La Andalucía

Magos y adivinos (I)

Las autoridades romanas adivinaban el destino de las batallas dando de comer grano a unos pollos sagrados traídos de la isla egea de Negroponte. Que los animales picaran de él indicaba que los dioses favorecerían a las tropas romanas; que no lo hicieran era un mal presagio, pero podemos imaginar que, tratándose de pollos y de grano, esta ocurrencia era rara. Una ocasión tal fue la batalla de Drépano (249 a. C.), que se libró entre romanos y cartagineses. Los pollos ni siquiera salieron de sus jaulas y el general Publio Claudio Pulcro mostró su desacuerdo ordenando que los arrojaran al mar: “para que beban, ya que se negaron a comer” (ut biberent, quando esse nollent). Aunque así, desde la distancia histórica, tenga su gracia, semejante acto de impiedad contra los dioses y contra sus gallináceos representantes horrorizaría a las tropas y seguramente terminó de convencerlas de que de nada servía luchar, sellando la victoria de los cartagineses.

En la antigua China tuvo lugar un conflicto que se resolvió por medios más pacíficos. Los habitantes de la ciudad de Tsuen-cheu-fu eran asediados continuamente por sus vecinos de Yung-chun. Consultaron a un maestro de feng-shui y éste les dijo que la razón era que Yung-chun tenía forma de red de pescar, mientras que Tsuen-cheu-fu parecía una carpa. Era por eso que la primera ciudad “capturaba” siempre a la segunda. Les recomendó construir dos majestuosas pagodas en el centro de la ciudad, que, con sus altos picos, romperían la “red” cuando cayera sobre la “carpa”. Desde entonces, los habitantes de Tsuen-cheu-fu vivieron en paz y armonía. O eso se decía.

La magia, la hechicería, la adivinación, la astrología o la geomancia están presentes de un modo u otro en todas las culturas humanas. No sabemos de un tiempo en que el ser humano se haya permitido prescindir de alguna de sus innumerables variedades. Durante milenios, el consejo de un astrólogo, la predicción de un adivino o la amenaza de un brujo han bastado para construir y demoler edificios, producir y detener casamientos, realizar y evitar sacrificios, acumular y regalar fortunas, terminar guerras y emprenderlas… Sin embargo, para el que no crea directamente en ellas, es difícil explicarse la extraordinaria diversidad, influencia y prestigio de que siempre han disfrutado estas artes hoy tan cuestionadas.

La magia, la hechicería, la adivinación, la astrología o la geomancia están presentes de un modo u otro en todas las culturas humanas

Algunos optan por ver la magia como una tecnología fallida y la adivinación como una ciencia fallida. Los hombres del pasado —y los que en el presente carecen de unos mínimos conocimientos científicos— expresarían, al cultivarlas, su frustración por no poder alterar a su antojo las leyes de la naturaleza o el curso de los acontecimientos, satisfaciendo la necesidad primaria de un consuelo emocional. Es la tesis evolucionista de sir James George Frazer:

“La magia es un sistema espurio de leyes naturales así como una guía errónea de conducta; es una ciencia falsa y un arte abortado (…) Las ceremonias mágicas no son otra cosa que experimentos fallidos y que si continúan repitiéndose es sólo porque (…) el operador ignora su fracaso. Con el avance del conocimiento, estas ceremonias o dejaron de ejecutarse por completo o se mantuvieron por la fuerza del hábito mucho tiempo después de haberse olvidado el propósito con que fueron instituidas. Así, cayendo de un alto rango, dejaron de ser considerdas como ritos solemnes, de cuya puntual observancia dependía el bienestar y hasta la vida de la sociedad, y se hundieron gradualmente al nivel de simples espectáculos, mojigangas y pasatiempos, hasta llegar a un grado final de degeneración, en que son totalmente abandonadas por la gente formal, aunque en otro tiempo fueran la ocupación más seria del sabio, degenerada al fin en un fútil juego de chicos”[1].

Sobre la adivinación, nos servimos de la opinión de Jesús Mosterín:

“El pensamiento arcaico no disponía del sofisticado instrumental teórico de la ciencia moderna y era incapaz de hacer predicciones científicas. Pero la ansiedad humana por el futuro ya estaba presente y sólo podía ser mitigada por algún tipo de predicción. Este tipo de predicción arcaica es la adivinación”[2].

