Opinión

Los obispos

Insisten los obispos en hablar en voz alta fuera de sus púlpitos. En realidad su voz es alta porque les ofrecen siempre altavoces para lo que quieran decir. Está bien, nada que objetar, excepto que quien usa el espacio público para expresarse debe aceptar que luego le llegue la crítica, incluso la sátira. El espacio público es espacio político, y los púlpitos civiles o eclesiásticos son lugares como tronos de poder. El poder de la palabra expresada desde un determinado lugar de poder: la radio, la tele, un diario o el púlpito del templo. Contra todos los púlpitos se inventó la sátira.

Es cierto además que gracias a su aparición ante la prensa con sus ideas sobre el matrimonio y la sexualidad se han visto en la necesidad de corregir alguna que otra salida de tono demasiado machista, como eso de que si el macho quiere folgar debe colaborar ese día más en casa para que la hembra pueda descansar antes del acto. No veo mucho espíritu cristiano en esta forma de actuar, la verdad.

Los obispos tuvieron mucha mano durante una larguísima noche que duró cuarenta años, durante la que sacaban bajo palio lo mismo la custodia con el espíritu santo que a Francisco Franco. Una noche de anulación de la mujer, de exclusividad sexual para el hombre macho, siempre todo con una doble vara de medir, donde la sexualidad era sucia y origen de enfermedad, corporal o del alma, a la vez que liberación necesaria de los ímpetus naturales del macho cazador urbano o rural. Una permanente contradicción alimentada por una iglesia que nunca acabó de comprender que no comprendía, y sigue sin comprender. Y algunos curitas que metían mano.

Los obispos empezaron 2020 pidiendo misas y rogativas para salvar a España en vísperas del nombramiento del nuevo gobierno, y dios parece que les abandonó, como a Camilo Sexto en su cruz cuando hacía de Jescristo Superstar. Las mismas rogativas de cuando no llovía y le sacaban al santo del pueblo con una sardina arenque en la boca en procesión. Ahora quieren cortarnos las manos, figuradamente, para que no nos toquemos en poluciones nocturnas o diurnas provocadas a conciencia; ahora que ya todo el mundo que quiera saber sabe que el cuerpo tiene rincones y caminos que no pocos curas han descubierto a sangre y miedo.

No, tener un gobierno u otro no es cosa de dios, sino de las mujeres y los hombres que salen a votar. Conocer el propio cuerpo y el ajeno es bueno para dejar de encontrar al diablo donde no está. El diablo ni el mal fario están en la menstruación ni en la masturbación, o en la simple presencia de la mujer en algún lugar. No le pasa nada a nadie, siempre que sea de mutuo acuerdo, porque los amantes se echen la mano por donde el aire se la lleve. Allá cada quien lo que haga entre sus cuatro paredes. Que gocen, también, de la información.

Me parece bien, en serio bien, que quien quiera casarse por la iglesia, con esta moda renacida de todos volverse príncipes y principesas, tenga que hacer un curso o irse al seminario. La iglesia católica tiene su perfecto derecho a ponerles normas a los miembros de su parroquia, siempre que se respete la Ley civil. Otra cosa es el derecho a la contradicción en el espacio público.

Nadie se queda ciego por masturbarse, ni le sale pelo en la mano, ni se le ablanda la medula espinal. Harían mejor los obispos en preguntar a no pocos de sus sacerdotes si no confían en la Ciencia. Pero el problema de no confiar en la Ciencia es central en Roma, empezando por la redondez de la Tierra. Presumieron de acabar con la superstición atacando al paganismo y los rituales contra la oscuridad en la que se escondían malos espíritus a los que había que combatir, pero se inventaron un dios escondido entre los pliegues del aire, en todas partes vigilándonos, y dejaron libre al diablo, contra el que ahora solo valían sus rituales litúrgicos cristianos. No hubiera estado mal un poquito de evolución, teniendo en cuenta el invento de la luz eléctrica y cómo el cine nos muestra lo fácil que resulta inventar fantasmas y demonios.

La Teología debería haber estado al servicio de las personas y no al servicio de dios contra ellas. No creo que a ningún dios, de esos que para mí no hay, le moleste en absoluto que las manos acaricien y busquen dar o recibir el placer. Que las personas se gocen así mismas o en compañía. Será la formación ética, menos que la religiosa, la que muestre a las personas no ser consumidoras de sí mismas ni de las demás personas.

Está claro que los obispos no les hablan solo a las paredes, tanto como que dicen cosas muy ajenas a las vidas de muchas personas. Roma tiene desde hace varias décadas el problema de sus divorciados creyentes y deseosos de comulgar. No es cosa de ahora y ha llegado a provocar serios problemas de doctrina. El matrimonio es un problema estructural en sí mismo, el matrimonio eterno y monógamo. Ratzinger, el Papa Benedicto, que había prometido quedarse callado y obediente, se acaba de rebelar contra Francisco, precisamente por asuntos de matrimonio: el sínodo de los obispos había aprobado que matrimonio y sacerdocio pudieran ir juntos en el Amazonas, pero la vieja guardia de Roma encuentra el matrimonio demasiado vulgar para servir a dios, así que han decidido ir contra los obispos liberalotes, seguir con el celibato para los curas; recomendar a los paisanos el misionero, si están en edad de procrear, y después confesarse con un cura que se supone no sabe nada de todo eso.

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