Al paso

Materia sensible

No podemos saber cómo terminará afectándonos cualquiera de las experiencias que vivimos; tampoco cuál será ese acontecimiento que cambiará para siempre nuestra manera de concebir la realidad o de enfrentarnos al mundo. Quienes tenemos hijos conocemos el temor de que alguna desgracia les ocurra, y vivimos pendientes de ellos para evitarles cualquier cercanía con la desdicha, pero estamos completamente inermes ante todo aquello que, a pesar de nuestros desvelos y cuidados, puede marcarlos de modo irremediable. El ser humano está hecho de una materia tan sensible y permeable a la experiencia que no hay forma de prever qué será aquello que habrá de afectarnos para siempre.

Sin embargo, la buena noticia ante casi cualquier eventualidad desagradable es saber que no será la última. También para nuestros seres queridos. Parece un sofisma, pero no lo es. Quienes han experimentado la cercanía de la muerte, y han abrazado la realidad que nos espera a todos, saben que a partir de ese momento cuenta cada segundo, pero también que no es necesario encontrarse frente al abismo para procurar que cada segundo cuente.

Quizás el caso más extremo que yo conozco, sobre las bondades de saber que no disponemos de una vida ilimitada como para andar perdiendo el tiempo en tonterías, es el del escritor ruso Fiódor Dostoievski. Su experiencia es tan ejemplar en este sentido que casi podría decirse que el hecho decisivo e irrepetible de su existencia, aquel que lo marcó más profundamente y al que guardaba más agradecimiento fue también el más traumatizante.

Durante su juventud, cuando apenas contaba veinticuatro años y empezaba a publicar sus primeros escritos, Dostoievski conoció lo que podríamos considerar, desde nuestra perspectiva actual, cierto éxito y reconocimiento. Publicó una primera novela que sorprendió al mundillo literario ruso y algunos relatos que le merecieron algunas palmaditas en la espalda. Sin embargo, no tardó en desencantarse de la rápida fama que había adquirido y todo aquello le pareció insustancial e insatisfactorio.

En su búsqueda por abrirse cuanto antes el mayor número de cicatrices posible, empezó a coquetear con las revolucionarias ideas políticas de moda en su época. Como tantos otros, se dejó arrastrar por los ideales

En su búsqueda por abrirse cuanto antes el mayor número de cicatrices posible, empezó a coquetear con las revolucionarias ideas políticas de moda en su época. Como tantos otros, se dejó arrastrar por los ideales, pretendió cambiar el mundo antes de conocerlo, y, en su quijotesca manera de abrazar la realidad, no tardó en unirse a algunos grupos radicales en abierta oposición a las políticas del zar Nicolás I.

El encuentro con la realidad le sobrevino en 1849, cuatro años después de sus primeras tentativas literarias. Tal y como suele ser prescriptivo en estos casos, en el grupúsculo al que pertenecía Dostoievski se infiltraron algunos agentes del zar y el 23 de abril de ese año fue arrestado y encarcelado, junto al resto de sus compañeros, bajo la acusación de estar conspirando contra el gobierno. Se le recluyó en la fortaleza de San Pedro y San Pablo de San Petersburgo y algunos meses después fue condenado a muerte.

En la historia o la leyenda de este hecho hay un matiz de humor negro por parte de las autoridades que no debe pasar inadvertido. El castigo habitual para esta clase de delitos, en la Rusia de la época, era el exilio de varios meses, o bien la condena a trabajos forzados por un periodo de tiempo similar, pero el zar Nicolas I, temeroso de que en su tierra se produjeran también los altercados que venían ocurriendo en medio Europa, quiso darles a los revolucionarios del Círculo al que pertenecía Dostoievski un castigo ejemplar que sirviera para disuadir de nuevas intentonas de levantamiento. Es verdad que la pena a la que se les condenó parecía excesiva, pero aun así fueron leídas las sentencias. Y no solo eso, sino que se montó alrededor de ese juicio toda la parafernalia habitual en estos casos.

El 22 de diciembre de ese mismo año, a los condenados se les subió en carruajes y fueron conducidos por las heladas calles de San Petersburgo hasta la explanada Semiónovski, que era el lugar donde solían realizarse las ejecuciones públicas. Allí los recibieron un sacerdote, los soldados dispuestos para la ejecución y un buen número de espectadores que no querían perderse el espectáculo. Frente a ellos, el cadalso con los tres postes por los que irían pasando todos en turnos de a tres; junto al patíbulo, varias carretas con tantos ataúdes como iban a hacer falta.

Para hacer aún más espeluznante aquella experiencia, a todos los prisioneros se les puso la correspondiente capucha y se oyó sus confesiones. Luego, se colocó a los tres primeros en los postes e incluso se llegó a dar la orden a los soldados para que prepararan sus armas y apuntaran a los reos. Dostoievski ocupaba el primer puesto en el segundo grupo que habría de ser ejecutado.

De pronto, cuando ya todo parecía inevitable, un carruaje apareció en la explanada y de él bajo un hombre. Llevaba un sobre en la mano. El zar había conmutado la sentencia de muerte por la de cuatro años de trabajos forzados en Siberia, a los que seguiría una estancia en el ejército por un periodo similar.

Aquella noche, Dostoievski le escribió una carta a su hermano en la que reflexiona por extenso sobre lo ocurrido. Había vuelto a nacer. Tenía la posibilidad de corregir muchos de sus errores. Se le había dado la oportunidad de rectificar y poner en orden sus prioridades. Uno de los párrafos de esa carta comienza así: “Cuando vuelvo la mirada al pasado y pienso en todo el tiempo que derroché…”

Hasta ocho años más tarde, en 1857, no se le permitió a Dostoievski escribir una sola línea. En todo ese tiempo, soportó las peores condiciones de vida a que se puede someter a un hombre. Pero cuando al fin recuperó la libertad, dejó de lado sus ideas políticas y todo aquello que lo lastraba y se dedicó a escribir como si no hubiera más días, o como si la muerte estuviera siempre tras sus pasos. Desde entonces, y hasta su muerte en 1881, se dedicó por entero a la elaboración de su inmensa obra novelística; uno de los mayores monumentos literarios que se han escrito para el auténtico conocimiento del ser humano.

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