Desde este punto de vista, si las artes mágicas y adivinatorias fuesen válidas o correctas en algún sentido, habrían dejado de ser lo que son y se habrían convertido automáticamente en ciencia. El paso de las unas a la otra, con el devenir de los siglos, supuso un espectacular refinamiento teórico y técnico, pero respondía fundamentalmente a las mismas necesidades y objetivos.

No cabe duda de que la luz de la ciencia moderna desfavorecía a estas viejas artes, que pronto empezaron a parecer desfasadas. La astrología mesopotámica, en la que se inspiran la occidental y la hindú, era geocéntrica, es decir, creía que la Tierra era el centro del cosmos y que los astros giraban a su alrededor. Hoy sabemos que la Tierra gira alrededor del Sol, e incluso que el paso de los milenios ha alterado su eje y, en consecuencia, los signos del antiguo zodíaco ya no se corresponden con sus respectivas constelaciones. Estas y otras contradicciones, aireadas por la astronomía científica, contribuyeron a que la magia y la adivinación fueran consideradas por muchos ya en el siglo XVII —en palabras de un fundador de la Real Sociedad Inglesa de Astronomía— “la desgracia de la razón”[3].

Hacia el XIX, los descubrimientos de Copérnico o Darwin habían empequeñecido tanto la posición del ser humano en el cosmos que la presunta relación de nuestras pequeñas penas y alegrías cotidianas con los astros del cielo, que en un tiempo fue reconocida y temida por todos, era objeto de burla y escarnio. Así la condenaba en Arthur Schopenhauer, que no solía ahorrarse palabras:

“Una prueba maravillosa de la subjetividad miserable de los seres humanos, que hace que estos lo refieran todo a sí mismos y pasen desde cualquier idea a sus propias personas sin solución de continuidad, lo proporciona la astrología, que retrotrae el movimiento de los grandes cuerpos celestes al pobre yo, y vincula los cometas con las trifulcas y necedades terrenales”[4].

Si los signos zodiacales y las figuras de la astrología han fluctuado con el paso de los siglos, aún más ha variado su interpretación. Un ejemplo históricamente cercano a nosotros es la cacareada Era de Acuario, que los astrólogos suelen entender como un futuro más o menos próximo que alumbrará un salto cualitativo en el progreso espiritual de la humanidad (al menos, así lo entienden aquellos astrólogos que no profetizan el fin del mundo para esas mismas fechas).

Un cambio tan drásticamente beneficioso no podía menos que ubicarse en la época en la que vivía cada adivino: para los ambientes hippies de los años sesenta, la Era de Acuario daba comienzo en los años sesenta; para muchos grupúsculos del new age (que toma de ella su nombre) de los setenta, sería en los setenta… Recientemente se han propuesto 2000 y 2012. Si nos vamos al esoterismo decimonónico, H. P. Blavatsky, fundadora de la teosofía, anunciaba la Nueva Era para 1900; August Vandekerkhove, fundador de la cosmosofía, se le adelantaba sólo una década. Rudolf Steiner también fundó una (antropo)sofía, pero se distinguía de sus colegas por ubicar la gran Transición astrológica en un muy futuro año 3573. En cualquier caso, sirve como prueba in extremis de la crónica falta de consenso entre los astrólogos, que rara vez se han puesto de acuerdo en su interpretación de unos hechos que, en opinión de los escépticos, para colmo nunca existieron.

La magia tampoco ha dado lugar a un consenso universal. Lo que en un lugar es tabú, en el otro alarga la vida

La magia tampoco ha dado lugar a un consenso universal. Lo que en un lugar es tabú, en el otro alarga la vida. Los zaparos de Ecuador, por ejemplo, rechazaban la carne del tapir o el pecarí porque les transmitiría la lentitud y torpeza de esos animales a la hora de cazar. Por la misma razón, los caribes o los africanos fangs no probaban la tortuga. Mientras tanto, los bosquimanos, antes de salir a cazar, se atiborraban de animales lentos, pensando que llevándolos en su estómago lo próximo que vendría a llenárselo también tendría movimientos torpes. ¿Transmiten los animales lentos su lentitud al que los consume o a las presas del que los consume? Concedemos que zaparos, caribes o fangs podrían haberse enzarzado en un interesante debate al respecto, aunque es difícil imaginar cómo habrían llegado a un acuerdo.

