Opinión

Un momento de cordura en el Congreso

Ayer fue la primera vez que entré en el Congreso de los Diputados. Y lloré. Desgraciadamente, no fue por la emoción de asistir a un debate constructivo y enriquecedor entre las señorías que nos representan. Antes de que se liara parda (y con razón) por escenas más propias de un Sálvame Deluxe que de una Cámara legislativa, hubo un momento de cordura. Su protagonista fue Damián, un joven como tú o como yo, con su familia, sus amigos, su trabajo, sus sueños, su pasado y su presente. Sobre su futuro no hablo porque lo desconozco, aunque viendo cómo se manejaba ayer ante la mismísima Reina Doña Letizia, bien me lo puedo imaginar. El caso es que quiero usar su historia, la que él quiso compartir con todos los allí presentes, para entonar el mea culpa.

Porque, aunque no me haya dado cuenta, también he contribuido a la discriminación y estigmatización que ha sufrido la gente con cualquier tipo de trastorno mental. Y tú también. ¿Quién no ha dicho alguna vez con ligereza que “fulanito es bipolar” o que “menganita está esquizofrénica perdía”? Sin ir más lejos, yo he sido, soy y seré “la loca” de mi casa y, aunque me evoque ternura la definición porque siempre se me ha dicho con cariño, ¿qué ocurriría si realmente lo fuera? ¿Acaso no me sentiría culpable de sufrir una enfermedad ajena a mi voluntad y más coartada a la hora de contar lo que me pasa?

Precisamente ese es el gran problema de los trastornos mentales: que se silencian y que la mayoría de ellos son, además, invisibles. No es como cuando te partes un brazo, que se ve la escayola. Cuando se te quiebra el corazón, ¿qué tirita lo repara? Cuando tienes delirios, ¿qué venda los elimina? Sigue habiendo mucho miedo y tabúes en torno a los problemas de salud mental. Aún hay gente que lleva en secreto ir al psicólogo, ni digamos un psiquiatra! Sólo para hablar de depresión o episodios de ansiedad hay más soltura porque por ahí hemos pasado o vamos a pasar casi todos algún momento de nuestras vidas según las estadísticas, pero son muy pocos los que cogen un micrófono delante de decenas de cámaras de televisión y dicen, tan a las claras, lo que ayer dijo Damián: que tiene TOC y que es perfecto tal y como es.

Su trabajo le ha costado. Años de terapia para aceptarse, eso que otros muchos no hacemos en la vida. Cuerdos o locos, trabajarse a sí mismo debería ser asignatura obligatoria desde la más tierna infancia, pero qué poco nos han contado sobre la educación emocional, sobre el respeto a uno mismo y a los demás. Justo eso reclamó Damián, algo tan simple y a la vez complicado como “comportarnos fraternalmente los unos con los otros”. Porque ese otro puedes ser tú en cualquier momento.

El razonamiento es categóricamente impecable, no le cabe un pero y es aplicable a muchas otras facetas de la vida, no sólo a la relacionada con los trastornos mentales. Sirve para cualquier tipo de discriminación, racial, social, por cuestión de sexo o género. Y, sin embargo, qué poco la practicamos. Muchos enarbolan la bandera de la empatía como la solución a todos los males, y puede serlo, pero también es innegable que se necesitan recursos, dinero contante y sonante.

Damián fue a la psicóloga por primera vez con 14 años después de haber sufrido acoso escolar. Aún no sabe si las burlas de los compañeros era por ser gay o por tener una sensibilidad especial. Tras manifestar tendencias suicidas, le diagnosticaron Trastorno Obsesivo Compulsivo. La segunda consulta que le dieron en la sanidad pública fue a los 3 meses !!3 meses para alguien que piensa con matarse a diario!! Ayer reconoció que podía haber acabado con su vida en aquel periodo, pero aguantó. Otros no tuvieron tanta suerte y, por todos ellos, pidió a la nueva ministra de Sanidad, allí sentada conteniendo también las lágrimas, que tomara nota. Fue la primera vez que el público de la sala le aplaudió, pero no la única.

La ovación final se la llevó al término de su discurso, cuando recitó unos versos que escribió hacía tiempo:

“En los mares de la vida,
un día encontré un mensaje enterrado bajo los cantos de sirena de mi mente.
Eres suficiente, eres valioso, eres perfecto.
Y ya no me importó lo que me hubieran hecho creer
porque a partir de entonces sólo existe este momento y sólo existe este lugar.
Sólo hay aquí y sólo hay ahora.
Y en el aquí y ahora de mi vida
tengo que librar muchas batallas y ganar muchas guerras a la más insondable soledad.
Pero en mi corazón sé que soy suficiente, soy valioso y soy perfecto.
Y se qué también lo eres tú”

Fue así como, de una forma perfectamente imperfecta, llegó un poco de cordura al Congreso. Lástima que se fuera tan pronto.

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