Opinión

Las hostias y los sueños

¿Se han preguntado alguna vez a quién le tienen más miedo? Es evidente que, para dar la respuesta, las circunstancias que imaginemos nos condicionan bastante. Por ejemplo, hay algunos que apuntarían sin vacilar al dentista. Otros, al inspector de Hacienda. Algunos encuentran la equivalencia más directa del pavor en el cartero que trae las multas certificadas y otros ven la personificación del miedo en la factura de la luz o en la oscilación del Euribor. Muchas veces experimentamos el miedo más atroz cuando, tras una maniobra indebida, vemos aparecer el mítico todoterreno de la Guardia Civil de tráfico. El miedo tiene muchas manifestaciones. A mí estos días el miedo me ha llegado en el nombre de Vasily Kamotsky.

Puede que aún no hayan oído hablar de él pero les aseguro que a partir de hoy les costará sacárselo de la cabeza. Vasily Kamotsky tiene 28 años. De profesión, granjero. Su lugar de residencia es Ilanski, en Siberia, y desde hace unos días ostenta un curioso título: el de mejor abofeteador ruso. La reñida competición que lo ha coronado ha tenido lugar en un torneo celebrado en la ciudad impronunciable de Krasnoyarsk durante el festival de culturismo Siberian Power Show. El angelito en particular pesa 160 kilos y se ha cargado a todos sus contrincantes a tortas. Nótese que jamás se usó antes esta expresión de manera más literal.

El concurso en cuestión tiene una mecánica lineal, ruda y sencilla, como sus contendientes. Dos fornidos machos se sitúan uno a cada lado de una mesa y se van hostiando por turnos como mandan los cánones: con toda la mano abierta. Deben pegarse en la mejilla y permanecer impasibles sin girar la cara tras el impacto. Pierde el primero que se rinde o el primero en caer redondo, como era de suponer. No es que el ganador se lleve mucho, pues el premio en metálico apenas supera al cambio los 400 euros. Personalmente, me parece una miseria por aguantar una potente serie de guantazos esteparios, pero no seré yo quien cuestione las preferencias de los siberianos.

Puede que el certamen naciera por el frío. Ya se sabe que un buen tortazo calienta el cuerpo casi tanto como el vodka o el orujo más peleón. Quizás se creara como modalidad análoga al boxeo pero con menor presupuesto. En lugar de ring, una mesita de saldo. En lugar de guantes, la mano desnuda. En vez de premios cuantiosos, unos eurillos para la saca. En vez de rublos y rublos en calefacción, hostias como panes. Todo son avances en esta oda al bofetón eslavo. Tanto que no puedo por menos que sentirme cautivada. ¿Cuántas veces no habremos soñado con propinar una buena torta a alguien? ¿Y si además el susodicho no se pudiera quejar? ¿Y si encima pudiéramos ganar un dinerillo y un título? ¿Cómo no desear ser el mejor repartiendo guantazos? Si alguien me preguntara hoy a quién le tengo más miedo, no habría duda alguna. Yo temo a Vasily Kamotsky. A él y a sus manos esteparias y a sus 160 kilos de granjero siberiano. Lo temo a la vez que lo envidio, porque él sí que es capaz de convertir un sueño en realidad.

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