El granjero

Las sombras del vino (XXXVIII)

Capítulo 38. Silencio

Tres siluetas frente a su puerta. Y una orden muy concreta: abrir la puerta de su armario. Todavía no podía creer que se había quedado dormida cuando, de repente, toda aquella comitiva estaba allí preparada con doña Elvira aleccionada y alienada, incomprensiblemente convencida, para sacarla de su estupefacción. Evidentemente que conocía la desaparición de la virgen pero todavía su mente era incapaz de creer y de asumir que el capitán se la estaba jugando delante de sus narices. Hasta que, con los tres, dentro de su alcoba, abrió el armario y vio con sus ojos de cuervo que la pieza que faltaba en el altar estaba allí entre sus escasas pertenencias, sábanas y su ropa. Se le pasaron muchas cosas por la cabeza.

Excusas, explicaciones, ruegos, suplicas, reflexiones, demandas, sugerencias e indignación hasta poder llegar a la ira. Esa hubiera sido la secuencia lógica de emociones ante la visibilidad del objeto que estaba delante de los ojos de su ama. Pero nada le salió de su boca, ni siquiera el veneno. Por primera vez en su vida Bernarda Ventura se quedó petrificada como una estatua de sal fenicia. Dibujando en su rostro la parsimonia de quien conoce su funesto destino se silenció, como lo hacen las monjas en clausura.

Sola y escuchando los latidos de sus venas se le cayó el dormitorio encima. Vio elevarse la cama, su mesa de noche y todas sus pertenencias y las observó dando vueltas, danzando alrededor de ella y del mundo. Como lo hacen los planetas a través de los pasadizos secretos del tiempo. Se vio a si misma como un sol gigante que absorbe todos los átomos a su alrededor, y de pronto dejó de escucharlos a todos. Dejó de percibirlos, de sentirlos e incluso de olerlos. Se sintió sola y derrumbada como un cangrejo que pierde sus piernas en una tempestad. Como las gaviotas que huelen el vendaval y se refugian en la campiña entre las vides. Así decidió Bernarda no hablar más en su vida. Hasta su muerte.

– Por respeto a tu padre no iremos a la Guardia civil con ésto. Evidentemente doña Elvira no quería airear al tema, pero necesitaba una cabeza de turco ante la sociedad jerezana, porque el tema se filtraría por debajo de las puertas del palacio, y no quería que Jerez viese a Jaime como el ser despreciable que era. Tenía dos cosas en la cabeza: como esposa y madre quería y debía creer en los suyos. Ella parió a Jaime y con el capitán se casó, para lo bueno y para lo malo, y por otro lado no podía creer que Bernarda, tras tantos años de entrega y dedicación, hubiera cometido ese delito en contra de la joya más querida de su colección personal.

Pero a las madres les puede el amor a sus hijos y ven en ellos héroes aunque sean villanos, disculpando cualquier cosa, por querer creer que todo sigue igual y que nada cambie jamás, en una obstinación irracional que hasta los jueces pasan por alto en un juicio. Y lo más importante de todo. Su marido y su hijo habían tramado un plan digno de maestros del crimen, dejando a la vista de la interminable cariátide blanquecina y dueña del palacio, una prueba irrefutable. Donde la policía y un juez, jamás, y a tenor de los hechos, darían la contra al hombre más influyente de la economía jerezana, por defender los intereses de una criada que para dar veracidad a su causa carecía de testigos.

 Volviendo a la realidad y recién sacada del laberinto de sus pensamientos auto destructivos, Bernarda siguió escuchando a su dueña sin emitir ningún sonido, embalsamada, y con sus ojos cerrados.

—Tendrás todo el día para preparar tus cosas y abandonar mi casa. No se te pagará nada y dale gracias a Dios de que el capitán se ha mostrado benevolente con tu persona. Me has decepcionado Bernarda. Jamás hubiera creído que estarías detrás de la desaparición de mi tesoro. Al final te ha podido la codicia. ¿De verdad creías que podías robar y vender alguna pieza de este palacio sin que yo me diera cuenta? Tantos años a mi servicio y me los pagas así… Si tus padres levantaran la cabeza. Si tu santa madre, que en gloria esté, te estuviera viendo en este momento renegaría de ti, pero claro eran otros tiempos. Ahora se ha perdido todo. La confianza entre quienes mandamos y sus sirvientes se ha evaporado. Y sólo queda la anarquía. La sal de tu mentira, tu envidia y tus ansias por tener más. ¿ Qué más te hacía falta, Bernarda Ventura? Nadie mandaba más en el palacio que tú. Te di plenos poderes para que ordenaras y clasificaras en mi casa. Al final el ser humano y sus pecados… No se os puede dar confianza y menos a los de tu clase. Te di las llaves de palacio, Bernarda. Te puse a mi familia a cargo y, ¿ así me lo pagas?

De nuevo la sordera, y de nuevo se elevó como un satélite que gira en torno a su planeta. Dando infinitos giros en si mismo y alrededor de él, de nuevo, se sintió sin ganas de hablar ni de expirar su aliento. No pudo ni pestañear ante lo inevitable: el descrédito y el exilio. ¿Dónde comenzarás de nuevo Bernarda Ventura? —se decía—, ¿Dónde irás en silencio? ¿Quién querrá acogerte y, sobre todo, quienes creerán tu versión de los hechos? Los tres salieron del dormitorio. El capitán y Jaime se miraron regocijados y cómplices, satisfechos ante la gran victoria.

Cerrando la puerta, se desvistió quedándose completamente desnuda ante la nada y el miedo. Absorbiendo el veneno que fabricaban sus papilas gustativas. Se tumbó boca arriba en la cama. Abrió los brazos poniendo las palmas de las manos hacia arriba, en forma de cruz, puso los ojos en blanco y, de nuevo, por tercera vez, levitó. Con su rosario de carey en su mano derecha y el pelo negro sin recoger cayendo absorbido y demandado por el núcleo de la tierra. Bernarda Ventura, instalada en la nada del infinito, ingrávida y soluble en el azufre del infierno sólo pensó en morirse. Pero la muerte tiene sus días y sobre todo sus intenciones.

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