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“Me decían mudo y yo me cabreaba, me moría por dentro”

Pedro Jesús Vega, natural de Arcos, de 69 años de edad, actual presidente de la Asociación de Personas Sordas de Jerez (Apesorje) y fundador de la organización en 1970, narra su historia de superación

Pedro Jesús Vega fue un milagro. Una bendición para su familia y para las personas sordas de Jerez. Natural de Arcos, Pedro Jesús no nació con sordera, cuenta que en el vientre de su madre el cordón umbilical se le enrrolló al cuello de tal manera que le rompió los tímpanos. “Cuando iba a nacer estaba medio muerto”, dice en lengua de signos a Amparo Galán, trabajadora social e intérprete en Apesorje desde 2009, que traduce al instante. “Me pusieron Jesús porque todo el mundo estuvo rezando por mi, para que me salvara, y al final…”, agrega mientras abre las cejas y las manos. Sí, Pedro Jesús se salvó. No obstante, su infancia fue difícil. Él no la define así, pero “antiguamente, ser sordo era sinónimo de subnormal”.

“Antiguamente las monjas nos sentaban en sus rodillas e intentaban que nosotros hablásemos”

A sus 69 años, Pedro Jesús relata los episodios de maltrato que sufrió en la educación, la discriminación continua que vivió y el aislamiento social al que quiso hacerle frente montando la primera asociación de sordos en Jerez. “Antiguamente no sabía qué era la marginación, yo era muy inocente. Y ahora te das cuenta…. Me decían mudo y yo me cabreaba, me moría por dentro”.

Si bien su sordera no era genética, la de su hermano mayor sí. Según cuenta, ambos ingresaron en el colegio La Purísima de Málaga, un internado para sordos dirigido por monjas. “Antiguamente ellas nos obligaban a hablar, nos sentaba en sus rodillas e intentaban que nosotros hablásemos, que pronunciásemos bien las palabras. Nos ponían agua en la garganta para hacer burbujas, y practicar la letra g. Nos decían cómo teníamos que poner la boca para hacer la s”. Y cuando no le salía, le agredían. “Yo lo he pasado mal en el colegio. Nosotros queríamos usar las manos, porque en realidad esa es nuestra lengua, y te pegaban en las manos. No te dejaban, te daban con las reglas. Y nos hacían sangre y todo”, relata. Poco aprendió allí de lengua de signos, solo lo básico a través de un profesor. No obstante, se trataba de una lengua que ya ha quedado obsoleta por su evolución en las últimas décadas. Del internado solo recuerda con una sonrisa las conversaciones con los compañeros, las viviencias, los ratos donde pudo desarrollar su lengua. “Las monjas no, ellas nos obligaban a hablar”.

Estuvo interno desde los siete hasta los 12 años, cuando regresó a casa. Allí Pedro Jesús tampoco pudo expresarse: “A mis padres no les gustaba la lengua de signos, decían que eso era de catetos. Les daba vergüenza y yo lo pasé muy mal”. Comparte que no le quedaba otra que tener paciencia y aguantar. “A mí me daba pena por mis padres y no lo hacía. Ahora la lengua de signos es más visible, pero antes estaba mal visto usarla, y más en Andalucía”. Ya instalado en la barriada España, en Jerez, ciudad a la que se mudaron sus padres para abrir el bar El Bujío en Pescadería Vieja, Pedro Jesús tuvo un tutor en casa. Sin embargo, una vez más, nadie que le enseñara lengua de signos. “No había nadie que supiera y te obligaban a hablar. Yo me expresaba como podía y decía cosas básicas como pan, tomate, fino, refresco…”. Y es que con tan solo 12 años empezó a echar una mano en el bar familiar. “Antiguamente”, Pedro Jesús reitera una y otra vez esta palabra. “Antiguamente se burlaban mucho de mi. Todo el mundo, mayores y niños. Yo era inocente y ahora de mayor sí me doy cuenta”. Relata que había personas que se le acercaban y que, a través de sus labios podía leer que les decía: “Te odio”. Durante el franquismo, la sociedad contribuyó a que las personas sordas no existieran. Vivieron escondidas, aisladas de la gente porque, por aquel entonces las personas sordas eran tratadas como “si fuéramos menos personas”. Algo común de la época, dice Pedro Jesús. Él se llevó trabajando junto a su padre unos cinco años, hasta los 17. Narra que lo dejó porque quiso fundar una asociación de personas sordas para que así, estas pudieran hablar con iguales, expresarse de una vez por todas.

