Opinión

Los mesetarios

De vuelta en Cadi, y desde que pongo los pies en esta ciudad llena de luz y de preclaro entendimiento, lo primero que me ocurre es que me siento mejor que antes. Ciudad de Quiñones y de placas conmemorativas, para colgar o para llevar, a mis ojos les hace bien la descarnada superficie de la piedra ostionera, los balcones y miradores, las torres desde las que bajaba el veedor con todo el pescao vendido y la plata quieta de La Caleta. Añado el estadio jugando el Cadi, algo que disfruté este sábado, prolongación del universo mundo que es Cadi.

A Cadi le cayó la reconversión industrial y la misma guerra de los astilleros que se vivió aquí la vi y la viví yo mismo al otro lado del mapa de las Españas. Cadi ha venido siendo una ciudad condenada, por razones diversas, a una pobreza económica injusta y a otra pobreza que impide o dificulta la primera: el prejuicio y el descrédito de sus gentes. El gaditano viviría acostao o no sabe hablar en castellano. Prejuicios, porque al gaditano, tantas veces, no le han dejado otra que navegar por entre las grietas de los márgenes de la vida y la economía formales, lo que siempre suele significar el combate de la necesidad y el aprendizaje a largo plazo de una forma de vivir que luego no es tan fácil modificar.

Me preguntaban la otra noche, en una de esas tertulias espontáneas, entre amigos, delante del Café de Levante, sobre el carácter del gaditano; el carácter gracioso y de gracioso. Y yo decía que no creo en el carácter en sentido biológico, que en Cadi han pasado muchas cosas y que hay gente pa , además. Aquí han pasado los negros africanos con sus sones conducidos a ser esclavos en las Américas, los amigos de Shanti Aundía para hacerlas, los mercaderes venecianos o los hanseáticos, y todos han dejado algo y algo se han llevado.

Cadi tiene ese recuerdo histórico de más de 3.000 años de un casco antiguo lleno de teatros y óperas, de cafés y de gentes llenando las calles. Y luego vino el turismo. Aunque el turismo sea cosa vieja para los ricos y hoy son los mediopensionistas los que salen en hoteles flotantes o en aviones rasantes como vacacionistas en manada con un plano, pequeño, y una lista larga de lo que tienen que haber visto incluso sin mirar. Cadi vivió ese turismo ya desde los 50 como otros lugares.

Hoy aquel turismo sostenible, con los ojos de hoy y quizá con los de ayer también, ha traído una especie de monstruo, a veces con proposiciones monstruosas o que pueden llegar a serlo. En primera línea la de la exclusión desde la generalización. Y llegan los mesetarios, una expresión que ya escucho en ciertos círculos de conocidos y amigos y sobre la que escucho críticas contrarias a ellas en esos mismos círculos. La burla estupenda de Los salmolontropos verdes, una chirigota legendaria que interpretaba unos tanguillos de Soria yo la observo como un aviso, de ese preclaro Carnaval de Cadi, a la normalización del habla de Cadi a favor del castellano estándar (uno que no existe aunque insistan que en Valladolid…). La identidad la ganamos, también, por la lengua, con el modo de hablarnos. No solo, automáticamente tratamos de adaptarnos y asumir la lengua del lugar al que acudimos con regularidad y al que nos une una emocionalidad de alguna solidez.

Los mesatarios fue un concepto que escuché por primera vez en el ámbito del Carnaval, referido a esos que vienen de la meseta de Castilla y traen otra habla y no terminan de entender ni lo que se pronuncia ni de lo que se habla. Una problemática que algunas agrupaciones del Carnaval callejero ha solucionando mimetizando su habla con la castellana y eligiendo temas, a veces, no solo locales o tan locales. Y en esto llegaron los barcos. Unos barcos que siempre había venido a Cadi, unas veces más y otras menos. Ahora vienen más, y mucha más gente en cada uno. Son como rascacielos de Nueva York pero que llegan flotando. La calle Columela, empetá; todo Cadi-Cadi a rebosar. En La Caleta ya no encontraría sitio ni Quiñones. Los negocios llenan sus cajones y algo llega a los bolsillos de los que consiguen un trabajo, pero los precios de algunos bares y tabernas se ponen como en mi Hamburgo. Asimetría que Cadi padece.

Es un asunto complicado. La reaparición de una llega masiva de forasteros, por el Carnaval y por el turismo en chalupa de veinticinco pisos presenta problemas que hay que solucionar con charla razonadora y una nueva mentalidad. Una nueva ciudad está a la vista en Cadi y para Cadi. Lo de mesetarios es una cosa antigua que nos devuelve a problemas antiguos y no a soluciones de modernidad. Turistas mesetarios. Expresión fea y cargada de problemas, de prejuicios y de caspa. No me gusta la masa del turismo, pero las personas, aunque conformen esa masa, son personas individuales como todas las demás. Desorientadas en una ciudad tan chica aún con mapa. Que no se ponga de moda despreciar al forastero, que así empiezan las cosas.

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