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“Mi sobrina sufrió acoso por WhatsApp. Un hombre consiguió su número y no paraba de llamarla”

El espacio de relación y aprendizaje cooperativo del Distrito Sur imparte un curso sobre 'Riesgos en la red' para que las familias puedan prevenir posibles peligros que acechan en internet

“Mi sobrina sufrió acoso por WhatsApp. No sabemos cómo, pero un hombre consiguió su número de teléfono y no paraba de llamarla. Le decía que le mandara fotos provocativas, que quedaran… Mi sobrina, de 13 años, no tenía ni idea de quién era ese hombre, y lo primero que hizo fue darle el teléfono a su padre”, comenta Laura López, una jerezana de 36 años que asiste al curso de formación Riesgos en la Red que realiza el espacio de relación y aprendizaje cooperativo del Distrito Sur. Cinco mujeres se reúnen para dejar de ser “analfabetas tecnológicas” y aprender a sobrellevar las relaciones con hijos, o alumnos, que son “huérfanos digitales”, es decir, menores que han aprendido a manejarse en un mundo digital sin nadie que les enseñe cómo hacerlo. “Al final la madre tuvo que comprarle otra tarjeta a la niña porque entró en depresión. Mi sobrina tenía miedo de salir a la calle y encontrarse a ese hombre”, apunta.

Manuel de los Ríos, voluntario de la Cruz Roja y profesor en el curso Andalucía Compromiso Digital, es quien muestra algunas técnicas y claves que deben tener en cuenta a la hora de incidir entre un niño y su dispositivo electrónico, ya sea móvil, ordenador, tablet… En el caso que expone Laura, su sobrina pone a sus padres al corriente de la situación con la que se ha encontrado. No obstante, hay otros hechos, otras agresiones digitales que son silenciadas e ignoradas por el núcleo familiar. Durante la clase, las asistentes preguntan dudas que le asaltan en base a sus experiencias personales y una de las grandes incógnitas es la edad concreta para que un niño pueda hacer uso de un teléfono móvil. “No hay edad, es lo que permita el contexto”, responde el docente.

“Antes pataleábamos por salir a la calle a jugar, ahora ellos lo hacen para pedir consolas, móviles…”

“Antes, cuando nosotros éramos unos chiquillos, pataleábamos por salir a la calle a jugar, ahora ellos lo hacen para pedir consolas, móviles, portátiles, altavoces…”, expresa Manuel. Dice que todo lo rigen las circunstancias, circunstancias que determina, sobre todo, el grupo de iguales. “A mí mi hijo me dice que quiere una Play Station porque sus amigos la tienen, pero él tiene 7 años y no me parece correcto que juegue desde tan temprana edad”, comparte Yimane Kasa, etíope de 36 años que suele asistir a todos los cursos que lleva a cabo el distrito. “Ocurre una cosa, y es que ahora los niños juegan juntos, pero cada uno desde su casa. A través del videojuego están conectados virtualmente y hablan entre ellos para diseñar estrategias en las diferentes partidas”, contesta el profesor ante el problema de Yimane, a lo que ella expresa: “Él me dice que está aislado”. Manuel advierte que los niños si no juegan entre ellos a través de estas nuevas tecnologías, corren el riesgo de ser excluidos del grupo, “porque cuando se reúnen en el recreo comentan las partidas”. Por ello, aquel que no participa, se queda fuera del círculo. 

Para teorizar sobre el asunto, Manuel explica los típicos comportamientos que adoptan los padres frente a sus hijos. La familia autoritaria, la que controla y no razona; la negligente, que deja a sus hijos al libre albedrío; la democrática, control pero con afecto; y la permisiva, esa que sobreprotegen y consienten a sus hijos. De todo. No existe una ideal, pero Manuel desvela la clave para que la comunicación entre padres e hijos sea saludable. “¿Lo primero que hay que tener en cuenta siempre? El diálogo, comprenderse entre ambos”. Hablar, preguntar, conocer… Sin más. Parece sencillo. Pero el detonante, de la gran mayoría de los problemas que existen en las familias, es la falta de entendimiento por fallos en la comunicación.

Así, preguntando en un tono cordial, sin resultar agresivo, el trato entre ambos fluirá y generará confianza para que después, si a los menores les surge algún problema, vayan corriendo a contárselo a la familia. Simplemente que este sea un centro de apoyo y no de miedo. “Hay que pensar que la tecnología es como la calle, los niños tienen que darse sus propios palos”, señala Manuel. “No obstante, si nuestros padres nos decían: a las doce de la noche en casa. Nosotros debemos tener un mínimo de control con su actividad en las redes sociales y en las aplicaciones” añade. El docente aconseja a las madres, y profesoras, que se pongan las pilas en conocimeintos básicos sobre la red, ya que a día de hoy todo está informatizado. “¿Todas tenéis WhatsApp?”, pregunta, y todas asienten. “A mí no me gustaba, pero llega un momento en el que te obligan a entrar”, espeta Manoli Redondo, jerezana de 44 años que asiste por primera vez a uno de estos cursos. Cuenta, con pánico en el cuerpo, que acude a la clase porque quiere enterárse de qué es Instagram: “Mi hijo sube sus dibujos a ese sitio y no sé de qué me habla”.

“Señoras, esto es un cambio, una evolución que no tiene marcha atrás y que ha llegado casi sin diferencia entre generaciones. Así, de golpe. Las TIC (teoría de la información y la comunicación) se han introducido en la educación, en el ocio, en el trabajo, el comercio y en las comunicaciones. Deben aprender los diferentes comportamientos y movimientos en la red para poder adaptarse a un entorno totalmente nuevo”, concluye el profesor.

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