La Andalucía

Magos y adivinos (epílogo): nota sobre Frazer

James G. Frazer ha sido durante mucho tiempo citado como el prototipo de autor evolucionista. Con menor frecuencia —y mayores méritos— ha sido identificado como un prodigio de la erudición y la creatividad teórica humanas. Hace poco teníamos el honor de citar en esta misma revista el magnum opus de este autor, La rama dorada, como una de las voces que distinguían la magia como los preliminares lejanos de lo que hoy conocemos por ciencia. A modo de colofón de nuestras reflexiones sobre la magia y la adivinación, creo que será instructivo detenernos en su presunto evolucionismo cultural.

Nuestro autor entiende los cambios culturales como descubrimientos sucesivos a lo largo de la historia. A grandes rasgos, distingue tres fases: magia, religión y ciencia. La magia pretende resolver los problemas que afectan a los hombres mediante un sistema pseudo-explicativo y pseudo-operativo oscuro y fantasioso. Pierde su sentido cuando el mago acepta la realidad de que su capacidad de influir en la naturaleza por medio de la magia es nula; que cuando la magia falla no es porque él no ejecutara correctamente los ritos, sino porque el curso de los acontecimientos es independiente de éstos.

Abandonada la magia, pero acuciado aún por una necesidad universal de consuelo, sentido y protección, el ser humano se remitirá a la voluntad de seres divinos que habrá de propiciar: esto es la religión (concebida por Frazer de un modo casi inequívocamente teísta). En lugar de exigir a la realidad sus frutos (como el mago), el hombre religioso los ruega o implora a entidades sobrenaturales.

Pero la religión no es la fase final: cuando el ser humano sumido en la anulación religiosa descubre que, pese a haber descartado el modelo pseudo-explicativo de la magia, existen constantes en la naturaleza que es posible predecir, que es posible una explicación correcta y que funciona, surge la ciencia (J. G. Frazer, 1993: La rama dorada. México D. F.: Fondo de Cultura Económica, pp. 796-797). A lo largo de los siglos, el paso en la sociedad europea de la magia a la religión, y de ésta a la ciencia, ha sido, pues, lógico; las sociedades que no hayan asumido el paradigma científico estarían en una fase anterior, cuyo único desenlace razonable es adoptar la ciencia. Frazer es el primero en admitir que el pensamiento mágico no desaparece de la mayoría de las personas sólo porque la cultura “oficial” evolucione (pp. 82-83): el cambio de paradigma nunca es completo u homogéneo. Ello no le conduce a cuestionar la secuencialidad de ese progreso, aun si siempre es uno superficial.

Sin embargo, dicho progreso cultural está lejos de haber sido probado, puesto que no es posible fechar un tránsito de una era puramente mágica a una puramente religiosa: no sólo la lapa de la magia ha ido aferrada en todos los tiempos y lugares al navío de la religión, sino que, inversamente, en las sociedades que Frazer llama “primitivas», dominadas por el pensamiento mágico, tenemos constancia de deidades que son propiciadas y veneradas “religiosamente”, con independencia de los ritos mágicos de esa sociedad. También está por ver que el desarrollo y estudio de la ciencia amenace a las creencias “religiosas”, como sostiene Frazer, que las considera dos modelos explicativos incompatibles: aunque por supuesto la modernidad ha erosionado algunas religiones tradicionales durante el siglo XX, un vistazo al orientalismo, el pentecostalismo, los nuevos movimientos religiosos o el maremágnum new age demuestra que religiones de nuevo cuño (o que se presentan como tales) se han beneficiado de ella.

Me atrevería a sugerir que el modelo de la transición de un estadio cultural a otro es, en Frazer, eminentemente psicológico, a imagen y semejanza de la biografía intelectual de un solo individuo, que incorpora conscientemente el próximo estadio cuando el anterior es probado falso o absurdo; podríamos decir que el sujeto de la cultura es una humanidad (o su élite) que se comporta como lo haría uno de sus individuos, incluyendo las inevitables contradicciones, confusiones y tanteos al asimilar nuevas etapas. Esto reproduce el modo como habitualmente interpretamos los seres humanos nuestra historia individual, pero es cuestionable que se aplique a fenómenos tan complejos y multifocales como los grandes cambios culturales. La “evolución” ideológica e intelectual de un individuo no es necesariamente afortunada, aunque a éste casi siempre le parecerá que lo es. Del mismo modo, que una sociedad (como la científica) se considere a sí misma la culminación de sus antecesoras inmediatas no significa necesariamente nada, pues casi todas lo han hecho. Y, como un individuo puede “involucionar” desde una mentalidad puramente científica (si acaso existe algo así) hacia elementos religiosos o mágicos, también puede hacerlo una sociedad entera: para evolucionistas como Frazer (pp. 412-413), la Edad Media europea supone un lapso incómodo y estéril entre Euclides y Newton, entre Cicerón y Voltaire, con todas las incongruencias derivadas de postular lapsos o parones que se miden en milenios…

En resumen, creo que sólo en un marco subjetivo individual tendría sentido hablar de un progreso intelectual tan definido y autoconsciente como se le supone aquí a la humanidad. Si sus rudos “salvajes” antropomorfizan los cambios naturales, sir James G. Frazer, en cierto sentido, antropomorfiza los cambios culturales.

Ello despierta, naturalmente, una pregunta mayor: ¿es el antropomorfismo inherente a toda noción de un “progreso” político, social o histórico? ¿Existe un componente antropomórfico en la propia idea de una cultura que crece, que madura, que aprende de sus errores, que “mejora”?

Deseamos dejar la cuestión abierta, o todo lo abierta que lo permita la formulación de la pregunta.

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