Roedores de cultura

“Lo caótico e informe del mundo acaba revelando un patrón de armonía”

José Manuel Benítez Ariza presenta el poemario Arabesco en la Fundación Caballero Bonald. Raúl Pizarro fue el encargado de dialogar con el autor.

Josefa Parra nos explicó que llevaban ya varios meses esperando la oportunidad de presentar Arabesco (Pre-Textos, 2018), un libro muy bien recibido por la crítica. Como ejemplo de esa acogida, citó las palabras del poeta extremeño Santos Domínguez: “Es un conjunto de poemas intensos y sutiles que, además de otras cosas, reflejan eso: un modo de mirar que reordena el mundo y da sentido a la apariencia caótica de la realidad, su contrapunto armónico. Como en un arabesco.”

Nos vamos a encontrar en el libro a “un escritor con conciencia de oficio”, subrayó Raúl Pizarro en sus palabras iniciales. Porque Benítez Ariza posee ya experiencia en todos los géneros literarios. Y en esta última obra se percibe esa madera de escritor. Raúl entiende la poesía de José Manuel como “un acto de fe en la literatura y en la razón, como construcción”. Destaca la “mirada detallista y taxidérmica, de gusto por el detalle y la precisión”. Disecciona el mundo y se disecciona a sí mismo. “Más que libro, es mirada”. La parte de Arabesco que más le agrada a Raúl es la segunda, Cuaderno de campo. Se trata de prosas poéticas que, como ocurre con los cuadernos de los naturalistas ingleses, nos remiten a una ilustración, a la imagen de la que brotan. Decía Cicerón que “una huerta y una biblioteca” son suficientes para acercarnos a la felicidad. Raúl percibe “esa sabiduría rural y antigua” en la mirada del poeta.

Uno de los momentos de la presentación de Benítez Ariza en la Fundación Caballero Bonald. FOTO: MANU GARCÍA.

En Arabesco hay “una poesía más reposada y meditativa que prosaica, retórica y urbana”, aclaró Raúl Pizarro. La poesía de Benítez Ariza parte de un yo impregnado del mundo, un yo que interpreta, conoce y asume la realidad. Y se expresa con un estilo que huye de las “formas impostadas” de otros tiempos. Utiliza en sus versos matices cromáticos que pretenden, como decía Lucrecio, apoderarse del mundo a través de los sentidos. El poeta nos muestra el deslumbramiento ante la naturaleza, ante el mundo rural: jazmines, tomates, espárragos… Leemos poemas con un tono onírico, otros con aire epicúreo y alguno con final panteísta. La última parte del libro, dijo Raúl, es la más inglesa, con una reinterpretación de El cuervo, de E. A. Poe. Incluso hay un poema en inglés y en castellano.

José Manuel Benítez Ariza aclaró por qué ha tardado algunos meses en presentar Arabesco. La publicación de este poemario coincidió con la de Trilogía de la transición, y no le pareció oportuno mezclar dos libros tan distintos. Ese arranque lento de Arabesco ha permitido que haya llegado ya a muchos lectores y críticos. A lo largo de la sesión, José Manuel fue recitando y comentando sus poemas. Leyó en primer lugar el dedicado a las fiestas de promoción, las de final de curso, algo muy anglosajón. Al mismo tiempo que lo escribía en español, lo veía ya en inglés. Un poema, pues, con dos versiones. Son unos versos atravesados por una “melancolía controlada”, la que siente el profesor que observa a sus alumnos despidiéndose de una etapa de sus vidas, la que siente el profesor que contempla a sus envejecidos compañeros,  dijo el poeta. Hay también en el libro un conjunto de poemas con aire irlandés, “céltico”. Las obligaciones laborales han llevado a José Manuel a ese país en varias ocasiones. De esas rutinas ha brotado un tríptico irlandés. Nos leyó Flora y fauna de Dublín, un poema descriptivo que comienza con un haiku y se alarga dos páginas más.

Benítez Aríza entre el público. FOTO: MANU GARCÍA.

Junto a los temas elevados, aparecen esos detalles de la vida cotidiana, las cosas pequeñas, los ritos familiares, los placeres sencillos, y los destellos de la naturaleza. Temas humildes que, como los espárragos, “tienen que ver mucho con el meollo de este libro”, explicó Benítez Ariza. El poemario pretende reflejar la estructura de un arabesco, un tipo de decoración geométrica que se basa en la repetición de una figura hasta el infinito. Ya los filósofos románticos que reflexionaron sobre las bellas artes, como los hermanos Schlegel, se ocuparon de este tipo de estructuras: “Una representación finita de lo infinito.” Frente al arabesco, está lo grotesco. Edgar Alan Poe dice que si uno mira con atención lo grotesco descubre un orden, un patrón de sentido, es decir, un arabesco. Ese es el pensamiento estético que impregna toda la obra: “Lo caótico e informe del mundo acaba revelando un patrón de armonía.” Por eso el libro “habla de mirar las cosas, sus repeticiones, sus recurrencias hasta encontrar esa armonía básica”.

Uno de los asistentes con el poemario de Benítez Ariza en la Fundación Caballero Bonald. FOTO: MANU GARCÍA.

De ahí los tomates, los jazmines o un poema como Espárragos. El que sale a buscarlos mira entre la maleza verde, caótica, y de repente, como una iluminación, aparece la forma del espárrago, con otro verdor, más tenue, más limpio, más fresco… También hay poemas que describen experiencias del poeta, algunas de la infancia, como El no ahogado. Otros requieren una interpretación erótica: el cuerpo, la piel salada, los sentidos, y la unión fuera del tiempo. La parte del libro titulada Cuaderno de campo contiene unos poemas en prosa que surgieron del diálogo con el pintor José Antonio Martel, de Ubrique: “Yo le sugería que pintara algunos cuadros, de formato mediano, con la idea de meterme en el cuadro y garabatear un texto.” Y al revés, el poeta le ofrecía algunos textos para que el artista pintara con ellos ya delante. “Al final se nos ha olvidado qué textos nacieron de sus cuadros y que cuadros de mis textos.” Se trata de un paseo por la naturaleza, por el paisaje rural, con la mirada atenta y dispuesta a detenerse ante lo inesperado o lo bello.

 

ESPÁRRAGOS

Apenas los distingo a esta luz
verde entre verdes, al final del día,
confundido yo mismo entre los árboles
y unido a los demás, también perdidos
en la ladera en sombras,
tan sólo por el lazo tenue
de alguna que otra voz que celebra un hallazgo.

Desperdigados entre los quejigos,
avanzamos despacio, sin dejar una mata por mirar.

Aunque, más que mirar, lo que aquí importa
es saber esperar: fijar los ojos
como en un fondo de agua en movimiento
y aguardar, en lo verde, el surgimiento
de un matiz diferente de verdor,
más tierno y limpio,
recién nacido para un mundo nuevo.

Y qué pena cortarlo.

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