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Luis, el héroe de los cinco trasplantes de riñón

La periodista gaditana Nuria Sánchez-Gey publica el relato biográfico del chiclanero Luis Rodríguez, enfermo renal desde su nacimiento

Luis Rodríguez Guerrero (Chiclana, 1983) ve la vida con un optimismo inusitado a pesar de haber sufrido cinco trasplantes de riñón. Nació con un problema renal congénito que le obligó a pasar por diálisis con apenas dos meses de vida. Con siete años ya había sido transplantado dos veces y hace poco más de un año recibía su quinto órgano, donado nada menos que por su hermano. Su abdomen es un verdadero mapa de cicatrices, “heridas de guerra ya ganadas”, afirma orgulloso, aun sabedor de que los médicos le han dicho que debido a su estado físico ya no podría sufrir un trasplante por sexta vez.

Su vida, una superación constante, la cuenta en un libro Nuria Sánchez-Gey (Cádiz, 1980), periodista televisiva, primero en Canal Sur y ahora en La Sexta, en Equipo de Investigación, tras conocer su caso de boca de un compañero de diálisis de Luis. El hecho de que su padre también recibiera un trasplante le animó a escribir Oficio de Héroe (editorial Cazador), que ya va por su segunda edición y que estos días se presenta en Sevilla y Jerez en el marco de la Feria del Libro.

Luis acaba de cumplir 35 años. Ya en el embarazo los médicos le dicen a su madre que su hijo “venía con la vejiga llena”. Cuando nace tiene infecciones constantes, tanto, que no le dieron de alta hasta los dos meses. Pero algo no iba bien. Luis fue derivado al Hospital Virgen del Rocío de Sevilla, donde confirman a sus padres que ninguno de sus riñones realiza su labor. Luis, apenas un bebé, comienza con diálisis, casi como un conejillo de indias debido a que a principios de los 80 la tecnología no era la actual. Aun así, el chiclanero afirma que “mi infancia no ha sido triste, porque no la recuerdo así, pero sí la recuerdo metido en el Virgen del Rocío. También tuve la suerte de trasplantarme con tres años y no tener que volver al quirófano hasta los 19”.

Portada del libro.

“El lado positivo de todo —señala Nuria—es que su familia nunca se hundió. La madre fue súper positiva, le pusieron una máquina de diálisis en casa, el padre vació una furgoneta, la tapizó de madera e hizo una pequeña habitación de diálisis para que Luis pudiera viajar, ir a la playa… Es que si empiezas a sumar días de diálisis en el calendario, te salen años”. Luis añade que sus padres y hermanos han llevado la situación “de la mejor manera posible”, y aunque reconoce que al principio “fue duro, porque tenían que soportarlo todo”, piensa que “es más complicado que una situación así le pase a una persona de buenas a primeras. Es como el que nace y del tirón le tienen que poner gafas. Yo he nacido con eso, es otra parte más de la vida y nosotros al menos ya estamos acostumbrados”.

Tras una adolescencia relativamente tranquila para lo que había sido su infancia, Luis tuvo que volver al quirófano. Su madre no dudó en donar su órgano, pero Nuria explica que hubo un momento “muy crítico”. “Al estar ya los dos en quirófano para la operación los médicos le dijeron a su padre que quizás no pudieran trasplantarle el riñón de tenía tantas cicatrices que tenía, lo que dificultaba la intervención”. Finalmente fue posible, pero su organismo rechazó el órgano de su madre apenas pasados nueve meses. En febrero de 2017 era su hermano quien esta vez era su donante. Eso sí, los médicos han confirmado que su físico ya no le permitiría una próxima intervención en el futuro, por lo que se vería abocado de nuevo a la diálisis, y ya de manera perpetua. “Esto es como el que le hace un dobladillo a un pantalón. A simple vista se puede ver más o menos bien, pero al darle la vuelta se ven todas las costuras. A mí me pasa igual. Mis cicatrices también me afectan por dentro”, explica el chiclanero.

Nuria y Luis, en una visita a Onda Cádiz para presentar el libro.

La familia, sus amistades, el deporte y el trabajo ayudaron a Luis a olvidarse de su problema. Tras acabar la EGB se formó como cocinero y estuvo trabajando en varios hoteles y restaurantes. Incluso montó dos bares. Pero el calor de las cocinas y las maratonianas jornadas laborales a pie no son compatibles con su enfermedad. Actualmente, de baja y con una prestación por incapacidad, afirma que “mi día a día ahora es demasiado tranquila para lo que estaba acostumbrado. Echo una mano en casa, voy al gimnasio un rato, pero ya más tranquilo. Echo de menos ese no parar, porque he visto la vida del cien a cero en poco tiempo”.

El fútbol también le ha ayudado. De niño jugaba de portero, “lo que evitaba que en el colegio le vieran como el enfermito”, señala Nuria. Luego, sus largas estancias en Sevilla, en el Virgen del Rocío, le hicieron hacerse aficionado del Betis, dada la relativa cercanía del estadio verdiblanco al centro hospitalario. “Mi padre, los fines de semana, pedía permiso para que pudiéramos ir al campo a ver los partidos”, explica. Un club sufridor y luchador para un hombre que no lo es menos. “No podía ser de otro equipo. Es mi sino”.

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