Cultura

León Felipe en la plaza del Mercado

Mariola Membrives, Mansfield y el dúo dancístico Marco Vargas y Chloé Brûlé inauguran la segunda edición de Intramuros Jerez, un festival de cultura alternativa que sirve de reivindicación para recuperar el degradado corazón de la ciudad

Así es mi vida. Piedra. Como tú, escribió León Felipe, popularizó Paco Ibáñez, y cantó a pleno pulmón, como un grito desgarrado, Mariola Membrives. Era el recital que cerraba el programa de la primera de las tres jornadas del segundo festival Intramuros Jerez, dedicado esta vez a las mujeres migrantes y que se va consolidando por cada edición que pasa como un referente dentro de la cultura alternativa de la zona. Entre esas piedras y el Ne me quitte pas del belga Jacques Brel, una de las canciones de amor más sobrecogedoras de la historia de la música, la cantaora-cantautora y actriz cordobesa —aunque afincada en Barcelona desde hace más de veinte años— pareció edificar dos himnos en torno al núcleo medular del certamen: reivindicar la memoria colectiva y la autoestima de un barrio, y sacarlo del aislamiento y la degradación mediante la poesía, ya sea en forma de canciones, danza, teatro o mediante saltimbanquis y tragafuegos. Fui piedra y perdí mi centro, no me dejes, pareció entonar meciendo un enorme abanico, sin levantarse de la silla cantaora y muy agradecida por cantar “en esta tierra tan mágica y en este festival tan especial”.

A medianoche, con un público que iba y venía, que convivía, que venía a disfrutar del cartel pero también a conversar y a charlar, a picar algo en la food truck instalada para la ocasión, o simplemente a curiosear qué se cocía en un barrio donde el bullicio casi siempre se reserva para Semana Santa, se oyeron rotundos los versos de Felipe, tan despojados, tan ajenos a un esteta, tan limpios. Altos y claro: “Como tú, piedra aventurera;
como tú, que tal vez estás hecha sólo para una honda, piedra pequeña y ligera…”. Como la voz mágica y versátil de Membrives, que lo mismo susurró El día que nací yo  y Bésame mucho, que se atrevió con Strange fruit, estremecedora  primera canción protesta y estandarte del movimiento por los derechos civiles y contra el racismo en Estados Unidos. Junto a los impagables y a veces extraterrestres y alucinados arreglos del chelista (y ¿serruchista?) Sasha Agranov, todo sonó hermoso y verdadero. Como esa belleza decadente del intramuros serpenteante siempre a punto entre el derrumbe y la floración.

Mucho de ese vértigo tuvo también la performance que ofrecieron Marco Vargas y Chloé Brûlé, Naufragio universal, donde el bailaor sevillano y la bailaora canadiense, fieles a su lenguaje dancístico heterogéneo y rupturista, reflexionan sobre las tormentas que azotan de pronto a nuestras falsas vidas acomodadas (los viajeros pequeño burgueses del arranque) y sobre esos seres humanos que emprenden enormes periplos huyendo de la muerte y buscando un supuesto edén que raras veces llega. Suenan The death of Aase y el Canon in D, en contraposición con la electrónica de Venetian Snares, donde Vargas y Brûle, cuyas excelencias ya conocíamos bien a través de sus diferentes incursiones en el Festival de Jerez, navegan, se abrazan, luchan contra el viento y las mareas, se rozan, convergen, fluyen… hasta llegar a buen puerto.

Y entre puerto y puerto, entre piedra y piedra, el concierto de Mansfield. Un directo en el que Carolina Almeda, vocalista, y Gabriel Gil, hombre orquesta, ambos con más de 20 años sobre los escenarios españoles, masajearon al público con esa mezcla gourmet de texturas, ritmos y sonoridades tan indescriptible como rabiosamente familiar. La atmósfera contemporánea del sonido Mansfield y la calidez de la voz de Carolina transportaron la plaza del Mercado, ese histórico centro de Jerez donde empezó a labrarse hace siglos la historia de la ciudad, hacia un futuro por venir. Un futuro que es más fácil reescribir si nos creemos piedras y recuperamos nuestro centro, como cantaba la Niña de los Peines, que si tratamos de esquivarlas pensando que todo está a punto de desmoronarse. 

Piedras pequeñas amontonadas (una metafórica esquina de la plaza del Mercado acordonada por un pequeño derrumbe), canto que ruedas por las calzadas y veredas (qué lástima no poder vetar al coche privado todo el perímetro de intramuros durante el festival), guijarros que centellean (los niños y niñas boquiabiertos ante un escenario de danza, lanzados hacia un territorio desconocido, tan pequeños abriendo sus mentes)… Pequeñas piedras, como escribía aquel poeta maldito exiliado a México, que muestran la fragilidad y, al mismo tiempo, el enorme potencial que atesoran para transformar las cosas. Porque piedras son las que se caen desde el Barranco hasta el Rincón Malillo, porque piedras somos todos. Porque siempre hay una primera piedra que no puede quedarse solo en eso.

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