Barrio a barrio

Las ‘casitas bajas’, las viviendas de época franquista por las que ahora no se puede andar

Carmen, Alejo, Paqui o Rafael, vecinos del Polígono San Benito, relatan los desperfectos de un barrio construido a finales de los años 60 y en el que personas con movilidad reducida se desplazan con dificultad

Carmen está sentada, junto a su hermana, en un parque cerca de la calle Racimo, que no tiene columpios y donde la suciedad se hace notar. “¿A quién buscáis?”, pregunta de lejos. Poco después se levanta de un salto y, cuando se entera de que la intención es hacer un artículo de prensa sobre la zona, empieza a hablar sin que haga falta preguntarle. “Mi calle está fatal, la limpiamos las propias vecinas”, señala. “Me tengo que agarrar a mi hermana para no caerme”, añade, antes de recitar una serie de reivindicaciones, ya históricas, de la conocida como zona de las casitas bajas, en el Polígono San Benito de Jerez.

Fue el Ministerio Nacional de la Vivienda, de época franquista, el que levantó estas viviendas a finales de los años 60 del siglo pasado, por eso no es raro ver todavía el yugo y las flechas en numerosas farolas de la barriada, un símbolo adoptado por el franquismo y tomado del único partido del régimen, Falange Española Tradicionalista de las JONS. Un incumplimiento de la Ley de Memoria Histórica que puede ser el menor de los problemas de muchos vecinos, pero que evidencia las escasas actuaciones llevadas a cabo en la zona.

“Esto lleva así desde 1967”, dice Alejo, “han tenido 50 años para cambiarlo y no lo han hecho”. Él, junto a su mujer y sus tres hijos, se mudó a la zona hace tres años después de tener que abandonar una vivienda que ocupaba. Su tío le ofreció su casa, en el Polígono San Benito, que está “pagando poco a poco”. Ahora tiene un techo bajo el que criar a sus pequeños, aunque teme que cualquier día se le caiga encima. “Mira la cornisa cómo está”, dice señalando hacia arriba, “menos mal que mi primo me dio un toldo para que no le dé a mis hijos en la cabeza”.

Vecinos del Polígono, hablando con lavozdelsur.es. FOTO: MANU GARCÍA

Alejo hace de guía improvisado en un tour por las casitas bajas donde los desperfectos se ven, y se sufren, a simple vista. El suelo es irregular. Hay agujeros y zonas hundidas por las que es difícil caminar, sobre todo para los niños y las personas mayores o con movilidad reducida. “Por aquí no pasa una silla de ruedas”, insiste Carmen, “ni el carro de los mandaos”, apunta señalando las calles internas de las casitas bajas, que alternan baldosas planas con otras con piedras desgastadas y descolocadas.

“Mi madre sólo sale a la calle para ir a diálisis”, dice Rafael Loreto, vecino de la barriada. Su padre tiene 83 años y su madre 82, por lo que “hay que ayudarles”, relata. Pero aun así, raras veces pueden salir de su casa. A pocos metros de la entrada hay una grieta, que lleva así desde hace tiempo. “Esto hay que arreglarlo”, dice repetidamente Rafael. “Entra en mi casa, mira cómo estamos”, espeta. En el salón están las camas de sus padres y en una habitación, junto a ellos, una asistenta que los ayuda en las labores del hogar. Ella también ha sufrido el mal estado de las calles. “Me caí el otro día y me hice un esguince de grado II, menos mal que estaba en horario de trabajo y me lo cubrió la mutua…”, señala.

Enfrente vive Dolores Pinteño, que se asoma a la puerta apoyada en su muleta. “Solo salgo agarrada a mi hija”, señala, y como mucho “hasta la esquina”. “No puedo ir más lejos”, insiste. De hecho, aprovecha cada visita para que algún familiar le haga algún “mandao”. “Me caí ahí delante”, dice señalando el lugar de los hechos, delante de una vivienda en la que lleva desde que se inauguraron hace más de 50 años. “Andaría más, pero solo de pensar dónde tengo que poner la muleta, me pongo mala”, agrega.

Su vecina Mercedes Rúa llega con varios folios en la mano. Son copias de la denuncia que ha interpuesto hace unos días. Ella también se ha caído recientemente, tras meter el pie en un agujero cuando empujaba la silla de ruedas de su hija discapacitada con una mano y llevaba la basura en la otra. “Me hice un esguince de segundo grado”, cuenta, antes de relatar que su hija tiene un 75% de discapacidad reconocida —“depende de mí”—. La suciedad o la presencia de ratas son algunas de las quejas que enumera Mercedes, que hasta cuenta que los propios vecinos compraron la bombilla de una farola, que se fundió. “Nos costó siete euros”, dice.

Rafael señala desperfectos en las ‘casitas bajas’, con una farola con el yugo y las flechas de fondo. FOTO: MANU GARCÍA

Paqui lleva 50 años en la barriada, “cuando estaban los jardines bonitos”. Ella es otra de las vecinas que ha tropezado alguna vez por el mal estado del suelo y también tiene problemas con las ratas. De hecho, en una ocasión hasta estuvo a punto de sufrir un accidente mayor cuando se cayó parte de su cornisa poco después de estar tendiendo la ropa en su puerta. Pero aun así no cambia su barrio por nada. “He vivido toda mi vida muy bien y no me voy de aquí”, señala, “nunca me he querido ir”. Eso sí, pide mejoras para poder hacerlo con más “dignidad”.

Su vecina Cecilia saca el móvil y enseña fotos de ratas, víctimas de trampas, o de sillones mordisqueados por roedores. “Ando fatal”, dice, sujetándose en su muleta, antes de caminar hasta un lateral de su vivienda, donde hay un enorme naranjo. “Mira cómo está”, apunta señalando al árbol, cuyas raíces hace tiempo que destrozaron el alcorque y que hace bastante tiempo que no se poda como debería. La zona está tapada con cemento, “para evitar que salgan ratas”.

Con dificultad, sale de su vivienda Paqui, una vecina octogenaria que baja muy despacio los dos escalones que la separan de la calle, por donde camina agarrada a la pared de su casa. “No me puedo mover”, dice, sujetándose por miedo a caerse. Ya lo hizo una vez. “Me rompí el hombro y dos costillas”, relata. Por eso hace una “eternidad” que no sale. “No puedo ir ni por el pan”, comenta Paqui, que se queja de que pasen coches por la puerta de su casa, a pesar de ser una zona supuestamente peatonal. “Muchas personas mayores estamos malas”, apunta, “nadie lucha por nosotros”. Antes de romper a llorar, pide que le arreglen “el volante” (la cornisa) de su vivienda, que se cayó hace poco. “Me va a entrar agua en las habitaciones”, teme.

“Somos pobres pero honrados”, dice Carmen, algo con lo que está de acuerdo Alejo. “Somos gitanos y honrados”, añade, “aquí hay droga como en todos lados, pero muchos nos levantamos cada mañana para trabajar”. “No tengo nada contra la alcaldesa, porque está haciendo algo, pero estos problemas no son de ahora, no se ha hecho nada durante muchos años”, remata. Solo hace falta darse una vuelta por las casitas bajas para comprobarlo.

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