Cultura

Lo que Tolstói no confesó

La Confesión de León Tolstói es un documento conmovedor sobre cómo se enfrentaba un hombre de finales del siglo XIX al elusivo sentido de la vida. Tolstói sufre una gran crisis existencial al rondar la cincuentena, que le aproxima peligrosamente al suicidio. De nada le sirven su gloria literaria, los placeres mundanos ni el consuelo del ornato artístico en una vida que ahora se le antoja vacía y superficial. Estudia con fruición las ciencias positivas, mas le detiene su silencio sobre las preguntas fundamentales, que inolvidablemente formula así: “Estudia en el espacio infinito los cambios, infinitos en tiempo y en complejidad, de las partículas, ellas mismas infinitas, y entonces comprenderás tu vida”. En cuanto a las ciencias sociales, si hablaran, dirían: “Estudia la vida de toda la humanidad, de la cual no podemos conocer el principio ni el fin, y de la que ni siquiera conocemos una pequeña parte, y entonces comprenderás tu vida”.

Se vuelve, pues, hacia la filosofía, la única que podría extraer conclusiones generales de todo aquello. Pero en sus más sabios exponentes, Buda, Salomón y Schopenhauer, sólo ve la confirmación de sus terrores: todos ellos predican la misma inanidad y proponen un método u otro para escapar de la existencia. Pero ello despierta una gran incógnita: por qué ellos no se suicidaron, tras su descubrimiento. Por qué no se suicida él mismo. 

En estas estaba cuando algo llamó su atención hacia “los creyentes del pueblo, hombres sencillos y analfabetos, peregrinos, monjes, cismáticos y campesinos”, que sí parecen tener razones sobradas para vivir. A diferencia de Buda o Schopenhauer, que propondrían una suerte de elitismo ascético, Tolstói ya dejaba claro en el prólogo de Guerra y paz su simpatía por “los pequeños”, su amor por la sabiduría de los humildes. Intrigado por cómo pueden soportar unas condiciones de vida mucho más duras que las de cualquier filósofo o intelectual, se mezcla con la gran masa anónima y descubre que ellos tienen la verdad. La verdad de la fe. 

Ahora su tedio existencial se le aparece como una pesadilla al alba. Él mismo se asombra de cómo pudo no darse cuenta de que sumando lo finito a lo finito sólo obtendría lo finito. “Si no fuera tan espantoso, sería divertido ver el orgullo y la complacencia con que nosotros, cual niños, desmontamos el reloj, sacamos la espiral y hacemos de ella un juguete, y luego nos sorprendemos de que el reloj deje de funcionar”. Sabiendo que la razón no puede probar a Dios ni abarcar la infinitud, Tolstói se vuelve un hombre religioso.  Adoptará el cristianismo ortodoxo de su tierra, al que había dejado de prestar atención en sus años de juventud. 

Pero Tolstói no puede volverse un hombre de pueblo de la noche a la mañana, y alberga abundantes resortes intelectuales contra la “superstición”, para él inaceptable, con la que el creyente de a pie combina inextricablemente su fe. Le martiriza no comprender los dogmas doctrinales que acata, como el de la Santísima Trinidad, o la validez de los ritos que observa. “Cuántas veces envidié a los campesinos por su analfabetismo y falta de instrucción. Ellos no veían nada falso en esos postulados de fe que para mí no eran más que claros disparates”. Pero lo que más le sulfura es el exclusivismo de las diversas Iglesias cristianas; para alguien como él, que ha visto y leído mundo, esas pretensiones de que todas las demás confesiones son falsas resultan poco más que un provincianismo del espíritu.

León Tolstói ha encontrado el sentido de la vida en una fe sincera, pero también de conveniencia, pues la amañará para recomponerla a su imagen y semejanza. Creará, como buen converso, una verdad que defender a capa y espada, excusándose en que es La Verdad, cuando en realidad es su verdad. No sabemos si acertó a reconocer que una no va, no puede ir, sin la otra. En este punto, su Confesión está punteada de silencios. Se contenta con anunciar futuros estudios teológicos y eruditos, en busca del versículo que cifre su comprensión de la enseñanza cristiana. Que permita cimentar un cristianismo renovado, a sus ojos purificado. Sin duda se mantendría ocupado por mucho tiempo en la búsqueda de ese espejo. Lo que no confesó, puede que ni siquiera a sí mismo, es que en ese versículo lo que buscaba era un ventrílocuo. 

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