El granjero

Las sombras del vino (y XLIII)

Capítulo 43. Desolación

El humo negro empezaba a extenderse por el palacio. Humo azabache nutrido de cortinas, cuadros y muebles centenarios, como lo eran su caoba, el ébano y el roble que le dieron el alma. Pero el fuego no hace ruido sólo te silva al oído cuando ya es demasiado tarde. Bernarda, delante de Margarita, con una vela en la mano y el cuchillo en la otra, estaba gustándose en su plan. Obra magistral repensada y corregida hasta desgastar su pensamientos. Lo peor había ya pasado, entrar en palacio sin ser vista por el guarda y poder colarse se le había antojado lo más difícil, pero una vez dentro se encontraba en su madriguera. Se había criado allí como se crían los canarios que no anhelan el aire y aman la jaula aunque sus alas amarillas estén diseñadas para extenderse ante los cielos infinitos en climas tropicales. Allí, viendo como el fuego subía ya hacia las estancias superiores y los dormitorios, se encontraba delante de la hija menor de los Eton, perla de nácar, capricho de su amada y ama doña Elvira. Esa que trataría de sacarla adelante, entre algodones y alejada de los hombres, siendo el baluarte de las buenas formas y de los buenos modos.

No dejando ni el más mínimo detalle sin revisar. Margarita había dejado de ser una niña y debajo de su camisón se distinguían formas que ya interesaban a cualquier varón que, ya fuera en el instinto o la necesidad, hubiera parado su vida tan sólo por poder arrancar esa flor temprana que se abre en la mañana. Lentamente y como andan las novias en las catedrales para casarse, se fue acercando a ella y se colocó a los pies de su cama. La niña sin escucharla pero intuyéndola, como se presienten a los espectros en la noche, abrió sus ojos. Al verla distinguió en seguida que nada bueno podría estar pasando.

El humo ya estaba llenado los cuartos. Pero, de pronto, al alzar su cuchillo para asestarle una puñalada mortal sintió la manos del señorito Ricardo sobre su hombre izquierdo. Al grito de ¡Bernarda detente! ella se giró y clavó el metal afilado en la ingle del heredero de los Eton mientras lo miraba con media sonrisa y, todavía, con los ojos en blanco. Ricardo Eton, flor de la torería a caballo, Marques de la Cartuja y heredero de las bondades infinitas de la uva Palomino y el mayor imperio bodeguero del Brandy del mundo civilizado en las costas de occidente, cayó muerto. El acero frio como el sudor de un caballo negro que recorre olivares al amanecer, seccionó su triángulo de Scarpa.

La sangre casi apagó el fuego de palacio. Y en menos de cinco minutos estaba blanco como los cirios que iluminan a La Piedad que sale del Calvario. Muerto, el más muertos de todos los muertos, estaba sin sangre. La niña trato de huir, llorando por la imagen de su hermano mayor y empezó a gritar más fuerte. Al intentar evadirse Bernarda le cruzó la cara con el filo del cuchillo y la marcó desde la frente a la barbilla. Se echó las manos a la cara y cuando se dio cuenta de la gravedad de su estética se silenció. El rostro se le abría como un libro mientras, con las sábanas, buscaba tapar la hemorragia. En esos momento los habitantes del palacio empezaban a despertar. Pero el sueño profundo de Richard y doña Elvira todavía les impedía levantarse de la cama. Bernarda reanudó su marcha. Diligente y esta vez más rápida de pies se dirigió a los aposentos del matrimonio.

Llevaba las llaves en su mano izquierda y quiso abrir la puerta. Aunque no tuvo que utilizarlas porque solo estaban encajadas. Entonces sin hacer ruido los encontró dormidos. Richard dormía en el lado derecho de la cama, se acercó a él y le hincó una puñalada seccionando su esternocleidomastoideo, y de paso una carótida. No tuvo tiempo ni de persignarse. Ni la enfermedad, ni ni la vejez, ni la afición al Brandy, su afición a los caballos o el ejercito alemán pudieron con el capitán Eton.

Murió de manera infame ante la bruja de Bernarda. Que como si de mantequilla se tratara lo cortó como a un pollo, por donde pasa la vida de los hombres y donde su sangre llevaba la vida al cerebro. Lo último que hizo el capitán fue, con su mano izquierda, por instinto, coger el brazo de su garza real y despertarla. Doña Elvira se incorporó, y al ver tal escena, se evadió de la cama para salir del alcance de los brazos interminables de dedos largos y uñas infinitas de la que había sido su esclava durante toda su vida. Y de pronto Bernarda quiso atacarla, pero se frenó, por amor, por deseo, por lujuria y porque un gran orgasmo le llenó el cuerpo desde su entrepierna hasta los pelos de la nuca.

Lubricó ante la presencia casi desnuda y en camisón de su ama, y por el éxtasis de su violencia. Doña Elvira, nerviosa, abrió su mesa de noche. En el segundo cajón junto a una caja pequeña de munición tenía una Astra 400. Su arma personal. Y viendo a su marido desinflarse en la cama como un globo y a Bernarda pidiendo la muerte a gritos, entre el placer que le proporcionaba su sexo, le regaló tres tiros en el pecho, uno en un brazo y un quinto en la cara. Allí murió Bernarda Ventura como también murió el mejor varón de Jerez de la frontera y quedó marcada para siempre Doña Margarita Eton, infanta de palacio. Entre las llamas y el infierno desatado por la hija del diablo y la rabia de la venganza y los celos, la impotencia, el deshonor y la injusticia. Cuando el señorito Jaime, al cabo de un instante, y sofocado por el humo con un pañuelo en la boca, se levantó de la cama y encontró a su madre, portando a su padre entre los brazos, pensó que todo en esta vida se paga. Absolutamente todo. Jerez y las sombras del vino, su vida y sus ritos. Los siglos y sus costumbres. Todo perece para volver a nacer. Con otros dueños y otros esclavos.

Fin.

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