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Mi kit andaluz de supervivencia

Julio de 2015, en algún lugar de Andalucía…

El día había amanecido horrible, un calor asfixiante de Levante en calma iba a marcar nuestra jornada laboral. Ya desde primera hora se intuía que ese día iba a ser duro, muy duro. Las primeras gotas de sudor comenzaban a perlar nuestro cuerpo, y aun no eran las 8 de la mañana. Con la convicción que da el saber que tras la tempestad siempre viene la calma, comienzo a conducir de camino al trabajo. El aliciente de estar ya en viernes ayudaba a mitigar la desidia de trabajar con tanto bochorno. Después del trabajo debería pasar por el súper para comprar algo para la cena que habíamos organizado en casa. Aún no tenía claro qué iba a preparar, pero recordaba que mis invitados estaban pendiente de confirmar nuestra cita. Pero bueno, ya habría tiempo de pensar en el menú.

La jornada laboral quiso despedirse por todo lo alto y se aseguró de que no olvidara en algunos días las terroríficas ocho horas que compusieron ese maldito viernes. Parecía que todo lo que pudiera salir mal estaba efectivamente saliendo mal, y que el trabajo y esfuerzo de semanas se iba por el desagüe por infinidad de minúsculos diferenciales de contratiempos que por sí solos eran nimios, pero que arrojaban un desolador sumatorio de catástrofes imposibles de remediar pues parecían tener su origen en una extraña conjunción de los astros ajena a nuestra propia existencia. De vuelta a casa, Belle & Sebastian con su Another sunny day intentan sin demasiado éxito, que olvidara el tremendo atasco en el que estaba atrapado.

Tras aparcar, decido darme una ducha rápida para recuperarme del fin de fiesta en la oficina y del atasco. Pongo las noticias y me como un par de piezas de fruta mientras el zumbido del ventilador se dispone a llevarme en brazos de Morfeo. Varias horas después me despierta un zumbido nuevo, distinto al del ventilador pero tremendamente familiar. No consigo reconocer de donde procede, pero tras unos segundos de frenesí, caigo en la cuenta. ¡El móvil! Tras un torpe intento de incorporarme asisto impasible como mi teléfono se desplaza cual lenguado hasta el borde de la mesa y se deja caer hacia las profundidades del abismo en busca de un nuevo banco de arena. —¿Sí? —consigo articular con la voz prestada de otra persona mientras noto como comienzan a despegarse las paredes de mi esófago. —Oye, que confirmamos lo de la cena. ¿Quieres que llevemos algo de postre? —Umm, ¡sí, claro! Aventuro a contestar con lo ojos aun cerrados. (*Nota: debo reconocer que esa respuesta salió automáticamente de mi boca sin necesitar ningún tipo de proceso mental ya que casi ni escuché la pregunta. Si llega a preguntarme si puede arrojarme un poco de lava por la espalda no hubiera cambiado ni un ápice mi respuesta). —Perfecto. Nos vemos a las 22h en tu casa. —Ok. Hasta luego.

Poco a poco comienzo a tomar conciencia de mi entorno. Comienzan a disiparse las sombras y ya se intuyen nuevos contornos: una mesa con sillas, una estantería, un reloj que marca las 21:30h, algunos libros… ¡Las 21:30h! Entonces una corriente eléctrica recorre mi espina dorsal y la adrenalina fluye como alma que lleva el diablo por todo mi cuerpo. ¡Me he quedado dormido! Me levanto como un resorte e instintivamente me dirijo hacia la nevera confiando en estar equivocado y poder preparar una cena cuanto menos digna en apenas 30 minutos, consciente de que la opción comprar en el súper había sido cambiada irremediablemente por un trágico “qué os apetece que pida” acompañado de un cuasi digno “pago yo”. Respiré hondo, agarré la puerta y noté como comenzada a ceder. Y allí estaba: la nada. Un frío desolador que ni el mismísimo lobo de Michael Ende podría haber expresado con mayor exactitud: 3 huevos, un manojo lacio de apio, un trozo de queso, varios sobres de kétchup, un tetra brick de salmorejo, un paquete de salchichas y una cebolla. Ni Picasso podía pintar sin pinceles.

Nervioso, me apresuro a ir a la alacena a la sección de “usar en caso de emergencia” para ver si tenía más suerte, ya que el tiempo corría en mi contra. Raudo cogí un par de tarros de paté, uno de aceitunas (tapenade) y otro de boletus, un paquete de picos de aceite y otro de tostas y un paquete de algas deshidratadas. Metí una botella de vino blanco en el congelador y puse a Battiatto mientras me servía una copa de amontillado. Corté un plato de queso que coloqué en la mesa junto con los dos tarros de paté, los picos y las tostas. Puse las servilletas, los cubiertos y las copas. Mientras terminaba el sofrito, saqué los huevos de la nevera y preparé los cuencos para el salmorejo. El sonido del telefonillo me sorprendió apagando el gas de la cocina.

Tras los saludos de rigor, los siento en la mesa y pongo en agua con sal las algas. Cuando comenzamos con los entrantes, les explico que las algas o verduras de mar se llevan consumiendo desde más de 2.500 años y que son ricas en minerales, fibra, proteínas, etc. y que están llenas de virtudes. El queso y los patés les están gustado mucho, y el vino roble con el que lo hemos acompañado también. Minutos después acabamos nuestros cuencos de salmorejo y termino de hacer el revuelto, al que decido no poner sal pues las algas ya la aportan. “¡Fantástico!”, repiten a coro, asombrados de la fantástica cena que estábamos compartiendo. El postre no estuvo a la zaga: un maravilloso helado de vainilla de Madagascar al que bendecimos con un chorrito de Pedro Ximenez. Al final todo salió a pedir de boca. La comida, la charla y la compañía alrededor de una mesa de productos andaluces de primerísima calidad había sido mágica. Afortunadamente contaba con un auténtico kit de supervivencia hecho íntegramente en Andalucía.

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