Opinión

Los árboles de la felicidad

El árbol que ofrenda sus frutos es viva imagen de la abundancia, y, al mismo tiempo, el esquema más útil para trazar nuestra posición en el mundo.

Para los habitantes de la India antigua (y algunos de los de la moderna), el centro del mundo conocido es un gigantesco árbol de jambul, cuyas oscuras bayas cobran el tamaño de elefantes y abren ríos de zumo al caer al suelo. En la mitología odínica su equivalente es el árbol del Yggdrasil, que rezuma miel de sus ramas y comunica este mundo con la morada de los dioses. No es casualidad, tampoco, que la expulsión del Paraíso en las representaciones del Génesis se deba a la transgresión del manzano sagrado que contenía la fruta prohibida de Dios: la palabra Paraíso parece provenir del vocablo persa para “huerto” (pues iranio es el mito del jardín del Edén) y  Elíseo se relaciona con “manzana”, cuya raíz (protoindoeuropeo *h₂ébōl) comparten los términos Avalón, la isla de las manzanas, y quizás Averno. Para los chinos era un melocotonero el árbol de la vida eterna; para algunos pueblos mesoamericanos, la ceiba.

El árbol que ofrenda sus frutos es viva imagen de la abundancia, y, al mismo tiempo, el esquema más útil para trazar nuestra posición en el mundo. Todavía hoy, cuando queremos representar nuestros orígenes, genealógicos o evolutivos, retorna la figura del árbol, con su sólido tronco, sus infinitas ramificaciones y el profundo secreto de sus raíces.  No nos sorprenderá que en los diferentes Paraísos que ha soñado el ser humano existan árboles que proveen del fruto más preciado: la morada de los dioses, el ascenso a los cielos, la inmortalidad del cuerpo, el misterio del bien y el mal…

Pero esos son árboles de altos vuelos metafísicos. Si se le pregunta al vulgo, muchos se conforman con tener garantizadas sus necesidades básicas: con la tripa vacía no se puede filosofar. Si se le da carta blanca, la ley del pueblo es pan para hoy y hambre para mañana. Las religiones índicas hablan de kalpavrikshas, árboles mágicos que brotan al principio de cada ciclo cósmico, o kalpa, en sintonía con las edades felices (sánscrito satya yuga). Los hombres sólo tenían que agitarlos o golpearlos con palos para que cayera al suelo lo que desearan, aunque, como sus méritos serían incalculables, deberían de contentarse con poco. Aún se utiliza en la cultura china el remedo de un árbol para colgar notas con anhelos para el futuro, y en los templos de Indochina abundan los llamados “árboles de los deseos”, competidores mundanos del venerado árbol bodhi bajo el que el Buda se libró precisamente de los deseos.

En la Europa medieval se repite el mismo motivo en las representaciones populares del País de Jauja o País de Cucaña, aquel lugar de ensueño donde dulces, vestimentas e incluso cerdos a la parrilla (¡qué diría el hindú!) cuelgan de los árboles esperando ser recolectados. Es la utopía en versión popular: los peces saltan del río a las manos y los que trabajan van a la cárcel. Para cualquier necesidad, acúdase a los legendarios árboles de los deseos: agitar y servir. O a aquellos árboles que, según el folclore que escojamos, son guarida de espíritus, hadas, dríades o yakshas dispuestos a conceder un favor a quien sea capaz de entrar en contacto con ellos.

Desgraciadamente, el Edén nos queda ya tan lejos que cometemos el error de ver los árboles mágicos como supercherías para espíritus ingenuos y analfabetos. Sin embargo, todavía colocamos los regalos de Navidad bajo uno, y en días señalados golpeamos con ímpetu esos artefactos colgantes empapelados que solemos denominar piñatas, pero cuyo sinónimo nos sugiere de dónde proviene la furia desproporcionada que nos posee en aquellos momentos: la cucaña.

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