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Monjas de clausura: el gran silencio

En el convento de la calle Barja viven trece clarisas, muchas de ellas naturales de Kenia. “A mí nadie me ha encerrado, soy yo la que ha elegido estar aquí con Dios”, cuentan en exclusiva a lavozdelsur.es. 

En el convento de la calle Barja viven trece clarisas, muchas de ellas naturales de Kenia. “A mí nadie me ha encerrado, soy yo la que ha elegido estar aquí con Dios”, cuentan en exclusiva a lavozdelsur.es. 

En Jerez son tan propios y tan tradicionales como las bodegas. Los conventos, las órdenes mendicantes de la ciudad, contemplaron durante siglos con extrema sutileza la construcción de una sociedad totalmente ajena a ellas. Podemos hablar de uno, de un convento de la ciudad que guarda entre sus viejas paredes a cerca de diez monjas de clausura naturales de Kenia. Durante el siglo XVII, concretamente en el año 1635, se erigió un monasterio que daba cobijo a las Clarisas Franciscanas Descalzas, en la calle Barja. Si bien estas órdenes nacen en el siglo XIII para propagar un ideal de vida religioso entre la población, casi nueve siglos después, continúan su labor viviendo una vida totalmente contemplativa. Parece ser que en Jerez los conventos solo se recuerdan por Navidad, esos pequeños santuarios de mujeres que elaboran deliciosos dulces navideños como mazapán, roscos fritos, pestiños o pastelillos de gloria. Pero ellas no son trabajadoras, sino “almas consagradas”. ¿Quiénes están detrás de esas manos que se ensucian de harina, las mismas que luego se lavan y rezan de rodillas? 

“Se creen que vivimos encerradas en una habitación, que no nos movemos”, señala Sor Inmaculada, una de las monjas de clausura más veteranas del templo. “Esto es grande, tiene muchos patios, tiene terraza… Y sobre todo la alegría de que tenemos a Dios entre nosotros”, añade. En el Convento como es habitual, solo habitan mujeres, pero tanto ella como sus hermanas, suelen hablar en masculino. Sor Paulina, Sor Lucía, Sor Emma, Sor Patricia, Sor Pascalina y Sor Verónica, son algunas de las clarisas kenianas que escogieron vivir por y para la oración. “A mí nadie me ha encerrado, soy yo la que ha elegido estar aquí con Dios”, murmura una. ¿En qué momento decidís dedicaros a la vida contemplativa? “Cuando ves a las monjas haciendo cosas, creces con la idea de ser como ellas”, contesta una de las presentes. Todas han recibido una educación católica. “Son familias cristianas, familias honestas, no vienen de la selva”, expresa la monja jerezana.

“Yo supe que quería ser monja a los 7 años”

Una de las jóvenes, Sor Verónica, se anima y relata el momento en el que ella sintió la famosa llamada del Señor. “Yo supe que quería ser monja a los 7 años. Recuerdo que vi a unas religiosas que trabajaban en el Hospital. Estaban muy contentas, muy alegres… le pregunté a mi madre quiénes eran y me dijo que eran religiosas, que no estaban casadas y que siempre estaban muy contentas porque rezaban y vivían con el Señor. Y en ese momento pensé que yo podía ser religiosa. No sabía si me iba a dedicar a la clausura o a la vida activa”. La hermana Verónica confiesa que en un principio tenía mucho miedo a la vida contemplativa. “Pensaba que la clausura es estar siempre en silencio y yo hablo mucho”. ¿Podré con esa vida?, se preguntaba. Comparte que creía que no iba a poder decir ni una palabra, pero la realidad fue otra muy distinta. “Luego me explicaron que no es así”. Que el silencio solo se guarda durante la oración, la principal actividad que realizan las órdenes mendicantes.
Ellas comentan que su vida no se resume únicamente a la contemplación. Reiteran en innumerables ocasiones la frase “nosotras llevamos una vida contemplativa”, pero salen del convento cuando tienen que arreglar su documentación o cuando alguna se pone enferma. “También tenemos vacaciones para volver a Kenia y ver a nuestros padres”, apunta una de ellas; todo pagado por la comunidad. “Otra de las cosas más fundamentales es la educación, el estudio”, vocifera Sor Inmaculada, la más mayor de la sala. “La vocación te la da el señor, pero tú tienes que ir alimentándola con la oración”, insiste; por ello las jóvenes también reciben cursos de formación sobre teología durante seis años, además de clases de pintura, música, costura, y trabajan haciendo dulces artesanales para tener un sustento y poder sobrevivir. 