Fue en 1967 cuando empezó a organizarse con algunos amigos. Pidió un listado de personas sordas que vivían en Jerez y fue casa por casa hablándoles de una futura asociación. ¿El objetivo? “Mantener la esencia de las personas sordas formando una comunidad”. Se llevaron más de tres años moviéndose y buscando a gente. Y el 18 de noviembre de 1970 crearon la asociación con todos sus estatutos. Y en 1976 inauguraron el local que hoy todavía ocupan, en calle Santo Domingo. Con esta nueva formación dieron un paso adelante en su autnomía. “Antes cada uno iba por libre y no se conseguía nada”, incide. A raíz de la Asociación de Personas Sordas de Jerez (Apesorje) empezaron a sentirse a gusto por primera vez. “Empezamos a jugar al fútbol, a relacionarnos… y de ahí surgieron parejas sentimentales”. No obstante, todavía dependían de sus familiares oyentes para comunicarse con las instituciones y centros médicos.

“Ahora, cuando vemos que hay íntérprete de signos, para nosotros es una revolución, es como una liberación”

Pero fue mucho más tarde, en 1987, cuando empezaron a tener subvenciones, intérpretes, contacto con políticos… Al fin y al cabo, una independencia real. “Antes íbamos acompañados de tu padre, madre o hijo oyente, para hacer cualquier gestión. Y a partir de esa fecha, la figura del intérprete se profesionalizó”, indica Pedro Jesús, al tiempo en que señala: “Antiguamente, nosotros vivíamos felices en nuestra ignorancia, nos relacionábamos nosotros en la medida que podíamos, pero luego tenías dificultades para encontrar trabajo… Te chocabas con la realidad. Pero ahora, cuando vemos que hay intérprete de signos, para nosotros es una revolución, es como una liberación”. En los inicios de Apesorje, Pedro Jesús estuvo como presidente los primeros cuatro años. Luego se marchó a Arcos y más tarde a Tenerife, con su pareja, ciudades donde estuvo trabajando en tiendas de ropa. Fue en 1991 cuando regresó a Jerez. Cogió el bar de sus padres, El Bujío, y le puso bar Las Almenas. Empezó en el mundo de la hostelería con cuatro cocineros sordos y unos cuantos camareros oyentes. Cuenta que su hijo era el que le ayudaba a sacar adelante el bar, y que cuando este se marchó a estudiar a la Universidad de Salamanca, decidió echar el cierre. Fue entonces cuando, en 2006, recuperó la presidencia en Apesorje, hasta la fecha. Según su presidente, el objetivo básico de la asociación es “garantizar lo que el acceso a la información y mejorar la calidad de vida de las personas sordas”. Trabajan el aspecto formativo, de ocio, laboral, social y el acceso a la información. Y para ello desde Apesorje realizan multitud de actividades como campeonatos de futbolín, dardos, fiestas temáticas, carnavales…

“Ahora las personas sordas pueden ilusionarse con poder tener lo mismo que un oyente”

Los tiempos, la época ha cambiado. Si antes solo un 10% de la población sorda sabía leer y escribir, además de recibir una buena formación educativa, ahora la realidad es muy distinta. “Antiguamente la obligación era que pudiéramos hablar y comunicar, ahora es aprender una carrera. Antes aprendíamos carpintería, albañilería… cosas de manos nada más. Ahora ya no, las personas sordas pueden acceder a una universidad e ilusionarse con poder tener lo mismo que un oyente”, expresa Pedro Jesús. Sin embargo, esa evolución se congeló con la llegada de la mal llamada crisis de 2008. “Ahora hay estudiantes que no han podido comenzar el curso porque no ha habido intérpretes”, denuncia el presidente de Apesorje, y es que entre las dos asociaciones de personas sordas que hay en la provincia de Cádiz solo hay dos intérpretes. Quizá, a día de hoy, la palabra “antiguamente” sea de carácter regresivo.

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