OpiniónParadojas de la vida

Las emociones del psicólogo

En la crítica a la llamada ciencia positiva se tiene por demostrado que el sujeto que conoce es menos neutro, menos pasivo, menos aséptico de lo que nos creíamos. Parece que en el proceso de conocimiento, el sujeto interviene de forma activa en la construcción de la narración sobre la realidad. Las consecuencias de esto son importantes y nos deben poner sobre aviso del propio mundo emocional del psicólogo, además de sus ideas y creencias. Porque también nuestras propias emociones intervienen en la forma que tenemos de ver las cosas y, por tanto, en aquellas que nos parecen significativas y en la importancia que les otorgamos.

Viene esto al caso al examinar la relación que se establece entre paciente y terapeuta. Tradicionalmente se pensaba que el terapeuta se manejaba en la consulta con asepsia frente a los sentimientos y emociones del paciente. Que era un alguien neutro y transparente, como un espejo. Pero esto no es así. Ya lo puso de relieve el psicoanálisis para el cual, en realidad, la relación terapéutica consiste básicamente en las llamadas relaciones de transferencia y contratransferencia. Por lo tanto, el terapeuta debe estar atento no solo a las emociones del paciente sino también a sus propias reacciones afectivas, y tratar de manejarlas con eficacia para que le sirvan a su paciente en su propio proceso de sanación y, desde luego, no supongan un inconveniente añadido. No por casualidad, la formación de los psicoterapeutas de orientación sistémica debe finalizar inexcusablemente con el trabajo personal sobre su propia familia de origen, en la creencia de que esto le hará comprender las reacciones afectivas relativas a sus propios “atascos” y “heridas” emocionales (del mismo modo sucede con el proceso de terapia psicoanalítica que deben seguir aquellos psicólogos que aspiran a ejercer la terapia desde esta orientación).

A propósito de este asunto que tiene tanta importancia para establecer con nuestros pacientes la mejor relación de ayuda posible, Juan Miguel de Pablo Urbán, psicólogo y psicoterapeuta, maestro y amigo, acaba de publicar un magnífico artículo titulado De las contratransferencias a las resonancias: las emociones del profesional en psicoterapia, publicado en la Revista de Psicoterapia (noviembre 2017) y que pronto verá la luz en la forma de libro, junto con otros artículos suyos.

Entre otras cuestiones de interés profesional, Juan Miguel de Pablo recoge la aparición de una serie de indicadores que señalan las reacciones emocionales (“contratransferenciales”) como obstáculos del psicólogo para llevar a cabo una terapia adecuada y eficaz. Escojo algunas de las más interesantes, en mi opinión.

– Conductas inadecuadas del terapeuta: comentarios sarcásticos, discusiones con el paciente…

– Relación inadecuada externa: por ejemplo, pedir favores al paciente.

– Excesiva importancia para el psicólogo de la vida del paciente: compulsión a hablar sobre el paciente, consideración excesiva a las opiniones del paciente sobre el terapeuta o la terapia…

– Descuido en el encuadre: boicot o resistencia del paciente a horario, coste, formato…

– Reacciones emocionales intensas a los problemas abordados: bostezos, llanto, risa…

– Incapacidad para entender el material que toca problemas personales del psicólogo…

– Fomento de la dependencia del paciente con un apoyo excesivo.

Estos obstáculos deben abordarse con una actitud clínica que fomente una “disociación instrumental”. Es decir, una actitud que me permita identificarme con los problemas del paciente y, por otra, mantener una cierta distancia que ayude a observar con cierta objetividad el problema. Y mantener un juego permanente entre una y otra posición.

En definitiva, es inevitable la reacción emocional del terapeuta ante los problemas del paciente. Se trata de entender que para conseguir una terapia exitosa no bastan sólo los conocimientos científicos y técnicos del psicólogo. Es necesario, además, manejar con eficacia las propias emociones. Porque, ¿es indiferente ante un problema de malos tratos que nosotros mismos hayamos sido objeto, alguna vez en nuestra infancia, de conductas vejatorias, de bullying, de humillaciones en nuestro entorno social o en nuestra propia familia? ¿Da igual para un terapeuta que tiene que abordar alguna dificultad para independizarse en su paciente que él mismo haya tenido una madre sobreprotectora o un padre periférico? Es evidente que no. Nuestro bagaje afectivo, nuestra biografía, nuestra historia personal forman parte, también, de las herramientas que ponemos al servicio de nuestros pacientes. Y los psicólogos tenemos que hacer un aprendizaje emocional para poner este bagaje a su servicio. Es indispensable.

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