El granjero

Las sombras del vino (XXIX)

Capítulo 29. Sangre

La casa de citas en el portal 23 de la calle Justicia era muy conocida en Jerez. Pero demasiado selecta y cara. Sobre todo por su género de gran calidad. Así eran catalogadas las mujeres que ejercían el oficio más antiguo del mundo en la casa de Madame Beatriz: doña Bea. Beatriz Luengo Ávila era natural de Madrid y se había afincado en Jerez antes de la guerra, durante la república, para dar alas a su negocio. Allí nadie era de izquierdas ni de derechas porque la jodienda unía a los hombres en una misma ideología, credo y religión. Sin fisuras ni matices.

Si tenías educación y dinero en el bolsillo, doña Beatriz no te denegaba la entrada. Eran famosas las timbas de naipes y su famosos vinos espumosos, bebidas espirituosas y caribeñas que ensalzaban el deleite de la alta sociedad jerezana. Maridos y padres de familias numerosas entregados al placer que dan las buenas costumbres. Hombres de misa y comunión el domingo pero aficionados al vicio en las caderas de las meretrices.

Tras la llegada de la dictadura no fueron tiempos amables para doña Bea. Incluso le raparon el pelo cuando en una redada y por orden expresa del obispo, la policía la apresó para interrogarla. Se libró del pelotón de fusilamiento por las influencias del capitán y algunos camaradas del casino, que encantados con aquel lugar, en un Jerez mojigato de conventos y cofradías, ofrecía un hueco para desatar las pasiones que sus mujeres, ya hastiadas por la costumbre, el peso de los años y la moralidad, no resolvían como aquellas perlas importadas de los lupanares más selectos.

El capitán Eton tenía una debilidad especial por Madame Beatriz y aunque ella le llevaba unos años era una concubina excelente. Al igual que una buena conversadora. No se podría decir que se supeditara sólo a los encantos de doña Bea, pero harto de haber catado todo tipo de féminas parecía que la dueña del burdel le proporcionaba más experiencia en la cama que cualquier otra puta que pudiera comprar, y compraba muchas.

La noche del 7 de enero era gélida y caía un relente que calaba los huesos. La cercanía del mar proporciona a Jerez ese frio tan maldito que hace aquí cuando es invierno. Aquí o te abrigas o coges una pulmonía, se decía siempre el capitán. Tras pasar la noche en compañía de una cubana llamada Altagracia a la que apodaban la negra. Y dando el reloj las campanadas de las cuatro de la mañana, el capitán decidió retirarse para ir de regreso a palacio. Esa noche prescindió de guardaespaldas y de su coche. Tras fornicar siempre le apetecía volver a casa solo sin compañía de nadie. En una especie de ritual inseguro pero que por cuestiones de moralidad, más bien falsa, prefería hacer solo.

Salió del portal pensando todavía en el cuerpo de la cubana y por qué no decirlo, también reflexionó sobre la mojigata asexuada y frígida de doña Elvira. A la que de vez en cuando hacía el amor para recordarle que era su esposo. La marquesa por su parte nunca se desnudo completamente ante su marido. Ni siquiera en la noche de bodas. En el sexo excluía la boca y las manos, como así también se lo imponía a su antagonista. Sólo se dejaba hacer. Se levantaba el camisón y dejaba que el capitán la infligiera hasta que se derramaba en ella.

Nunca mantenía contacto visual con él ni emitía ningún sonido o síntoma de placer. Pero al capitán ese signo de apatía de catedral le daba morbo y lo interpretaba como de clase. Quería tener a una señora en casa de gustos góticos, católicos y luego desquitarse en la casa de Beatriz con las putas, para saciar sus instintos más primitivos. Doña Elvira carecía de líquidos en el cuerpo e incluso de saliva, pero su olor a naftalina y a cera de panal virgen le gustaban y le provocaban excelentes erecciones.

Salió del burdel, se puso el sombrero y se subió los cuellos de una gabardina importada de unos grandes almacenes en Londres. Se la amarró con un cinturón en una hebilla y se sacó de la pitillera de plata el último cigarrillo. Era su manera de culminar el placer de una noche como otra de tantas. Empezó a llover y el agua era copiosa y abundante. Creaba una película en forma de cortina que la visera del sombrero cortaba en forma de catarata translúcida. El palacio Eton no quedaba lejos y sin embargo el trayecto se le antojó largo por la inclemencia inhumana del tiempo. Las calles estaban solas. No era noche de fiestas ni de libranzas y por un momento se sintió asustado. Empezó a andar con más premura y sus pasos se redoblaron.

De pronto una sombra apareció, como aparecen los muertos en la noche de los difuntos. Esos muertos a los que ya no les reza nadie que demandan atenciones, fotos y velas para poder descansar en paz. Se quedó parado, era una silueta de mujer. No demasiado sofisticada ni arreglada y con un roete en la cabeza. De pronto un resplandor color plata salió de sus manos y una navaja cortó la lluvia para dirigirse a la ingle del capitán. Un movimiento rápido lo libró de la estocada y, con una rapidez asombrosa, digna de cualquier soldado inglés, se acordó de que en su bolsillo siempre llevaba su Luger 9 parabellum.

La había intercambiado con un oficial Alemán en la guerra y siempre la llevaba encima. Cargada, quitó el seguro, en acto reflejo e instintivo, y descargó medio cargador en la silueta de la que iba a finiquitarlo, con maestría cirujana, en plena madrugada y cerca de la portada del palacio. La mujer cayó en redondo. La puntería de Richard era famosa en Jerez y no falló. Uno en el pecho y dos en el hígado que fueron mortales. Se había librado por los pelos, por pura suerte, por su entrenamiento militar y su sangre fría de caballero medieval. La sangre del cadáver corría como un río hacía la Plaza San Juan. Una sangre roja, limpia y clara pero llena aun de vida que silbaba caliente como lo hacen las serpientes que nacen de los huevos .

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