Negro sobre blanco

Lisbeth o la última combatiente

Fui educado en el socialismo ateo y en el feminismo. En casa me enseñaron a respetar otras perspectivas. En mi temprana adolescencia fui un fanboy de José Luis Rodríguez Zapatero. Recogí con fervor ese clamor de multitudes que supuso el matrimonio entre personas del mismo sexo. Me sentí orgulloso de la promesa cumplida y la vuelta de las tropas de Irak. Si hacía falta yo me personaba donde se terciara para hacer posible el Plan Hidrológico Nacional.

No tengo porqué salir del armario ideológico por una sencilla razón: jamás estuve dentro de ninguno. Ni oculto ni fumándome un puro. Soy un ciudadano con ideas y no con ideología. Nací en 1992 y en 2018 consideraría una grosería declamar una ideología como si del rosario se tratara. Apóstatas necesita la Madre Iglesia de la Progresía. No quisiera discutir ya ningún asunto desde la moral política. Me parece un acto irreflexivo e inquisitorial como otro cualquiera. Ni siquiera acudo ya a los bares para ver fútbol. ¿Quedó clara ya la asociación entre hinchas?

Con la erosión de la decepción política, natural e inapelable, tuve que buscar referentes antisistemas que no rompieran con mis esquemas estéticos ni éticos pero sí preconcebidos. Omitiré algunos nombres por todos conocidos y me centraré en una heroína literaria muy especial. Algún domingo en el que religiosamente escuchaba en la SER el A vivir que son dos días un entusiasta Óscar López recomendó la lectura de una novela negra muy curiosa escrita por el misterioso periodista Stieg Larsson. Me fascinó la figura del periodista underground Mikael Blomkvist. No obstante, caí rendido ante una mística figura: la hacker Lisbeth Salander. Simplemente por su descripción radiofónica supe que tenía que leer esa novela y que esa chica quedaría por siempre en mi memoria.

Al correr de los meses, Vargas Llosa escribió en su tribuna dominical de El País la columna Lisbeth Salander debe vivir que decía así: “He leído Millennium con la felicidad y excitación febril con que de niño leía a Dumas o Dickens. Fantástica. Esta trilogía nos conforta secretamente. Tal vez todo no esté perdido en este mundo imperfecto […] Comencé a leer novelas a los 10 años y ahora tengo 73. En todo ese tiempo debo haber leído centenares, acaso millares de novelas, releído un buen número de ellas y algunas, además, las he estudiado y enseñado. Sin jactancia puedo decir que toda esta experiencia me ha hecho capaz de saber cuándo una novela es buena, mala o pésima […]”.

Respecto a sus dos personajes protagonistas: “Los dos héroes protagonistas, Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist: dos justicieros. La novedad, y el gran éxito de Stieg Larsson, es haber invertido los términos acostumbrados y haber hecho del personaje femenino el ser más activo, valeroso, audaz e inteligente de la historia y de Mikael, el periodista fornicario, un magnífico segundón, algo pasivo pero simpático, de buena entraña y un sentido de la decencia infalible y poco menos que biológico”. Remataba para la austeridad: “¡Bienvenida a la inmortalidad de la ficción, Lisbeth Salander!”.

Desde la lectura de Los hombres que no amaban a las mujeres hasta El hombre que perseguía su sombra nunca he faltado a mi cita con Salander. He de admitir cierto cuelgue con esta heroína de los ojos fríos. El otro día, un amigo de los de verdad me dijo: “Dani, consuélate: si buscas a Lisbeth Salander es que ya la has encontrado. Quizá seas tú mismo”. Me fascinó. Me desarmó esa suerte de silogismo. Un amigo de buen verbo y mejores intenciones. No hay nada más hermoso que alguien te quiera y sepa ordenarte las palabras correctas en una frase para calmarte los nervios y revelarte los pensamientos más profundos.

Esta tarde acudiré religiosamente al estreno de la última película basada en el universo de Stieg Larsson, Lo que no te mata te hace más fuerte. Sé que me emocionaré viendo en pantalla a Salander. Esta vez en la piel de la magnífica actriz británica Claire Foy. Sé que hasta mi pelo se sentirá electrificado por su presencia. La esencia de la fascinación por un ser animado. El misterio, la literatura hecha carne.  

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