El granjero

Las sombras del vino (XXV)

Capítulo 25. Bernarda Ventura

El ajetreo en las cocinas del palacio Eton era insufrible. No había un minuto para el descanso y María se encontraba sola entre una multitud que la aplastaba. Numerosas mercancías entraban, traídas de innumerables puntos de la provincia. En un momento donde las colas y las cartillas de racionamiento estaban en alza. Pero en el palacio no faltaba nunca de nada. Bernarda Ventura era implacable en sus funciones y había llegado a ser gobernanta por ser más papista que el Papa. Entregada en cuerpo y alma a la familia desde su niñez fue criada en la más absoluta sumisión al ser domesticada por su madre para el resto de su vida. Sus antepasados llevaban siendo esbirros fieles a doña Elvira desde que la memoria les alcanzaba. La absoluta devoción por el ama era tal que se hubiera inmolado con el mejor de lo óleos si ella se lo hubiera pedido.

Soñaba con ser alguien de la nobleza, anhelaba ser doña Elvira. Ocupada de cualquier movimiento en la casa, desde vestir a la señora por la mañana, después para la cena y hasta del control de los huevos empleados en la cocina, en todo eso, de una forma germánica, se dejaba el alma. Se estrellaba de forma suicida en las manos de su ama como una cascada que choca contra las piedras de un río para morir. Guardaba siempre en el bolsillo una pastilla de jabón de olor del que a veces se nutría en un ritual secreto, el que usaba Elvira en sus baños, para recordarse como debía y quería oler, para mimetizarse, en sus penumbras, con la piel blanca anacarada de su dueña. Como el perro policía que se entrega a un rastro por la proximidad de los olores y su posterior recompensa, ella, no concebía ni un sólo momento de autonomía o libertad individual. Ama de llaves, encargada de la limpieza, supervisora de los vicios y las virtudes del servicio en el palacio Eton. 

Censuraba, desde el terror, a sus inquilinos si no les veía su misma devoción y entrega. Elvira la recompensaba contándole intimidades sobre su matrimonio. Evidentemente superfluos y sin ninguna transcendencia. Nada que pudiera utilizar en caso de chantaje. Sólo migajas. Bernarda por el contrario se sentía cómplice en esas confidencias y actuaba como delatora para devolverle a la señora tal grado de confidencialidad, de una manera mezquina, como un buitre que huele la carne desde los pico del Simancón. Ni el capitán Eton se libraba, todo era contado al detalle a la señora de la casa si la excepción o las sorpresas alteraban la muy estudiada y disciplinada rutina.

Bernarda Ventura era desagradable, incapaz de mostrar un síntoma de bondad o cualquier emoción dulcificada con sus inferiores. E incluso en su vida íntima cultivaba una incapacidad sexual hacía los hombres. Nunca se casó ni deseó varón. Ningún hombre interpretó jamás en su mirada o en su cuerpo una invitación a su boca, sus senos o su flor y nunca se mostraba accesible. Su cuerpo y su aliento emitían un olor metálico. Su atuendo siempre era el negro. Salvo cuando por temporadas enteras vestía el hábito morado de Jesús Nazareno, adquirido en San Juan de Letrán, con devoción. Católica y temerosa de Dios odiaba todos los placeres de la vida.

Tan sólo se deleitaba en su obediencia y en la posibilidad de tiranizar. Misas dominicales, triduos y cabildos e incluso penitencias en forma de ayunos la elevaban en un éxtasis digno de quien entiende la vida como solo un tránsito y no como un todo. Daba tanta importancia al limpiado de la plata como a que ninguna pluma quedase en el desplume de una perdiz. Administraba y calculaba como las gallinas. Era de esas personas que hubiesen sobrevivido comiendo sal aunque la naturaleza de los hombres no hubiese sido diseñada para eso. No era más que una culebra maldita en un desierto, añorando ser quien no era. Soñando ser quien no podía.

Evitando verse desnuda debido a una costra escamosa, incapaz de sanar, en la espalda. Pero lo que más daño hacía al servicio era su obsesión por prohibir la luz del sol y la música. Cantar mientras se laboraba en la cocina o en las caballerizas era imposible si ella estaba de cuerpo presente como un espectro. Dormía cuatro horas diarias porque no le hacían falta más y desde la madrugada a la llegada del alba y la apertura del palacio rezaba el rosario.

Bernarda Ventura sólo se permitía un vicio. Un ritual inalterable que la nutría como las orillas del mar a las gusanas. A las doce, en secreto, y a escondidas, en la bodega personal del capitán, se tomaba la licencia de tomarse un VORS de treinta años. Amontillado seco, avellanado, de color ámbar. Eso le sanaba el hígado. Su verdoso y antártico hígado de hiel.

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