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Malamente

Si yo fuera Rosalía y no quisiera que se supiera, el primer nombre que me saldría sería Rosana

La chavala se plantó en una de las terrazas de la plaza Plateros y dijo que quería ir a algún sitio donde hubiera flamenco. Hablaba directamente a una mesa formada solo por hombres, cuatro o cinco tíos más cerca de triplicarle que de duplicarle la edad. Los tipos la miraron con curiosidad, con el habitual arqueo de la ceja derecha y leve inclinación de cabeza de derecha a izquierda, como si todos tuvieran una cierta sordera repentina. A ella le dio igual que le estuvieran haciendo un escáner: mantuvo la mirada y tras un momento de silencio volvió a decirlo en alto: quiero ir a un sitio donde haya flamenco. Los tipos se miraron y acabaron por citarla para la noche, que lo mismo les daba por ir a dar una vuelta por El Pasaje. Por lo visto, la chavala había preguntado antes a otros parroquianos quién era aficionado al flamenco y alguien la había dirigido hacia esa mesa. Estuvieron charlando un rato, cosa de cinco minutos, y ella les dijo que era de un pueblo de Barcelona y que le interesaba mucho el flamenco, que por eso iba a pasar unos días en Jerez.

Tras despedirse con un escueto “hasta la noche”, la chica se fue y los tipos siguieron a lo suyo, cuando uno dijo que tenía un aire a Rosalía. Todos habían oído hablar de la artista, pero no todos le ponían cara. Cosas de la edad. Estuvieron mirando en los móviles y no hubo unanimidad. “Sí, se da un aire”; “no sé, Rosalía parece más mayor”; “es clavadita, le quitas todos los potingues, esa ropa, las joyas… es igual que esta chavala”; “bah, qué tontería”, terció otro, dando ya el tema por zanjado y haciendo señas al camarero para que trajera otra ronda. Sin embargo, la visita de la chavala no había pasado desapercibida en la barra del bar. Allí un turista comentaba lo mismo a sus amigos: “ha estado en la terraza una chavala clavadita a Rosalía”.

Este cronista, que no sabía nada de la historia, salió por la noche a tomar una cerveza. Tras estar diez minutos de charla con los amigos, alguien dijo “mira, ahí está otra vez esa chica, la que ha estado hablando por la mañana con Fran, Pedro y esta gente para ver si iban al flamenco. No veas que desparpajo tiene la tía”. Le eché un vistazo –estaba de pie junto a otra mesa, a cuatro o cinco metros- y dije “joder, esta chavala se parece un huevo a Rosalía”. Todo el mundo se me quedó mirando y ya me contaron lo que había pasado por la mañana con el grupito de aficionados al flamenco. Pues de vuelta al Google todo el mundo a ver fotos. Clavada. No a la primera Rosalía, más bien a la segunda (la velocidad a la que va la artista catalana es sorprendente, como se puede decir eso de alguien que tiene 25 años). Los más escépticos, al final tuvieron que decir que sí, que esa chavala con mallas, deportivas, top y la cara lavada, al menos se daba un aire a la rutilante estrella. “Pues dice que tiene 23 años, que es de un pueblo de Barcelona y no sé si ha dicho que se llama Rosana o Andrea, un nombre así dijo”, comentó alguien. La miré otra vez. Estaba a punto de irse, no sé si al flamenco, a otro bar o donde fuera. “No creo que sea ella, claro, pero antes, cuando había artistas de verdad, no era tan raro que intentaran pasar desapercibidos, para preparar un papel –a John Barrymore le encantaba que le dieran papeles de borracho, así los bordaba- o simplemente para vivir un poco al margen de su personaje. Tiene una edad parecida, dice que es de un pueblo de Barcelona… Si yo fuera Rosalía y no quisiera que se supiera, el primer nombre que me saldría sería Rosana, seguro”, pontifiqué con suficiencia mientras terminaba de un trago la cerveza y miraba a mi amigo Fernando, aburrido ya de este debate: para él todo lo que ha venido después de The Clash es simple basura.

Al final no fue a El Pasaje. Se acabó su refresco y después se largó. Al día siguiente no apareció por el bar y nadie la ha vuelto a ver. Dos días después Rosalía protagonizaba el previo del Mad Cool de Madrid.

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