Paradojas de la vida

La vida nos devuelve todo aquello que hacemos

Esto dice la creencia religiosa denominada karma. El karma, al parecer, es una fuerza misteriosa e incomprobable cuya finalidad consiste en restablecer una justicia cósmica, castigando a los malos y premiando a los buenos. Es decir, dándole a cada uno su propia medicina. Si tú haces el mal, el karma te devolverá ese mal (no sabemos si en la misma proporción o te dará ración y media); si, por el contrario, tú haces cosas buenas, entonces el karma te recompensará con cosas buenas. Aunque, eso sí, no funciona exactamente como la carta a los Reyes Magos. Sino que ya el karma se las apaña para elegir las cosas que te conviene, aunque tú no lo sepas. Por lo tanto, uno no puede portarse bien hasta tener los cupones suficientes para conseguir una bicicleta. No. El karma va un poco a su aire.

La diferencia con la justicia divina es que la del karma no espera ni siquiera a que nos muramos, sino que empieza a repartir chucherías o mandobles a diestro y siniestro, aquí y ahora. A veces tarda un poco, pero dicen que siempre acaba llegando. Esto sin contar con el lío que en ocasiones tiene el karma para hacer su trabajo porque no todo lo que hacemos está bien ni todo lo que hacemos está mal. El bien y el mal están mucho más mezclados de lo que parece. Y tampoco sucede que haya una línea clara que separe las ovejas blancas de las negras, excepto para todos los fanáticos y casi todos los nacionalistas.

Es ésta una creencia firmemente asentada. Pero es falsa. A veces la vida te devuelve lo que has hecho…y, otras veces, no (y, además, no podemos prever si será por fas o por nefas). Es así de simple. Y la razón es que la vida no entiende de justicias o injusticias, de méritos o deméritos; es imprevisible y azarosa; va y viene a su antojo; no respeta edad, clase ni condición. Y está plagada de sucesos incomprensibles, dolorosos, desproporcionados…para nuestra pequeña razón que se empeña en atribuir cualidades antropomórficas a supuestas fuerzas energéticas que regirían nuestro destino. Ni el bien ni el mal tienen propiedades elásticas ni regresan al lugar de su origen como un boomerang.

No estoy negando la responsabilidad moral de nuestros actos. Pero que la vida espiritual de un hombre tenga el poder de provocar la lluvia o de mover montañas es algo que, al día de hoy, no ha sucedido, si tomamos la expresión literalmente. Tampoco que los hombres reciban, reflexivamente, los justos justicia y castigo los malvados. Esto sencillamente no es un hecho sino un deseo. Tan antiguo como la humanidad, pero un deseo. Y en el punto en que su realización no depende en absoluto de nosotros quizás no debamos llamarlo deseo sino veleidad (voluntad antojadiza o deseo vano).

Vivir esperando una Justicia Universal en forma de premio a nuestros esfuerzos es algo veleidoso. El manoseo de las palabras es un vicio de nuestro tiempo irreverente y sofista. A las palabras hay que respetarlas, tratarlas con veneración y huir de las mayestáticas (Felicidad, Justicia Universal, Orden) y, en el caso de que tengamos las necesidades básicas más o menos resueltas, disfrutar de las cosas sencillas: la alegría, una conversación inteligente, un buen vino, el trabajo bien hecho, pedir las cosas por favor y, si no es posible echar una mano al prójimo -utilísimo para el contento propio-, molestar lo menos posible.

Y dejar al karma tranquilo que bastante trabajo debe tener si reparamos en la poca eficacia con la que lo desempeña. Hacer la lista alfabética de atrocidades y holocaustos humanos parece un esfuerzo superfluo para hacer dudar a los convencidos, a los que esperan que el eco entre montañas repita lo que desean escuchar.

Tuve un profesor de Filosofía de la Naturaleza, catalán y socarrón, que nos decía “estoy convencido de la influencia de los astros en la vida de las personas, pero no creo en la astrología”. Hay personas que quieren creer en una justicia cósmica. Bueno. Esto no hace daño. Hay cosas peores.

Decir que la vida nos devuelve todo aquello que hacemos es simplemente una admonición beata. Si fuera verdad no necesitaríamos tribunales de justicia. Ni psicólogos.

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