón partío, el otro… Y mi pare cantaba cuando estaba de descanso. Porque eso de trabajar cantando es mentira, es mito, porque no puedes cantar por martinetes trabajando. Eso es mentira tó. Entonces mi pare hacía un par de cantes cuando estaba descansando. O cuando estaba en un corral o con un amigo en casa, o el domingo hacía un par de cantes con los amigos. Y escuchábamos. Ni te pienses que mi padre decía esto es así o es así. Qué va, qué va”.  
Por encima de todos para Agujetas, Manuel Torre. Fue legatario de los soníos negros del cante gitano andaluz: Frijones, Tío José de Paula, El Marrurro… Y aunque a veces lo negara, fue abnegado mairenero. “Era un maestro, Antonio era un maestrazo, hombre”, llegó a admitirnos en aquella conversación en el porche de su casita campera, entre cabras y gatos. Pero como al de tantos otros cantaores ilustres, Mairena tampoco habría asistido a su entierro. Ni tampoco hubiese hecho falta. Agujetas era una pantera salvaje en libertad en las tierras de su finca de Los Milagros, en medio de nada pero en el centro de su universo. Donde convivía con Kanako, japonesa y con la que certificó su tercer matrimonio. No entendía de convenciones, protocolos ni de hipocresía (“soy libre”), con un ego y una vanidad enormes, autodenominado El rey del cante gitano (1997; reeditado en 2005), Agujetas era “cante sin edad, cante con faltas de ortografía en una voz con cicatrices”, en palabras del crítico Luis Clemente.

Como recogen las biografías que cuelgan de internet, participó en la grabación de la Magna Antología del Cante Flamenco que fue recopilada por el musicólogo José Blas Vega. En 1977 fue galardonado con el Premio Nacional de Cante de la Cátedra de Flamencología de Jerez. Se marchó a Norteamerica, donde contrajo matrimonio, obtuvo la nacionalidad, y padeció una grave enfermedad. Un 17 de diciembre de 1987, el Club Nazaret albergaba el homenaje Jerez por Agujetas, donde destacados artistas le rindieron un tributo que vino a significar un punto de inflexión en su carrera. Luego vendría su aparición en Flamenco, de Carlos Saura, tras un rodaje plagado de desencuentros y exigencias que siempre han sido relatadas por los aficionados y críticos para tratar de explicar lo complejo de su personalidad. Agujetas en la soleá (1998) y su aparición en el espectáculo coral VORS. Jerez al cante, donde compartió escenario en 2013 con otros mitos como El Torta, Manuel Moneo, Capullo, Luis el Zambo y Fernando de la Morena, han sido sus apariciones más destacadas en la última década y media. Sus hijos Dolores y Antonio Agujetas quedan como eslabones de esa cadena en forma de saga maleada en las fraguas jerezanas.

El Cabildo antiguo acoge este sábado, entre las diez de la mañana y las cinco de la tarde, la capilla ardiente con los restos mortales de Manuel de los Santos Agujetas. Allí se producirá el último adiós del mundo del flamenco a un artista único e inclasificable (esta vez no son adjetivos gratuitos) y, sobre todo, la despedida de esa legión de incondicionales que, fuera como fuese, paladeaban cada tercio de Manuel como si fuera el último. Sin saber, tal vez, que oían algo irrepetible. El Ayuntamiento de Jerez y el Festival de Jerez han expresado sus condolencias por la pérdida irreparable para el mundo del flamenco y la cultura.

Discografía

Viejo cante jondo, 1972
Premio Manuel Torre de Cante Flamenco, 1974
El color de la hierba, 1978
Grandes Cantaores de flamenco: Agujetas, 1986
Agujetas en París, 1996.
El Querer no se puede ocultar, 1998
Agujeta en la soleá, 1998.
El querer no se puede ocultar, 1998.
Agujetas cantaor, 1999
24 quilates, 2002.
El rey del cante gitano, 2003.
Magna Antología del Cante Flamenco, Volumen 3, 2008.
Agujetas: Historia, Pureza y Vanguardia del Flamenco, 2012, antología de cinco discos.

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