Opinión

Lee con mis ojos, ¿sabes lo que pienso?

Para criticar algo hay que conocerlo, aunque probablemente el hecho de conocerlo no te lleve a criticarlo sino a tolerarlo.

¿Qué ocurre cuando nos ponemos excesivamente en el lugar del otro?, ¿escuchamos lo que ellos oyen? ¿Qué ocurre cuando vemos lo que miran?, ¿sentimos lo que ellos viven? Estas dos preguntas aparecen escritas en un libro de medicina sobre cuidados paliativos y pacientes en situación terminal. Me ha llevado horas de reflexión pensar en cómo contestaría a ellas, por lo fáciles de responder que parecen a simple vista. Antes de nada, quiero aclarar que mis conocimientos médicos son nulos, pero cuento con gente a mi alrededor que estudia la carrera de Medicina y me ayuda a entender mejor sobre determinados temas. De modo que, discúlpenme si ven alguna barbaridad escrita.

Pues bien, como decía, he tardado unos cuántos días en intentar dar respuesta a estas preguntas porque cada vez que creía haber dado con la solución, mi propia conclusión es que yo era una verdadera hipócrita. Creo que es imposible ponerse completamente en la piel del otro y, obvio que hay gente empática y con capacidad de conectar con los demás de una forma brillante, pero vivir como si los ojos de alguien fuesen los tuyos, es realmente difícil.

Pongamos como ejemplo cuando un amigo o familiar nos cuenta que está preocupado y viene a nosotros buscando consuelo o algún tipo de esperanza. Normalmente, lo primero que decimos es: “Tú no te preocupes, que al final verás que todo pasa”. La cara de tu amigo, más el disgusto y su preocupación, probablemente no cambie, porque no sirve de nada decir que no te preocupes, cuando esa persona ha ido a ti preocupada.

Entonces, y retomando el inicio, me resulta imposible ponerme en la piel del otro, pensar lo que piensa y el modo en que lo hace. Esto no es algo que ocurra solamente en un libro de cuidados paliativos para que luego los estudiantes lo pongan en práctica. Es una cuestión de nuestro día a día, porque vivimos sin tolerar el modus operandi de los demás, juzgando por qué no beben, por qué les gusta una música u otra, por qué la guapa está con el feo, por qué lleva la falda tan corta, por qué un chico viste de rosa o por qué es judío, cristiano o ateo.

¿Por qué? Esta sería la respuesta que daría a las anteriores cuestiones. Es decir, contestaría que hay que eliminar de nuestras vidas ese “¿por qué?” para así intentar entender (hago insistencia en intentar) lo que los otros hacen o son. Por ejemplo, el ser de una religión no te impide que profundices tus conocimientos sobre otras creencias. Para criticar algo hay que conocerlo, aunque probablemente el hecho de conocerlo no te lleve a criticarlo sino a tolerarlo y, llegando a eso, creo que se alcanza uno de los objetivos máximos a los que una persona puede aspirar en la vida.

Por lo tanto, podríamos centrarnos más en conocer al otro e indagar en las raíces de sus preocupaciones o problemas, escuchando lo que oyen, viendo lo que miran y sintiendo lo que viven, para así dar una solución que no sea: “No te preocupes”. Una vez escrito esto, me dispongo a leer las respuestas que da el libro (no quise leerlas antes para que no me influenciaran) y, probablemente, si he desvariado mucho con la solución dada, este artículo tenga una segunda parte. ¡Ah! Una recomendación más, si os han parecido un tostón todas estas líneas, un poquito de caridad y, anda, pónganse en mi lugar. 

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