Gente sin casa

María: la vida en un trastero a los 64 años

Una mujer malvive en una pequeña estancia mientras espera que la realojen en una residencia de mayores de la que salió hace dos años

María lleva más de siete meses viviendo en un trastero. O malviviendo, mejor dicho. En los pocos metros cuadrados de la estancia, que no tiene ventanas, duerme y se asea. Pero poco más. La mayor parte del día la pasa en la calle. Allí no puede estar. “Tiene mucha humedad y me perjudica la salud”, cuenta. El trastero no tiene baño, solo un lavabo y una palangana, con las que se las apaña a duras penas para lavarse. “En el lavabo, me limpio de cintura para arriba; y con la palangana, de cintura para abajo”, explica. Además de esto, tiene un sofá viejo, donde duerme tapada con una manta, una pequeña televisión, una nevera y un sillón.

Su insomnio ha vuelto con fuerza, y aunque no le gusta, está tomando de nuevo pastillas para dormir. “No quiero depender de ellas, pero no tengo más remedio”, cuenta sin poder evitar que se le derramen algunas lágrimas. María, a sus 64 años, sobrevive a duras penas en “el boquete”, como ella lo llama, mientras espera que se produzca poco menos que un milagro y pueda encontrar un alquiler asequible, para poder instalarse en una vivienda durante unos meses, mientras se resuelve su ingreso en la residencia de mayores de La Granja, en Jerez.

A sus 64 años, María ha vivido de todo. Se quedó huérfana siendo muy joven. “Mi madre murió tres días después de yo cumplir trece años”, recuerda. “Llevo toda la vida sola”, sentencia. Con esa edad, más o menos, empezó a trabajar. Poco después de quedarse sin padres se fue a Madrid a una casa, donde era empleada del hogar —“criada para que nos entendamos”, explica—, aunque también trabajó luego como camarera o como cuidadora de personas mayores. Cuando se casó, con 40 años, dejó su vida laboral a un lado. Apenas seis meses después de pasar por el altar, llegó la primera paliza.

Un momento de la entrevista. FOTO: MANU GARCÍA

“Era un alcohólico y un maltratador”, asegura sobre su exmarido, con el que apenas estuvo casada dos años. “A mí no me pone nadie la mano encima”, señala María, que ha pasado por varias depresiones a lo largo de su vida. “Muchas veces he pensado en tirar la toalla”, dice, y muestra su brazo, lleno de marcas provocadas por ella misma, ya que cuenta que ha intentado quitarse la vida más de una vez. “Hay noches que estoy muy mal, pero luego me levanto por la mañana y me digo a mí misma que hay que seguir luchando”, relata. “No voy a dejar que mi dignidad me la pisotee nadie”, señala decidida.

“Estoy cansada de buscar ayuda”, cuenta María, quien espera que la publicación del artículo le sirva para encontrar a un alma caritativa que la saque del trastero donde malvive. Ya estuvo a punto de hacerlo, pero la historia no tuvo el final deseado. Después de recurrir a sindicatos y partidos políticos de la ciudad, se puso en contacto con ella un propietario de una vivienda que estaba dispuesto a alquilársela durante unos pocos meses, pero cuando estaba todo listo, se echó para atrás, sin darle explicaciones. “Se quiso aprovechar de mi situación y al final se arrepintió”, dice María, que no quiere entrar en los entresijos de la historia.

Las manos de María, en un momento de la entrevista. FOTO: MANU GARCÍA

Su vuelta a Jerez no ha tenido la acogida que esperaba. Su familia, dice, dejó de preocuparse por ella hace tiempo. “Mejor no hablemos de eso”, pide apenada. Después de estar interna en la residencia de mayores de La Granja, de donde salió por desavenencias con la dirección, la destinaron a una ubicada en las afueras de la localidad malagueña de Estepona, de la que no guarda muy buen recuerdo. “Para mí, aquello era un campo de concentración”, dice. María cuenta que el ambiente no era el deseable y que intentaron que compartiera habitación con una mujer que tenía problemas con la bebida. “Me separé de mi marido porque era alcohólico y no iba a estar con ella”, señala.

La estancia en la que acabó, según relata, “estaba asquerosa”, y tuvo que esperar hasta tres meses para que le cambiaran las cortinas, “que tenían mucho polvo y me afectaban, porque tengo bronquitis crónica”, cuenta. Allí estuvo hasta que se cansó de la situación y regresó a Jerez. Los primeros días se estuvo quedando en un hostal, hasta que no pudo estirar más los 380 euros que cobra de pensión. Por eso se trasladó al trastero, en el que tenía sus pocas pertenencias, porque es lo único que se puede permitir.

María espera que su situación se solucione pronto. “Estoy muy agotada”, comenta, y su cuerpo se resiente. En un año ha perdido unos ocho kilos de peso, porque no se alimenta bien —“tengo el estómago cerrado, echo todo lo que como”—, por la incertidumbre de no saber cuando podrá abandonar el trastero, del que sale muy temprano y en el que entra por las noches, “porque allí no se puede estar”. El reingreso en la residencia de mayores de la que salió hace casi dos años es su única esperanza. Mientras, confía en que contar su historia valga para encontrar alojamiento. “Ojalá”, dice al despedirse.

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