Opinión

Meritxell de Sabadell

Seguimos señalando con el dedo. Cualquier excusa, por absurda que sea, nos exime de la culpa de arrancarnos trozos, de sangrar. 

En un viaje con amigas, hace veinte años, coincidimos en un albergue de Santiago de Compostela un buen puñado de jóvenes de todas las regiones —y países— de España. Nosotras éramos “las andaluzas”, “las gaditanas”. Y soportamos con estoicidad ser las payasas del gracejo continuo y el chiste a punto. Ninguna de las cuatro habríamos ganado un concurso de idiosincrasia andaluza, créanme. Pero sobrellevamos el tópico y los prejuicios con paciencia y elegancia, aunque pesara como un bulto triste en el equipaje. A pesar de todo, hicimos algunos amigos. Entre ellos había un grupo de cuatro chicas catalanas, muy extranjeras por aquello del idioma, que en principio conectaron poco con el resto.

Meritxell era una de ellas, y la recuerdo bien porque ambas quisimos ligar con el chico guapo y mayor que trabajaba de guía para las excusiones, y ya se sabe cuánto une competir por un hombre. Nos ignoró a ambas y nos hicimos amigas por aquello de compartir el descalabro. La noche de la despedida ella nos invitó a Sabadell. Y nosotras, a Cádiz. Su respuesta nos sobrecogió, pues no dudó en expresar su poco interés por Andalucía. Meritxell de Sabadell, como si se supiera de memoria una cantinela de palabras exactas, pasaba de ir a un lugar invadido por gitanos cantaores y ladrones, perezosos y gentucilla, donde además te asas de calor todo el año. Tal cual.

No supimos contestar en el momento, y de tanto como nos habían reñido noches atrás, por hablar “tan” alto, (¡cuánto gritamos los andaluces!), nos quedamos con la guantá dentro. En privado, y hasta arriba de queimada, pusimos a los catalanes en conjunto, y a sus puñeteras madres, como ratas de cloaca peseteras. Subiditos. Mierdecillas engreídos. De esta anécdota que les comparto, hace veinte años.

Pero yo conocí a Meritxell de Sabadell, y ella me conoció a mí, y almorzamos en Barcelona. Éramos ya menos jóvenes y estábamos más viajadas, con los ojos llenos de contrastes, con mucho Norte y un extra de Sur. En estos días he pensado mucho en todas las “meritxelles” que me he ido encontrando en la vida y en todos los puntos de la geografía ibérica, donde abunda tanta casquería, tanta ignorancia. Y también, ese viernes reciente y triste, de cánticos y golpes en el pecho, me sirvió para acordarme de los más viejos de mi familia. Ellos afirmaban con vehemencia que España no sabe curarse el odio y que nuestra historia no cicatriza bien.

Seguimos señalando con el dedo. Cualquier excusa, por absurda que sea, nos exime de la culpa de arrancarnos trozos, de sangrar. Quizás, aquí, desde mi vida simple, mi lugar pequeño y mi silencio, me falten elementos de juicio, y líbrenme de ser vocero de nada ni de nadie. Aunque sé que no es nada personal, a veces revivo el mismo sobrecogimiento de hace veinte años, o es dolor ante el desprecio en bloque a las raíces propias, o el no saber qué causa de fe es tan grande para justificar el odio y su rapidísimo contagio (ya se sabe que es virulento e invade los organismos más frágiles y dispuestos a cantar y agitar banderas). Quiero pensar que los principios no son de porcelana, y pueden recomponerse.

Mientras sigo en mi coraza y procuro dormir, converso y mantengo correspondencia con mis amigos de ese trozo ibérico que adoro, y leo a sus intelectuales en busca de respuestas. De momento, Meritxell de Sabadell, extranjera o no, seguirá viviendo en Huelva todos los veranos.

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