OpiniónEl dedo en la llaga

Mi semana de pasión

¿Existe relación entre religiosidad popular y desarrollo económico? Según una encuesta realizada por la agencia Gallup en 2010, los índices de pobreza de un territorio son directamente proporcionales a su grado de religiosidad. Es decir, que a más creencias en dioses, más pobreza. Si miramos el  mapa nacional veremos que el mayor porcentaje de parados está en Andalucía, región en la que más nazarenos desfilan de toda  España. Recurro como en otras ocasiones al oráculo Google a ver qué opina. Y, efectivamente, si pongo en el buscador “Hermandades Semana Santa Andalucía” salen 963.000 registros, frente a los 268.000 de Cataluña, los 90.600 de Euskadi o lo 96.500 de Baleares, por contrastar el dato andaluz con el de los territorios más prósperos.

¿Qué dicen los antropólogos sociales al respecto? Salvador Rodríguez Becerra, uno de los mayores estudiosos de la “religiosidad popular de los andaluces” afirma que existe “una relación de causa-efecto entre las devociones a determinadas imágenes y las condiciones medioambientales, socioeconómicas y las circunstancias históricas…” Y también que “la fiesta se considera la mejor ocasión para establecer el diálogo del hombre necesitado con lo sobrenatural …” En fin, no se trata de hacer un análisis simplista de esta cuestión (mejor léanse el libro de Salvador Rodríguez  Becerra La religión de los andaluces) pero sí de preguntarse hasta qué punto en un estado aconfesional se pueden destinar tantos recursos públicos a una fiesta religiosa, por mucho que ésta sea fruto de la tradición y represente una seña de identidad de parte de un pueblo.

El caso de Jerez, como el de otras ciudades andaluzas, es paradigmático: tiene casi tantos cofrades como desempleados y su situación socioeconómica la sitúan en el ranking de ciudades más pobres de la Europa comunitaria. En el desierto asociativo de la ciudad, las hermandades emergen con gran capacidad de movilización y son mimadas por los poderes locales, entre los que incluyo a los medios de comunicación, que dedican secciones especiales y profesionales a la crónica religioso-cofrade. ¿Conocen algún colectivo ciudadano capaz de privatizar a su antojo el espacio público? Y no solo en  Semana Santa, sino a lo largo de todo el año, como demuestran las innumerables procesiones que tienen lugar en nuestros barrios, que requieren de cortes de tráfico, señalización y atención de la Policía Local, sin que se recaude tasa alguna para resarcir ese gasto que repercute en el bolsillo de los contribuyentes.

Expresada la queja, y desde el respeto a los creyentes, hay que reconocer que como historia teatral y/o cinematográfica la Semana Santa resulta fascinante, de ahí su atractivo turístico como espectáculo, pues tiene todos los ingredientes de un gran thriller fantástico para mayores de 18 años. Un hombre bueno, que tiene  poderes sobrenaturales –Jesucristo– se enfrenta al Poder –los romanos– por decir que hay que repartir la riqueza entre  los más pobres y que éstos tienen derechos que hay que respetar. Entonces, las fuerzas del orden –la policía del Sanedrín– lo detienen y torturan con resultado de muerte. También apalean a algunos de sus seguidores… ¿No les suena esta historia? ¿No fue en Madrid donde la  policía hace unas semanas cargó contra manifestantes que pedían pan, trabajo y vivienda para los más pobres?

En fin, a pesar de mi discrepancia por la implicación presupuestaria de las administraciones públicas en un evento religioso, la Semana Santa está en la memoria erótico-afectiva de todas mis primaveras juveniles. Por eso no puedo evitar un hormigueo de nostalgia cuando llegan estos días de chin, tatachin, cornetas, tambores y barroquismo de peinetas y varales. Cómo olvidar aquellas estrechas callejuelas en la penumbra de los cirios, en la que mis brazos se abrazaban a una cintura adolescente para protegerla contra el pecho de la multitud enfervorecida… Y cómo olvidar su olor acaramelado, el tacto de sus manos en medio de la complicidad de cristos, vírgenes y penitentes que me regalaban una semana de pasión.

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