Feria del Caballo

Luchar contra el levante con media botella de fino

El viento no pudo con el primer día de la Feria del Caballo, con un ambiente familiar y numerosa afluencia de turistas

Las previsiones no eran buenas. Es domingo 12 de mayo y amanece con fuertes rachas de viento. En el Parque González Hontoria las bolsas con los lotes de la noche del alumbrado están siendo retiradas por los servicios de limpieza una mañana más. Algunas vuelan, las ramas de los árboles rugen y avisan con que el señor Este no dará tregua. Pero la dio.

A mediodia el viento hace un amago. Los coches de caballos dan vueltas en busca de familias que quieran vivir la experiencia de exhibirse por el Real. “¿Señores, un paseíto?”, comenta un hombre vestido de corto. Una familia de turistas cede. A un lado Inés Arrimadas, acaba de aparecer con una comitiva saludando a diestro… y siniestro. Por la vera del templete municipal, un numeroso grupo de mujeres ríen, cantan y tocan las palmas. Son las dos y probablemente son el colectivo más animado de toda la Feria del Caballo. “Somos de Barcelona, sí, sí, catalanas… y nos encanta Jerez, que lo sepas”, aclara una de ellas, como si alguien hubiera dudado de ello. “Ya sabes, ya sabes… por vuestra gente, abierta, alegre, simpática”, comenta emocionada. Algunas de ellas repiten, incluso por tercera vez. Otras, sorprendidas, confirman que lo que le habían dicho es verdad.

Un grupo de catalanas, en el Real de la Feria del Caballo. FOTO: MANU GARCÍA.

“¿Una foto?”. Para una pareja malagueña-balear es la primera vez en la Feria. Para otros jóvenes, con un marco photocall de una despedida de soltero, el domingo precisamente no es una fiesta de bienvenida. El calor aprieta y en el sol sólo una pequeña brisa que levanta tras de sí un poco de albero permite tomar aire. Ha sido regado, afortunadamente está asentado y el mal es menor. En el Real más turistas que familias, en las calles más familias que turistas. El ambiente es acogedor, cercano, pero se siente y se palpa que es el primer día.

La gente almuerza, y desde fuera se puede observar ya el trasiego de pescaíto y pimientos fritos, y las medias botellas de vino fino hacen su aparición. Con un par de catavinos, una familia brinda. El levante comienza a amainar. Hay quien dijo que no iba a hacerlo, que la Feria este domingo iba a celebrarse en cualquier lugar perdido del desierto del Sáhara, y que la barra de una caseta sería un ansiado oasis. Pero se equivocaron (un poco).

Tomasito, saludando a lavozdelsur.es este domingo de Feria. FOTO: MANU GARCÍA.

A la hora de la siesta, el paseo por momentos se hace más agradable. Hay quien sigue desafiando al viento de levante con media botella de Tío Pepe —o de Tío Mateo, dejémonos de escrúpulos a la hora de mencionar algunas marcas—. Hay quien espera para hacerlo más tarde con cualquier otro fino —maldita sea, aprender a bebed— en aquel lugar en el que se concentran los jóvenes y no tan jóvenes, otra tarde —y noche— más. Los rebujitos hacen acto de presencia, los dolores de garganta también. Entre los que vienen y los que se van, Tomasito aparece, como siempre, como un rayo.

La tarde del domingo parece más normal de lo que se creía. El sol empieza a irse y el viento no quema, refresca. Es demasiado pronto para tomar un respiro. Es la primera jornada pero para algunos ya es la tercera —o la cuarta—. Hay quien confunde hasta el día. “¿Pero mañana qué día es… es festivo?”. De sábado a sábado. Lunes que son nuevos domingos, y domingos que parecen lunes después de alumbrados. Pero es Feria, y la noción del tiempo es relativa. La media botella de fino, hoy sin 7up, le ha ganado al levante. El alumbrado se enciende, la fiesta continúa. Nadie ni nada importante ha volado, ni siquiera las ganas de vivir la Feria.

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