El granjero

Las sombras del vino (XXXIX)

Capítulo 39. Fuego

La salida de palacio de Bernarda, con una mano delante y otra detrás, tras más de treinta años sirviendo y entregando su vida le condicionaba su destino. Presa del miedo y de la impotencia al saber que estaba sin salvoconducto posible ante las adversidades decidió ir al convento de Madre de Dios a hablar con su madre superiora. Sólo en su amada fe en Dios y la obediencia eclesiástica podían darle otra oportunidad. En sí mismo era una monja, que también juró amor eterno a Cristo y la vida carente de placeres y excesos la dominaba a la perfección. Con una maleta, unos ahorros y tras hablar en confesión con el padre Górriz fue aceptada por la hermanas para que desempeñara trabajos en la portería del convento. La escoba y la dedicación en la elaboración de dulces ocuparían el resto de sus días.

El lugar le ofrecía lo que necesitaba y muchas veces pensó que su ubicación exacta era esa y que nunca debería haber tomado otro rumbo que los hábitos. Pero llevaba el peso de la tradición y la servidumbre en las venas y, sobre todo, el libidinoso placer de estar al lado de su querida doña Elvira. Reina de la isla de Lesbos, sólo se saciaba con su presencia. La conversación con el padre Górriz y con la hermana superiora fueron por carta. Explicando a ambos que su silencio se debía a una penitencia inspirada por y para la Virgen del Traspaso, se los metió en el bolsillo. Ésto los conmovió y por todo ello no sería una extraña en el convento. Sus manos laboriosas en el hojaldre y su disciplinada devoción por madrugar antes que el sol hicieron el resto. En un mundo donde el sacrificio y la triste idea de penar en él, porque no es más que un simple trámite para llegar al otro, la convencía.

Pasaron los días y los meses al igual que las lluvias y los otoños con su mosto tras las vendimias. Y siendo Bernarda Ventura una araña peluda y laboriosa el 14 de Marzo de 1942 recibió una visita inesperada. Descansando en su celda le vino a visitar, vestida de blanco, la difunta de su madre. Su espíritu que llevaba una década a buen recaudo decidió venir del mundo de los muertos para decirle que debía vengarse. Todo el miedo de su espina dorsal le recorrió el cuerpo esa noche y no pudo dar crédito a aquella visión espectral. La muerta llegó para instalarse y a partir de las doce de la noche, regresaba para visitar y maltratar a Bernarda con ruidos de serpiente. Trastocando su cuarto, moviendo los muebles y apagando las velas. Despertando vientos gélidos y putrefactos que procedían de su aliento. Y elevando cortinas en noches donde el viento no existía. Se estaba volviendo loca, eso se decía, pero a todas las cosas malvadas del mundo se acostumbran los hombres y todos los hombres rezan a sus muertos y todos los muertos vienen a visitarnos.

—Bernarda véngate. Véngate o no podré regresar para poder desaparecer entre la nada y los abismos que hay más allá de las noches más oscuras donde no existen las estrellas. Le decía, noche tras noche, con el mismo ritual, la misma cantinela infame repetida hasta que las moscas aladas del infierno entraban por los tímpanos de Bernarda y los devoraban. Muchas madrugadas ya seducida por la inevitable rutina y la costumbre del fantasma rezaban juntas y hablaban de su padre. Ya olvidado por el cielo y por los hombres. Incluso jugaban a los naipes cuando llovía y el ruido de la lluvia, en las ventanas del convento, impedía a las otras monjas que se despertaran por el tono de sus porfías ponzoñosas.

Poco a poco, la experiencia mística con su madre, venida del más allá, fue una placentera formalidad y satisfactoria trivialidad. Y de repente, sin darse ni cuenta, ya contaba las horas y el momento para darle la satisfacción pluscuamperfecta a su madre, esa que le demandaba entre las tinieblas. Y de nuevo el veneno, los colmillos, el aquelarre y la hiel que le empapaba el corazón. Otra vez el cilicio, otra vez las escamas de pez y la imagen obsesiva en la cabeza del capitán y el señorito Jaime Eton. Sólo eso. Así fue como entonces el alma atormentada de su madre decidió volver al purgatorio, donde ya estuviera una vez. Y al comprobar que su hija, entre una carne transparente y con los huesos molidos dentro de su cuerpo de fósforo tenía trazado un plan que sería tan rápido y acorde a los deseos de quien abandonó la tranquilidad de la gloria sólo para dar una orden de muerte, regresó al mundo de los muertos. Bernarda Ventura entre risas y sollozos, con los ojos abiertos como las jinetas en la sierra, intercalando todos los estados de ánimo del alma, de nuevo, y por cuarta vez, levitó, con una vela en la mano. Y poniendo la palma izquierda de ésta sobre la llama sólo dijo una palabra. Y cuando la llama de la vela hizo quemadura y llaga dijo sin decir: fuego.

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