El granjero

Las sombras del vino (XLII)

Capítulo 42. Humo negro

Un juego de llaves, un cuchillo, un encendedor y tres velas. Eso es lo único que guardaba como un tesoro en una losa que estaba suelta y hueca dentro de su celda. Parece que el tiempo hubiera excavado ese abismo con excelentes proporciones trigonométricas para depositar allí las herramientas de la desolación.

Tres velas de cera, un cuchillo, un encendedor y un juego de llaves. Exactamente eso. Y todas las noches, encandilada por los fantasmas, hacía un inventario. Y al cogerlas repasaba mentalmente el plan que desde el inframundo le había dictado su madre hasta volverla loca. Una, dos y tres, contaba. Una, dos y tres. Ah, un cuchillo, un encendedor y mi juego de llaves. Y se lo llevaba al pecho y el hierro de las llaves se ponía incandescente. Rojo y blanco para pasar al azul. Ese azul que sólo tiene el fuego de los volcanes en los abismos marítimos de las fosas donde no penetra la luz. Así, día tras día, hasta haber creído ver pasar cometas en el cielo, Bernarda, repetía su criminal rutina. Y al descansar en sus cuentas los envolvía en un pañuelo blanco donde había bordado sus iniciales en hilo negro.

Todas las noches menos una. La noche que se vistió de nuevo de negro, como las vírgenes en noviembre, se ausento del convento de Madre de Dios, cuando todas sus hermanas dormían sin soñar en nada ni en nadie salvo en lo inmaterial de Dios y su hijo Jesucristo. Así, como las almas que recorren los campos de Galicia, con la Santa compaña, emprendió su viaje, camuflada por una noche sin luna ni estrellas hacía el palacio Eton. Flor y nata de la jerezanía más británica. Albergue del arte, las formas y el hálito del Barroco.

Pieza medieval, moderna y contemporánea. Donde todos los estilos que la belleza de los hombres han puesto sobre la escultura y la pintura se regocijan por y para el deleite de las cien mil generaciones venideras. Así escondida, como las víboras en las rocas de los desiertos marchitos, llegó Bernarda Ventura Galván a las cercanías de San Juan de los Caballeros. Invisible y discreta como las polillas de los armarios y con los ojos vueltos en una luz blanquecina y mortal, con la intención de quemar a todos los que la odiaban, envidiaban, vilipendiaban y la habían humillado. Criados, gañanes, mozos, ayudantes, camareros, guardianes. Todos estarían dentro de lo previsto balo el óleo y las cenizas de su venganza. Doña Elvira, Richard Eton, Ricardo, Jaime y la infanta Margarita. Todos estaba en palacio y ella lo sabía.

Como saben las arañas por donde pasan los insectos voladores y por eso tejen en lo inmediato sus telarañas. Como los buitres siguen a la trashumancia y como el sol sabe que le sigue la luna. Todo eso ella lo sabía. Como sabía que en un doble fondo, que había preparado en los vuelos de su vestido, estaban sus herramientas. Tres velas y un juego de llaves que ya se habían enfriado como lo hacen los corazones, con el tiempo, de los amantes despechados tras la victoria de su antagonista. Así llegó, la antigua dueña de las almas del palacio, a la puerta trasera, la que daba a las caballerizas. Y reduciendo su figura apareció de entre las sombras y se acercó a la caseta que custodiaba esa entrada, pintada de verde. Allí apostado había un hombre al que se acercó. La reconoció, pero asustado ante la inmovilidad de sus ojos y su falta de aliento en la noche, no tuvo tiempo de emitir ningún sonido ni preguntar por sus intenciones. Una puñalada certera le atravesó el cuelo de un lado al otro.

Cayó derrumbado como un saco de harina al que han herido para que se derrame tosiendo. Con las fuerzas que no tenía apartó el cadáver para alejarlo de cualquier transeúnte que pudiera, por casualidad, presenciar la escena. Y a continuación con sus llaves y a través de la puerta de la caseta, con un arco de forma ojival, entró silenciosa y reptando. Atravesó el patio trasero. Dio largas al olfato de los caballos y los perros porque carecía de olor ni de alma, y por el jardín entró en el corazón de palacio. Donde plácidamente y en la creencia de que dormían en el lugar más seguro del mundo no podían imaginar que una bruja de flúor verde y dientes afilados portaba tres velas. Y de pronto, desde el suelo y elevándose como un cóndor que abre sus alas al cielo prendió una vela. Y estando en la más absoluta conciencia de sus actos se fue hacía una de las cortinas y la incendió.

El terciopelo comenzó a arder rápidamente y en seguida un cuadro de Zurbarán se vio afectado. El humo empezaba a invadir las estancias de palacio lentamente. Pero ella no respiraba, esa función biológica había sido reemplazada por el odio y la ira que la nutrían de un oxígeno malvado. Entre sus manos llenas de uñas roídas por el diablo llevaba la segunda vela. Subió las escaleras y andando con parsimonia y de forma ceremonial se fue directamente al dormitorio de Margarita, abrió la puerta y la encontró dulcemente con los cabellos sobre su pecho y dormida.

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