Opinión

Las razones de una visita

Hace unos días un pequeño grupo de andaluces —profesores universitarios, activistas de derechos humanos, feministas y ecopacifistas—, ninguno perteneciente a partidos políticos, tuvimos la iniciativa de desplazarnos a la cárcel de Lledoners para visitar a los presos políticos catalanes (o políticos catalanes presos, como insisten en llamarlos los partidos autocalificados de constitucionalistas y la gran mayoría de los medios). Pudimos hablar hora y media con el ex vicepresidente y cabeza de ERC (Esquerra Republicana de Catalunya), Oriol Junqueras; con Raül Romeva, ex conseller y también miembro destacado de ese partido; con otros tres exconsejeros del Gobierno catalán y con los dos Jordis, los líderes de las asociaciones civiles más importantes de Cataluña, cada una con más socios que el propio Barça: Òmnium Cultural y Asamblea Nacional Catalana.

En Lledoners vivimos una experiencia fuerte, por los diversos detalles de la visita y, sobre todo, por la impresión que nos causó la fortaleza de ánimo y, a la vez, humanidad de los allí recluidos. En la espontánea conversación surgieron muchos temas personales, familiares y de la cotidianidad en las cárceles —algunos de gran ternura, pero que deben quedar en la intimidad—, aunque, sin duda, el objetivo central de la visita era mostrarles nuestra solidaridad a la vez humana, ética y política. Les recordamos (varios de ellos no lo sabían) cómo Blas Infante visitó en 1935 a Lluis Companys y varios de sus consellers recluidos en El Puerto de Santa María por el Gobierno de la República en el bienio derechista (también denominado Bienio Negro). Companys había proclamado el Estado Catalán de la República Federal Española, y había sido encarcelado, al igual que los demás miembros de su Gobierno. Don Blas los visitó, expresando su solidaridad y transmitiéndoles la de muchos “andaluces de conciencia”. 84 años después, modestamente, un grupo de andaluces veníamos a renovar esa solidaridad en un contexto no igual, pero sí equiparable a aquél.

¿Por qué nuestra solidaridad? En primer lugar, porque creemos escandaloso que lleven ya quince meses en prisión “preventiva”. Están en la cárcel sin haber sido condenados ni juzgados. Como cualquiera debería saber, la prisión “preventiva” sólo es legítima cuando hay peligro inminente de delinquir de forma grave o de fuga por parte de los acusados. No hay caso en este caso (y perdonen la redundancia): ninguno de esos ciudadanos ha ejercido nunca violencia y si hubieran querido exiliarse lo habrían hecho fácilmente antes de ser detenidos, como hicieron otros con responsabilidades políticas equivalentes a las suyas. Incluso el despreciable quinteto de la Manada está en la calle hasta que se celebre su juicio. ¿Son más peligrosos y violentos los políticos catalanes que estos violadores en grupo?

La acusación de rebelión que han lanzado contra ellos la Fiscalía y órganos superiores de la Judicatura no se sostiene y ha sido rechazada, e incluso ridiculizada, por más de un tribunal europeo cuando se ha esgrimido para tratar de conseguir la extradición de otros políticos del mismo Gobierno de la Generalitat. Porque si el 1 de octubre hubo violencia, que sí la hubo, no fue precisamente por parte de quienes ponían urnas, sino por el poder que trataba de evitar que los ciudadanos pudieran utilizarlas. No es sorprendente que en Europa muchos consideren a estos presos como una especie de rehenes del Estado español para transmitir lo que podría pasarle a quienes, por la vía democrática y pacífica, defiendan ideas que, siendo legítimas —¿la República?, ¿la soberanía de los pueblos?, ¿también la Renta Básica Universal y muchas otras reivindicaciones?—, no estén recogidas en la Constitución del 78 (o en la lectura crecientemente restrictiva de esta).

Como los sufrimientos personales de estos presos, y más aún de sus familias, no parece importar a los poderes establecidos ni a quienes están instalados en el agresivo “a por ellos”, nosotros hemos querido mostrar abiertamente nuestra solidaridad con quienes consideramos víctimas de la “razón (o, mejor, sinrazón) de Estado”. Un apoyo que también podría basarse en Mateo 25: 36 (invito a los cristianos a consultarlo).

Es indudable que nuestra visita quería expresar, asimismo, la solidaridad con el derecho del pueblo catalán a decidir libremente cómo organizar su vida en común, de qué estructuras políticas dotarse y qué relaciones entablar con otros pueblos. Cuál sea la forma y condiciones del ejercicio de ese derecho y la opción que se crea más adecuada entre las varias posibles es algo que deben decidir democrática y pacíficamente los ciudadanos de Cataluña, sin injerencias exteriores. Y conste que este derecho lo tienen también el pueblo andaluz, el saharui, el kurdo, el escocés y todos aquellos con identidad histórica, cultural y política, esté ello reconocido o no por las legislaciones de los estados. Se trata de un Derecho Humano colectivo fundamental, recogido en los convenios internacionales de Naciones Unidas.

Y como no podemos ignorar que estamos en una coyuntura de grave restricción de derechos y libertades (continuidad de la Ley Mordaza, modificaciones del Código Penal, etc.), nuestra visita era también, y así debe entenderse, una reafirmación en la democracia y una denuncia del nivel, cada día más bajo, de esta.

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