Si damos por cierto que la magia se guía por leyes imaginarias, y por consiguiente no acierta salvo por casualidad; y otro tanto para la adivinación, de cuyas discrepancias y contradicciones podríamos facilitar una multitud de ejemplos adicionales; entonces, ¿cómo es que todas las culturas humanas han creído, y en su mayoría siguen creyendo, en técnicas y doctrinas tan toscas, falsas e inefectivas? O, en otras palabras, ¿dónde se ubica la intersección entre las “fantasías” de la magia y los “hechos” de la realidad empírica? Una respuesta tentativa podría ser que, además de posibilidades contingentes como ganar la lotería, tener dicha en amores o arruinar a un enemigo, existen muchas otras cosas que son inalterables por naturaleza y que, sin embargo, se atribuyen al poder de la magia o al acierto de la adivinación. Lo que la ciencia moderna cree inevitable, la magia cree haberlo provocado ella misma. Veamos un ejemplo.

Algunas culturas han creído que determinados ritos afectan, para bien o para mal, al comportamiento del sol, incluso que ellos y no otros son los causantes de que este astro de casi 700 000 kilómetros de radio siga apareciendo en el horizonte terráqueo por las mañanas y desapareciendo por las noches. El citado Frazer recoge que el soberano del antiguo Egipto caminaba diariamente alrededor de un templo para asegurar al astro rey una marcha sin eclipses u otros contratiempos. Los hindúes, aunque ya no cuentan al dios sol (Surya) entre sus predilectos, siguen acompasando sus puyas rituales con el amanecer y el atardecer.

Pero quizá la más cruda dilapidación de medios para obtener algo que la ciencia cree garantizado durante los próximos 5.000 millones de años sea la de los aztecas, que realizaban sacrificios humanos para alimentar o mantener al sol. Cada 52 años se celebraba uno especialmente importante, la Ceremonia del Fuego Nuevo, con el fin de evitar que colapsara el universo. Para aderezar dramáticamente lo que la ciencia moderna entendería como la llegada de un día cualquiera, se apagaban todos los fuegos y se sacrificaba a un ser humano en lo alto del actual Cerro de la Estrella (Distrito Federal). Luego se iban encendiendo hogueras por todo el pueblo, en templos y en hogares particulares, y el amanecer del día siguiente era recibido con suma devoción y regocijo, en contraste con la indiferencia que debía de sentir en ese mismo momento la mayor parte de la humanidad.

Algunas culturas han creído que determinados ritos afectan, para bien o para mal, al comportamiento del sol

Otro tanto se puede decir de los ritos que renuevan ciclos y acontecimientos estacionales (como el primero de mayo), calendáricos (como el fin de año) o cósmicos (como la Semana Santa católica o el Vesak budista), aunque muchos se convirtieron hace siglos en tradiciones folclóricas. He aquí otra de las dificultades de abordar los ritos mágicos: en los lugares en los que aún se cree en su efectividad, la propuesta de detener o variar las celebraciones, aunque fuera una sola vez, para comprobar si se producen o no sus consecuencias, que desde fuera nos puede parecer lógica, es tratada, en el mejor de los casos, como una muestra de locura o mala fe: son la Tierra y la supervivencia de la especie humana las que están en juego. Sólo cuando ya no se cree en la efectividad de los ritos se puede jugar con ellos. Y cualquiera que haga un pequeño esfuerzo por imaginarse cómo sería vivir sin teoría científica alguna sobre el universo comprenderá lo profundo que deben de calar las especulaciones mágicas y adivinatorias, que parecen ser lo único que el Homo sapiens sapiens ha tenido durante casi 200 000 años de existencia.

[1] James George Frazer, La rama dorada. Fondo de Cultura Económica, México, D. F., 1993, pp. 34 y 375.
[2] Jesús Mosterín, Historia del pensamiento: el pensamiento arcaico. Alianza Editorial, Madrid, 1985, p. 122.
[3] Brian Leigh Molyneaux, La tierra sagrada. Taschen, Colonia, 2002, p. 156.
[4] Arthur Schopenhauer, Parerga y Paralipómena: “Parénesis y máximas”, 26 (trad. de Fabio Morales García).
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