Nosotras, plumilla y cámara, entrevistamos a las nueve mujeres en una sala que conecta, a través dos pares de reja, con otra habitación que está en el interior del convento. ¿Por qué no podemos pasar?, preguntamos. “Necesitáis licencia del Obispado”, responden. “Solo pueden entrar las personas autorizadas, como las profesoras que vienen a impartir los cursos y Luis Ramírez, el albañil que suele venir a arreglar algún desperfecto del edificio”, añade la hermana Inmaculada. Dicen, entre risas, que Luis es el único hombre con el que tienen relación y que incluso lo consideran uno más de la congregación. “Él es de confianza, quiere a la comunidad”, asegura la jerezana. Incluso cuando la familia las visitan, utilizan esta misma sala. No se tocan. No se abrazan, ni se besan. “Ya me abraza el Señor”, contestan. 

Mientras el mundo rueda, ellas rezan. Están contentas, se divierten en comunidad y no necesitan más. Cuatro monjas jerezanas, y otras nueve que proceden de Kenia. En otros conventos de Jerez hay monjas de clausura de otros puntos de África. ¿Por qué todas en San José son del mismo país? “Coincidencia”, responde Sor Inmaculada. “Por la gracia de Dios”, enlaza. “En Kenia hay conventos, pero muchísimas son activas, contemplativas hay muy pocas. De vida contemplativa están las carmelitas, que llevan ya muchos años allí. También hace poco que han llegado las agustinas, y algunas se están fundando ahora”, indica Sor Verónica. ¿Por qué preferir la vida contemplativa a la activa? Responden al unísono: “Vocación”. Pero también manifiestan que el camino que han elegido es muy sacrificado y que conlleva mucha renuncia a una misma. “No todas podemos ser monjas de clausuras, es un don de Dios”, dice Sor Patricia. Según la hermana más mayor, las familias en un principio sufren mucho, pero cuenta que es por puro desconocimiento. “Ahora están contentas de que sean religiosas. No como las familias españolas, que sabían a dónde veníamos, y no nos dejaban entrar”, reprocha sor Inmaculada con enjundia. 
Habla de ella misma, de su propia familia. Cuenta que gracias a la firma de su padre ella entra en el convento que, 50 años después, todavía pisa. Mientras que su padre sí estuvo de acuerdo con su decisión, su madre nunca la aprobó. “Hasta que no pasó un año no estuvo un poco contenta. Me decía que era muy duro ver a una hija encerrada entre rejas”, comparte, a lo que continúa: “Decidí ser monja desde los 15 años. Quería ser salesiana, pero por circunstancias no podía irme allí y decidí entrar en la contemplación. No me he arrepentido nunca de ser clarisa. Mis hermanas me decían que iba a estar de vuelta en una semana, pero mi madre decía que no. Esta no vuelve, decía. Yo no era una chica piadosa, me gustaba salir, irme de viaje… Todo lo cambió la llamada del Señor. Cuando el Señor te llama ya no hay marcha atrás”.

“La gente, “con tanto ruido, no oye la voz de Dios. Y si la oye, la rechaza”

“Déjalo todo y sígueme” es lo que le dice Dios a todas según la hermana Inmaculada. No obstante, confiesan que a día de hoy, la gente, “con tanto ruido, no oye la voz de Dios. Y si la oye, la rechaza”. Informan de que necesitan más mujeres, incluso nos preguntan nuestro estado civil para saber si queremos formar parte de la comunidad. Hacen un llamamiento a aquellas que sientan la llamada del Señor porque cada vez son menos hermanas dentro de la congregación. “Mucha gente no nos entienden, pero nos veneran cuando nos ven con los hábitos, y muchos tienen ganas de saber cómo vivimos. Hay colegios que nos visitan y nos preguntan cosas”, menciona una de ellas. En el edificio disponen de lo justo y necesario: una cama, una mesa de estudio y un armario, y aquellas que están estudiando pueden utilizar un ordenador, eso sí, sin conexión a Internet, para escribir.

¿Qué, quién es Dios para ellas? Sor Pascalina se lanza y contesta que Dios es todopoderoso. “Dios es como mi guía, mi creador, es mi inventor. Soy imagen de Dios”, declara. ¿Le ponéis cara? ¿Tiene forma humana? Dudan, miran a la monja jerezana y niegan con la cabeza. ¿Podría ser una mujer? Pregunta que en segundos obtiene respuesta con unas muecas de rareza y estupor. “No, no”, espetan y al segundo ríen. ¿Alguna lo ha pensado alguna vez? “No, no”, repiten entre risas. “Dios es todo, está en todos lados, en todos sitios”, apunta Sor Pascalina. Describen a Dios como a un ente omnipresente, como a un elemento tácito que está, sin quererlo, sin preverlo. “Está en nosotras, en los animales, en las plantas… En todo”. “¿Quieres que te cuente un chiste?”, arremete son sorna Sor Inmaculada. Asentimos y ella empieza a relatar. “Esto es un niño que le pregunta el profesor: Maestro, ¿Dios está en todas partes?, y este le responde: Claro, está en todas partes. Y le dice: ¿Y en la bodega de mi abuelo? Este le dice: Claro que sí, hombre. Y el niño le replica: Pues es mentira porque mi abuelo no tiene bodega”. “A nosotras nos basta solo con Dios”, murmuran mientras se despiden.

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