El granjero

Las sombras del vino (XXXIV)

Capítulo 34. El anticuario.

La situación en cuanto al robo estaba tomando dimensiones drásticas. Doña Elvira estaba desesperada pero no se descomponía en ningún momento aunque aquella pieza de arte era la más valiosa del palacio y no solo por su valor económico, que podía compararse con otras reliquias importantes y de igual calado, sino porque para ella tenía un valor sentimental muy profundo. Heredada por su padre, que a la vez la heredó de su abuelo, llevaba en la familia mucho tiempo para que, de repente, se hubiera volatilizado como por arte de magia. Todo fue tan rápido y nadie había escuchado ni la más mínima brizna de viento que aquello le hacía pensar que en el ajo tuvo que haber algún cómplice por la laboriosidad de la operación. Empezó a pensar en quién poseía las llaves del palacio, cuales fueron las últimas personas en abandonar aquellas estancias y sobre todo cómo se portó el objeto sin que Bernarda, fantasma nocturno de cadenas y martirios, pudiera no haberlo visto.

Reduciendo las posibilidades y descartando a inocentes, tras la criba, llegó a la conclusión de que, sin más remedio y sin las herramientas adecuadas, era imposible sacar del altar a la Inmaculada Concepción. Sabía que nadie del servicio la quería en su casa para que adornasen sus alcobas carentes de todo objeto o mueble de valor y por supuesto su venta estaba más que descartada por aquellos empleados, que por desconocer los círculos donde se mueve el arte sacro, harían las preguntas y los movimientos inadecuados para que los mismos anticuarios los delataran. Incluso a quienes se les ofreciera muy barato ese manjar escultórico. Poco a poco iba cerrando el círculo, como la zorra albina y astuta que era, decidió hablar con el capitán a solas.

-Richard, tienen que llevarme a Sevilla a ver a Fulgencio Tenorio y luego, en el menor tiempo posible, a Madrid a ver a Martín Escobar de Carrizosa, el anticuario del barrio de Salamanca. El tiempo apremia, y si se ha vendido la Inmaculada solo allí ha podido ser, salvo que por barco o avión haya cruzado la frontera a Portugal. Pero antes que nada y sin armar jaleos dile a tu hijo Jaime que venga a hablar conmigo de inmediato. Por favor.

El dueño de Jerez no podía resistirse ante la idea de no acatar una orden de su mujer. Era con la única que, en el más estricto protocolo, sentía la necesidad de mantener en todo momento las formas de un caballero. Eso sin duda no se le podía negar al capitán, Era un caballero.

-No te preocupes Elvira. Yo mismo te acompañaré a Sevilla y luego a Madrid que lo haga tu prima Catalina. Nadie como ella para ayudarte en esta empresa. Sin tardar ni un segundo encargó a un mozo que localizase a Jaime.
– Sácalo de donde esté y traelo a mi presencia. Ve al casino o donde creas que pueda estar a esta hora de la tarde. Dile que su madre quiere verlo. No vuelvas sin él.
-No se preocupe el señor. Haré raudo lo que me pide.
Hizo una reverencia con la gorra campera y se marchó. En tres horas, y ya rozando la hora de la cena, el señorito Jaime estaba en las puertas del palacio. Sacado de una timba de la calle Lealas donde estaba gastando ya lo que no tenía y la posible previsión de fondos que le reportaría la venta de la escultura en Sevilla. Apostaba e iba de farol como el que juega con caramelos.
-Pasa y ocupa un lugar en la mesa. Le advirtió Elvira cuando lo vio entrar y fue anunciado por el mayordomo.
-He de asearme y cambiarme mamá, no tardaré.
-Por hoy harás una excepción. Siéntate, al lado de tu padre.

Comenzaron a llegar las viandas y cuando los encargados de servir los platos terminaron con el primero. Mandó que se retirarán hasta dar nueva orden con la campanilla, para así hablar en la intimidad con Jaime. En la mesa estaban doña Margarita, el capitán y ella.

-Mañana no hagas planes y si los tienes tendrás que cancelarlos. En seguida al ludópata se le vino a la cabeza que tenía aun caliente la partida en la calle Lealas.
-Mañana me es imposible mamá.
– Aunque el sumo pontífice viniera a Jerez a verte, mañana, te vienes a Sevilla conmigo y con tu padre.

Tenemos una cita con Fulgencio. El rostro de Jaime se turbó y Elvira se dio cuenta de ello, no le faltó más tiempo ni mas gestos para creer que, tras el lenguaje no verbal de su segundo hijo, él era el posible ladrón. No obstante quería saber si iba a seguir con aquella farsa, era inocente o iba a ahorrarle el viaje a Sevilla. En todo caso eso le proporcionaría la prueba de si Fulgencio no era cómplice de Jaime y de que la Inmaculada iría ya de camino a Madrid. Donde, por cierto, el Conde Martín Escobar jamás vendería su mayor tesoro a nadie. Sabía lo que perdería y al reconocer la pieza no podría traicionar a Doña Elvira. Cuestión que desconocía Jaime, por no caer en la cuenta de que, en cuanto a arte se refiere, la Marquesa era una figura máxima en los círculos. Su mecenazgo y apoyo a los que son contrabandistas le hacía tener la certeza, salvo en casos minoritarios, que ninguna pieza del palacio Eton se le escaparía de las manos.

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