Opinión

Los pobres no votan

15 de mayo de 2011. Una fecha repetida hasta la saciedad por los que suscriben el concepto de nueva política algunos años más tarde. El mayo del 68 español no es más que eso… mayo del 68. Lo que comenzó como una movilización ciudadana de indignados con la situación socioeconómica del país no trascendió en un primer momento a lo estrictamente político, aunque sus reivindicaciones fueran propiamente políticas. De la noche a la mañana miles de jóvenes, adultos y ancianos parecían haber descubierto con el asamblearismo que unos pocos robaban a otros muchos. Días más tarde, el PP barrió en las elecciones municipales. Llenar las plazas no es llenar las urnas.

2 de diciembre de 2018. La formación ultraderechista Vox se cuela en el Parlamento Andaluz con doce diputados y casi 400.000 votos. El PSOE puede perder después de de 36 años el gobierno de la única autonomía donde siempre ha gobernado el mismo partido político. La izquierda se echa las manos a la cabeza. A las calles de las principales ciudades andaluzas salen miles de personas a protestar “contra el fascismo”. La derecha va a gobernar Andalucía. Llenar las plazas no es llenar las urnas.

Cabeza fría. Es hora de reflexionar, eso dicen muchos. Lo de que es hora de hacer autocrítica lo dicen otros… bastante pocos. En las ciudades con más desempleo de Andalucía —y por ende de España— la abstención supera con creces el 50% —Sanlúcar, La Línea…—. En el resto de Andalucía, casi llega al 45%. Durante los últimos años una formación política que decía aglutinar la indignación del 15-M se ha desinflado como un globo al que no se le ha hecho el nudo. Suena, suena y suena. Su caída es estrepitosa, y su viraje hacia la izquierda le hace caer más en picado. Se estrella. Va directo hacia el suelo.

“¿Dónde está la izquierda?”, se preguntan los que creían haberla encontrado en una plaza. Y no toman conciencia de que la izquierda es un concepto etéreo, una idea inconclusa, un sentimiento difuso y perdido en una sociedad en la que el obrero juega a ser empresario y el hijo o la hija de este al Monopoly.

“¿Pero en qué mierda de país vivimos?”, se preguntan los que hace siete años se vanagloriaban de ser del lugar donde la indignación hecha movimiento se hacía preguntas tomando café en una tienda de campaña. Y no toman conciencia de que su país va con retraso hasta en el auge de la xenofobia, del euroescepticismo y del nacionalismo del siglo XXI. 

Hay una gran parte de la sociedad a la que no le importas. Es escuchar política y desconectan. Pero sigues pensando que representas a la ciudadanía. Y mencionas eso de la participación. La participación… ¿de quién? ¿De aquellos que ni siquiera participan una vez cada cuatro años? Abrir la veda de la democracia sería hacer que alcen la voz aquellos que nunca la han alzado y no escupir contra aquellos que ya estaban ahí.

Pocas cosas han cambiado, pero insistes en preguntarte cómo hemos llegado hasta aquí. En los barrios más pobres de mi ciudad tres de cada cuatro vecinos no votaron. En su nombre, hablas de hacer la revolución. No les importas. Aparta la mirada de tu derecha, la que siempre ha estado ahí y mira hacia abajo. Ahí, solo ahí, puede que encuentres —encontremos— una respuesta. Los pobres no votan.

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