OpiniónParadojas de la vida

Las pastillas de los nervios

A veces, en la consulta, tenemos demasiada prisa por extinguir las conductas sintomáticas sin darnos cuenta de que los síntomas no son el problema principal sino, al contrario, las señales emergentes que nos lo indican.

En cierta ocasión, un colega expuso un caso de su consulta de psicología para su supervisión. Una mujer presentaba una conducta obsesivo-compulsiva a lavarse continuamente las manos. El supervisor no preguntó cómo haríamos para ayudar a esta paciente a superar su conducta, qué técnica emplearíamos. No. Nos preguntó por Pilatos. Esto produjo desconcierto y perplejidad en el grupo. Todos pensábamos en cómo solucionar aquel ritual lavatorio y no nos dio por pensar en su significado relacional y sus posibles causas. El síntoma puede a llegar a tener tanta fuerza que ‘organiza’ toda la vida de una persona; incluso, la de todo el sistema al que pertenece. Y focaliza toda la atención: del paciente identificado, de la familia e, incluso, del psicoterapeuta.

Todos los síntomas tienen un sentido al servicio del sistema en el que se originan (casi siempre en nuestra familia de origen, claro está). Nada es por casualidad, aunque a veces no logremos entender el sentido de una conducta tan significativa y tan incapacitante. Pero lo tiene. En el mapa biográfico de ese individuo concreto, lo tiene.

El agua es necesaria para la vida y para la limpieza. Alguien puede emplearla de una manera compulsiva para tratar de ‘limpiarse’, para tratar de desentenderse de algo que considera reprobable. ¿Y qué puede ser eso tan terrible que me genera tanta culpa y que necesito estar continuamente limpiando? ¿Qué puede ser eso que vivimos con una culpa similar a la que vivió Pilatos ante la condena de un hombre inocente y que me hace expresarlo culturalmente de la misma forma, lavándome las manos?

A veces, en la consulta, tenemos demasiada prisa por extinguir las conductas sintomáticas sin darnos cuenta de que los síntomas no son el problema principal sino, al contrario, las señales emergentes que nos lo indican, como si fueran faros en la niebla. Más aún, si algún tratamiento tuviese la finalidad exclusiva de eliminar los síntomas —como, por ejemplo, los fármacos— haría un flaco servicio para superar el problema real que está en el fondo. Por eso, ya hoy día nadie se atreve a defender el abordaje farmacológico exclusivo para abordar un trastorno mental. Además del peligro que puede acarrear un consumo abusivo y permanente para cronificar la enfermedad.

Los síntomas sirven para llevarnos de la mano a las causas del problema. Esto lo saben ya todos los profesionales sanitarios sensatos, sean dentistas, digestivos, psiquiatras o psicólogos clínicos. Y se trate del colesterol, una úlcera gastroduodenal o una depresión. Los síntomas son efectos, no causas.

Pero siguen quedando talibanes de un tratamiento exclusivo farmacológico aplicado al ‘descubrimiento’ de crecientes enfermedades mentales nuevas: Trastorno de Desregulación Disruptiva del Estado de Ánimo (DMDD, en sus siglas en inglés y que es lo que se ha conocido siempre con el nombre de ‘berrinche infantil’), Trastorno Disfórico Premenstrual, Acaparamiento Compulsivo (dificultad persistente para deshacerse de pertenencias y objetos que carecen de valor), Abstinencia de la Cafeína, Síndrome de Excoriación (pellizcarse la piel), Trastorno del Frenesí de Comer (antiguos atracones), Síndrome de Piernas Inquietas o el famosísimo TDAH que ha sustituido con tanto éxito, en el ranking de popularidad, a las desaparecidas ‘epidemias’ escolares de dislexias…El resultado está a la vista: inflación de diagnósticos, inflación de pastillas. Encontrar remedios que eliminen los síntomas molestos o dolorosos, que nos ‘cure’ de manera rápida, superficial, indolora y por arte de birlibirloque.

Los fármacos —en según qué circunstancia determinada— pueden ser una ayuda más, una herramienta más para la rehabilitación de un paciente. En determinados casos son necesarios. Pero no son la panacea y menos si se les considera como el tratamiento con mayúsculas. Zygmunt Bauman diría que este tipo de tratamiento terapéutico es una intervención líquida, post-moderna. Propio de una técnica biomédica que pretende resultados a corto plazo, con una finalidad tontamente hedonista, alejada del reto que supone afrontar tus miedos, tomar la vida en tus manos y comenzar a tomar decisiones. A veces, sería bueno prescindir de las pastillas de los nervios.

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