Marca ACME

Los Simple Minds

Los escoceses Simple Minds actuarán en el Tío Pepe Festival el próximo 1 de agosto. Como no suelo hacer planes a seis meses vista (aunque en general me gusta irme de vacaciones más tarde, a mediados agosto, los dos últimos años ese día ya estaba por ahí), no tengo ni idea de si me acercaré a verlos o dejaré que sigan en el recuerdo como el grupo importante de los 80 que nunca vi. ¿O sí los vi? Allá va una pequeña historia, juzgue el lector…

Los Simple Minds iban a actuar en Valencia con los Waterboys de teloneros. No tenían fecha en Madrid. Era verano, así que tiré para Valencia con dos de mis amigos en un coche que… Esperen un momento. Vamos a hacerlo de otra manera. Imagínense uno de esos congelados de plano que hace Martin Scorsese en sus películas cuando quiere presentar a un personaje o aportar información añadida sobre el mismo. ¿Ya? ¿Listos? Pues vamos. Aquí tienen lanzados para ir de Madrid a Valencia a este humilde cronista, a Javivi La Planta y a Manolo Cabezabuque (años después también conocido como Manolo Kabezabolo, en un evidente y cúbico homenaje al cantante punki). No se crean, Manolo, pese al volumen de cabeza que pueda desprenderse de estas líneas –que tampoco era para tanto, era más una chanza entre colegas- era un tipo guapo, alto y con labia, así que no hace falta que les diga que gustaba mucho a las mujeres (y a los hombres, aunque creo que nunca hizo “prácticas”). Lo de Javivi La Planta y el cronista da para un spin off, así que dejaremos el tema para otro día: por ahora todos bien, gracias, aunque con algún roce y poco contacto.

Total, que nos fuimos un fin de semana largo a Valencia. Era el año 85 u 86. El 87 no porque pasaron cosas en mi vida que harían que me acordara y el 84, sin descartarlo, se me hace muy temprano. Salimos por la noche los tres en un CX –vaya carro, lo petaba- con otras dos personas, un hermano y hermana a los que apenas conocía y que eran los propietarios del coche. Del viaje –hay que aclarar a los lectores jóvenes que aún no había autovías– les diré que los adelantamientos que hacía aproximadamente cada dos minutos el hermano tenían una técnica curiosa: primero acelerar y luego frenar (para meterse siempre apurado en la hilera de coches de tu sentido cuando venía otro de frente). Fue realmente entretenido. En realidad corrimos tanto que llegamos un par de horas antes de que amaneciera.

Ahora viene otro homenaje a Scorsese, con imágenes de distintos conciertos en plan flash back. Los Simple Minds nos gustaban –me encanta ese “nos” tan de juventud- pero sin excesos. En realidad íbamos más bien a ver a los teloneros, los Waterboys, que acaban de romperlo con The whole of the moon (lo que descarta definitivamente al año 84, acabo de ver en Google que la canción es del 85… casi seguro entonces que estoy hablando del verano del 86). Acompañado de estos amigos, de otros o de alguna novieta –y aquí vienen los flash back- yo ya había visto a Echo & The Bunnymen (mi grupo favorito de los 80, sin duda), The Smiths o The Cure, y pronto, en el 87, vería a U2 o The Prentenders. Ahora que ya tienen toda la información adicional, podemos volver al relato.

