Opinión

Los jóvenes y su predisposición al calvario

Hace un mes escribía que me había animado a presentarme a las elecciones al claustro de la Universidad de Sevilla, lo que me hizo reflexionar sobre la representación estudiantil y los free-riders. Para mi sorpresa (ya que no daba un duro por mí mismo), casi 30 días después, soy el primer claustral electo procedente de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Se puede decir que el claustro de la universidad es el equivalente al Congreso de los Diputados. Entre otras cosas elegimos al rector de toda la universidad y hacemos propuestas sobre los presupuestos y demás estatutos. Funciones de gran importancia que los estudiantes simplemente ignoran.

En estas elecciones, los estudiantes únicamente pueden votar a los alumnos que los van a representar. Los profesores también se votan solo entre ellos y así con todas las categorías de personal existentes. Por descontado queda que los profesores tienen una representación mayor. Este sistema entre otras cosas supuso la eliminación en 2007 del sufragio universal ponderado para elegir al rector. Aquel sufragio fue el mayor logro del Consejo de Alumnos allá por 2003, donde según dicen, se encontraba una joven Susana Díaz.

De seguir el sufragio universal ponderado no sé muy bien que pasaría, porque la participación del alumnado es mínima. En Económicas, por nuestro abundante número de estudiantes, nos corresponden siete plazas para los alumnos en el claustro. El censo electoral del subsector de alumnos lo componían 4.195 estudiantes. Fueron a votar 43, suponiendo una participación del 1,03%. Podría haber sido mucho menor, porque de esos 43, 20 los movilicé yo. Aunque la Facultad de Económicas sea el peor de los casos, el resto no tiene resultados muy distintos. Por ejemplo, la participación en Derecho fue del 5% y en Biología del 7%.

El caso de la Facultad de Económicas roza el surrealismo. El último de los siete claustrales entró solo obteniendo cuatro votos. De los tres que se quedaron fuera, había un chaval (por el nombre diría que era erasmus) que ni siquiera fue a votar por él mismo. Pero el colmo del absurdo es que con 20 votos yo soy el número uno, y en otras facultades hay quien con 50 votos se ha quedado fuera. Anecdóticamente, de los 43 votos, uno fue en blanco. Puede que sea el voto más significativo. A lo largo de la semana estos resultados han originado más de un chiste y varios poemas sobre la democracia en la universidad.

El análisis es más que claro. A los estudiantes les importa un bledo su representación. Los resultados de las elecciones coinciden con la cantidad de amigos que eres capaz de movilizar. En mi caso lo tuve fácil. A los que hice durante la carrera se suma que mi clase del máster está muy unida. No he visto un grupo tan unido desde el instituto. Será porque somos pocos y la cohesión es más fácil. De todas formas, vistos los resultados, con cuatro votos me hubiera bastado.

Pero volviendo a lo importante, si a los estudiantes su representación les importa un bledo, es porque sus derechos también les importa más bien poco. Desde el claustro se puede hacer mucho: flexibilización de los criterios de los TFG-TFM, facilidades para la matrícula, mejores condiciones en las devoluciones de pagos, fraccionamiento del adeudo en plazos, etc. Sin embargo, cuando le cuentas esto a alguien, parece que ni le merece la pena hacer el esfuerzo de ir al lado de la cafetería dos minutos a depositar un voto.

En su tiempo, cuando inicié la carrera y en Delegación de Alumnos se concentraba el 0,25% de estudiantes idealistas de la facultad, se hablaba del tema. Recuerdo las palabras de otro chaval, mucho más experimentado, que decía: “La vida en la facultad podría ser muy fácil, y los estudios podrían ser como mínimo agradables. Pero parece que no. Que aquí todo el mundo ve la carrera como un calvario donde hay que tragar mierda durante cuatro o cinco años, y esa es la única forma de verlo. Pero no tiene por qué ser así.”

Yo pienso que esto se debe a que en la facultad hay implícita mucha competitividad. Esto en parte se potencia con el sistema de méritos existente. Por ejemplo, el orden de matriculación es escalonado según un baremo de notas medias. Hay quien, aparte, piensa en quitarse de encima a futura competencia del mercado laboral. Todo esto favorece la dinámica de una carrera de obstáculos dominada por el ego y la premisa de que gane el mejor. Junto al problema del free-rider, esto propicia que nadie se interese por una representación real para la conquista de derechos del estudiante. Pues bien, podría decir que caiga quien tenga que caer. Pero ya que he salido electo intentaré hacer algo, aunque sea abrir la cafetería de la facultad.

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