Maestro chirigotero de toda una generación

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"A la altura de Laudrup, de Zamorano o de Romario, estaban aquellos chirigoteros con el Love y el Cabra como estandarte, pero con los Chico, Toba, Paquito y Manolo Cornejo –don Adolfo- como adalides".

¿Cómo escribir pena cuando solo hay alegría? ¿Cómo concebir la alegría, cuando se siente pena? Es complicado sentarte frente a un teclado y esgrimir los más incondicionales sentimientos para dirigirte a alguien que ya no se halla entre nosotros. Hacerlo ahora y no antes, no deja de ser un oportunismo barato que no deja en buen lugar al que alza su pluma, pero no hacerlo, sería una injusticia tal que deshonraría al más pueril de los escribanos. 

Conocido personalmente y laboralmente, siempre atendió el micrófono que porté, no hablaré, en esta ocasión, de Manuel Cornejo. Lo haré de lo que su figura representa y ha significado para el Carnaval de Cádiz. Ningún aficionado al Carnaval desconoce la estampa de don Adolfo, regla en mano. Ningún seguidor, ni siquiera los de pasada, aquellos que les gusta el Carnaval en su justa medida. Esos, también conocen a ese maestro rechoncho que sufría las embestidas de unos niños muy crecidos y con poca vergüenza.  Hasta los más profanos.

Es un símbolo, una historia compartida, un emblema que destacar. Y no por pecar de adulador en un momento así, sino por sentir la necesidad de hacer llegar ese cariño que todos los carnavaleros le tenían a esa figura. No olvidemos que para una generación marcó la adolescencia, para una anterior fue la infancia y para los mayores un camino a seguir. La clase de niños descontrolados era tan sencilla como complicada ingeniar la ocurrencia. Todo lo que pasaba allí, mejoraba lo anterior. Y no solo en aquel año de 1996, sino hasta el último día que don Adolfo se subió a cualquier escenario para hacer aquella broma del “pon la mano”.

Cuando en los camerinos tuve la oportunidad de presenciar cómo ensayaba la última copla que cantara, en ese preciso instante donde ves a tus ídolos —sentimiento que tienes que dejar a un lado por profesionalidad— de la infancia cantando juntos y, a su vez, percibes la cara de chirigoteros actuales emocionados como tú, ahí te das cuenta de lo que esto significa. El Carnaval es cultura, fiesta, tradición, literatura, música… pero ante todo, pasión. Una fuente incontrolable de sentimientos que se desbordan y que no sabes ni cuándo empieza, ni cuando acaba. Aquel momento —con el pasodoble de Los Gorgi Dam— fue mágico en aquel camerino, el número 8 del Gran Teatro Falla, donde se hacen voces, donde se templan nervios, donde las emociones se entremezclan y la risa se convierte en llanto. El llanto, nunca es de pena. Viendo aquella chirigota, te das cuenta que tu vida ha girado en torno a ellos. De una manera simbólica, pero sí. A la altura de Laudrup, de Zamorano o de Romario, estaban aquellos chirigoteros con el Love y el Cabra como estandarte, pero con los Chico, Toba, Paquito y Manolo Cornejo —don Adolfo— como adalides.

Porque fue una generación entera la que disfrutó del Carnaval de aquel hombre con una manzana en la cabeza, representando lo que significa ser chirigotero. No era excesivamente gracioso, quizás la impronta del Love o el Cabra no la tenía, pero eso, precisamente, lo hacía ser más común con el resto de los mortales. Lo complicado era hacerlo sencillo. Ahora quién sabe, estará dándole pellizcos al Mellao para que deje de hacerle reír. Y estará pendiente de sus niños desde el palquito reservado en el paraíso, junto a María la Yerbabuena y todos esos carnavaleros de pro herederos del Cádiz más cachondo e hijos del Cádiz más humano. Generación de aficionados, que no va de año en año, sino de febrero en febrero y de coplas a copleros. Y en esta bendita tierra, seguimos sin darnos cuenta de todo lo que esto significa. Al menos, ahora tendremos a todo un maestro regañándonos desde algún lugar, para que hagamos como es debido, la tarea.

DEP Manolo, don Adolfo. 

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