Tras dar una cabezada en el interior del coche y ver amanecer en la playa de El Saler así un poco en plan la película Deprisa, deprisa pero sin que sonara Si me das a elegir, eso seguro, estos chicos de barrio fueron a un camping que estaba por allí, en El Saler, a unos once kilómetros de la capital valenciana. Yo siempre he dicho que para mí “el mejor camping es el peor hostal”… ya, ya, todo es discutible y entiendo que haya gente que prefiera un buen camping al Ritz, pero imagínense a esos cuatro tíos y la chavala vestidos y peinados en plan post punk en un camping de playa: lo más claro que teníamos era alguna camiseta negra desteñida. Ni rastro de, no sé, unos simples vaqueros azules. Pantalones cortos o chanclas ni de broma… sí, sí, entiendo, los menores de 30 años (y de un sitio al fin y al cabo semicostero como Jerez) hace varias líneas que se han perdido, pero es que antes las cosas eran así, podías distinguir perfectamente a un madrileño en la playa por las Adidas. Otro ejemplo de información adicional: nos encontramos en el camping a un par de chavalas -siempre “pintonísimas”, siempre vestidas como de hadas góticas– que conocíamos vagamente de los bares de Malasaña y Chueca y que se quejaron a la gerencia de que no había un sitio en condiciones para planchar la ropa, ni siquiera una buena toma de electricidad para la plancha que llevaban, que además era una plancha de verdad. Todo muy sencillo, como ven…

Bien, aquí tenemos ya ubicados a nuestros superhéroes de barrio en Valencia dispuestos por la mañana a ir a comprar las entradas –definitivamente sí que ha cambiado el mundo, sí- cuando se enteran por la radio del coche de que los Waterboys se han peleado y no actúan, que los va a sustituir Comité Cisne, un grupo local sobre el que mejor me reservo la opinión. Conclusión: decidimos no ir a ver a los Simple Minds y concentrarnos en la noche valenciana.

Nueva y última digresión scorsesiana: todavía no se conocía lo de ir de Madrid a Valencia a pasar un finde a tope como ruta del bakalao, término además me parece que denostado por los propios valencianos, que creo que siempre prefirieron usar ruta destroy o destroyer para referirse a sus simpáticas idas y venidas por las carreteras que unían la ciudad con discotecas como Barraca, Chocolate o Spook Factory, solo por citar nombres en los que hizo trabajo de campo este humilde cronista. De hecho, la música tampoco era todavía bakalao. Aunque era incipiente la irrupción del house, generalmente lo que sonaba eran temas conocidos de pop rock pero muy remezclados, demasiado tal vez.

Ya… ya sé que están esperando el desenlace de este texto con el corazón en un puño, sobrecogidos, pero llegados a este punto tengo desgraciadamente que darles una mala noticia. Como todo el mundo sigue vivo (aunque de los hermanos no volví a saber nada: de hecho ese par de mamones morganáticos nos dejaron plantados y tuvimos que volver a Madrid en autobús blasfemando), debo decirles que poco o nada puedo comentar de los hechos que ocurrieron sábado y domingo sin tener problemas judiciales, aunque haya asuntos que doy por hecho que habrán prescrito. Estuve a punto de cambiar el nombre a los protagonistas para que pudieran disfrutar, queridos lectores, con dos o tres jugosas anécdotas, pero no lo hice porque si al final, por ejemplo, Manolo pasaba a ser Paco o Pepe, lo del Kabezabolo perdía toda su fuerza. Y qué decir de Javivi La Planta, a ver quién se inventa en un rato un apodo doble siquiera parecido. Hagan la prueba: imposible. Lo único que les puedo decir es que la primera noche entramos pronto, según el canon valenciano de la época, en la discoteca Spook Factory –serían las tres de la mañana- y que un rato después se formó una especie de remolino de gente. A lo lejos –eran sitios bastante grandes- parecía una pelea, pero no, nos acercamos y vimos que acaban de entrar en la discoteca dos de los Simple Minds: era Jim Kerr, el líder del grupo, acompañado del batería, un tipo de más de 1,90 racializado (como dicen en Podemos) en negro del que nunca supe su nombre. Enseguida a ellos y a su séquito los llevaron a un reservado o similar. A lo largo de la noche sonó alguna canción del grupo, creo incluso que New Gold Dream, mi favorita de la banda, pero eso puede que sea una mala pasada de la memoria o que directamente me lo esté inventando…

Entonces… ¿vi o no vi a los Simple Minds?

Etiquetas

Más artículos en esta categoría:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *