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La verdad enterrada de Paterna

Luis Vega, de 87 años, vio hace casi 80 cómo tres falangistas se llevaban a su madre para fusilarla. Un mes después a su padre, miembro de la CNT, le depararía el mismo destino. Aún hoy sigue sin saber dónde se encuentran

“Hasta después de muerto seguiré recordándolo. De eso no me olvidaré nunca, porque además de haberlo visto lo he sufrido después”. A Luis Vega Sevillano se le resquebraja la voz y casi rompe a llorar cuando vuelve a recordar la noche del 19 de julio de 1936. Era sólo un niño de apenas siete años, pero aquella imagen de tres falangistas arrastrando a su madre Catalina hasta una casa de la calle Real de Paterna, donde aguardaría hasta ser ejecutada cuatro días después, no se le olvidará nunca.

Luis, que ahora tiene 87 años, vecino de Paterna de Rivera, nos atiende en el salón de su casa donde cuelga una foto de su padre Francisco, también asesinado en el verano de 1936 por el simple hecho de haber pertenecido a la CNT. El anciano, que ha tenido que colocarse su audífono para poder escuchar las preguntas que le hacemos, narra con detalle lo que vivió aquellos aciagos días de 1936 en los que perdió a sus padres. Aún hoy no sabe dónde están enterrados.Su historia es la de uno de tantos en España que afirma que no descansará tranquilo hasta dar con el paradero de sus seres queridos. Para su hijo Juan Luis, presidente y fundador de la Plataforma por la Memoria Histórica de Paterna de Rivera, es simplemente “un reto personal, una obligación moral. Las cosas se deben saber para transmitírselas a las nuevas generaciones”. Por eso mismo movió cielo y tierra hasta conseguir que por fin pudieran comenzar los trabajos de exhumación en una fosa común del cementerio parroquial del pueblo.

Luis y su hijo no saben aún si esos huesos pertenecerán o no a sus padres y abuelos, respectivamente, porque en Paterna fueron muchos más los vecinos que perdieron la vida en aquellos primeros meses de la Guerra Civil. Una placa, frente al camposanto, recuerda los nombres de las 38 personas asesinadas por entonces.

Una vida, 20 pesetas

18 de julio de 1936. A Paterna llegan noticias de la sublevación militar en África apenas unas horas después de producirse. Empiezan los nervios. La Corporación municipal y la Asociación Campesina de la CNT se reúnen para acordar las medidas a tomar en vista de los últimos acontecimientos. El encuentro se prolonga hasta la madrugada, cuando el teniente de la Guardia Civil, Manuel Martínez Pedré, procedente de Medina Sidonia, anuncia el bando que proclama el estado de guerra y la orden de destituir al gobierno municipal.

El 19 de julio amaneció con un ambiente tenso en el pueblo ante la postura contraria de algunos concejales a entregar el Ayuntamiento a los sublevados. Lo cierto es que esa mañana Luis Vega amaneció en una finca próxima a Paterna, La Amapola, junto a sus padres, sus hermanos, sus tíos y sus primos. Hasta allí se habían marchado por precaución tras conocer el alzamiento y desde allí partieron su padre y el hermano de éste, José, hasta Málaga, como hicieron otros muchos vecinos de Paterna huyendo de la represión. Sin embargo su madre, sus hermanos y el propio Luis volverían al pueblo. “Yo lo estaba deseando para ver a mis amigos”, señala el anciano, recordando su inocencia.

Arribaron a Paterna todavía de mañana. “Mi madre se puso a hacer de comer y yo me fui con mi primo Luis y otro amigo. Vi entonces a tres tíos en la puerta de la escalera de mi casa. Uno de ellos con una mano en la pistola y el fusil colgado. Cuando mi madre los vio echó mano de mi hermano Francisco y se lo puso al cuadril. Una prima mía agarró a mi hermano para que no se cayera mientras forcejeaban con mi madre. Uno la cogió por un lado, otro por otro y la llevaron arrastrando. Y lo único que decía mi madre, que no se me olvidará nunca: Mis niños, mis niños, mis niños…”.

El terrible relato de Luis se sucede de seguido. El anciano, a pesar de los años que han pasado, recuerda perfectamente las situaciones, los personajes, los detalles, los apodos… Solo algún sollozo interrumpe momentáneamente la descripción de los hechos.

A su madre Catalina, que contaba con 34 años de edad, no la vería más. Afirma que la mataron en la laguna de Medina junto a María Silva Cruz -nieta del anarquista Francisco Cruz Gutiérrez Seisdedos- a quien Federica Montseny, ministra durante la Segunda República, describiría como “la carne sangrante de un pueblo crucificado”. Sobre el paradero de Silva Cruz algunos dicen que el cadáver fue enterrado en una fosa común en la misma laguna, mientras otros afirman que volvió al cementerio de Paterna. De ahí la esperanza de Luis de que su madre también pudiera estar en el camposanto paternero.

Lo cierto es que los primeros días tras la sublevación dejaron una riada de muertos en el pueblo. Hasta 14, según la hoja de servicios de Martínez Pedré. Lo más sangrante es conocer que una vida costaba 20 pesetas. Ese era el suculento botín de miserables chivatos y verdugos, explica Luis. De todos ellos, el mayor era uno al que apodaban el Sargentito, el mismo que apretó el gatillo para matar a su padre y su tío y que luego iría presumiendo en la venta El Calderón de haber quitado de en medio a los Charleros, como se les conocía y se sigue conociendo actualmente a la familia de Luis Vega.

Era mediados de agosto y José y Francisco Vega, que habían huido en julio a Málaga, fueron localizados por un falangista, al que llamaban El Colorado, que los convenció de que volvieran al pueblo porque “estaba todo arreglado”, recuerda Luis. Su hijo Juan Luis añade que por entonces llegó a publicarse un bando que informaba que todo aquel que no tuviera las manos manchadas de sangre no tenía nada que temer. Nada más lejos de la realidad para los hermanos Vega.

A su regreso a Paterna la tarde del 28 de agosto, y cuando se dirigían a la casa de su madre, los estaban esperando tres Guardias Civiles y cuatro falangistas en la carretera de Medina. De allí fueron conducidos a lo que es hoy la plaza del Ayuntamiento, donde se improvisó una cárcel, donde estaban el Sargentito y el párroco del pueblo, para confesarlos. José y Francisco fueron ajusticiados en la carretera de Arcos, antes de llegar a la venta San Miguel.

El día a día con los verdugos

Finalizó la guerra y pasaron los años para Luis y sus hermanos, a quienes la orfandad les dejó “como a los niños a los que le dan con una escoba, cada uno por un lado”. Tras comenzar a trabajar en el campo con tan solo ocho años, lo más doloroso fue comprobar cómo aquellos verdugos que tantas vidas habían quitado acabarían haciéndose prácticamente los amos del pueblo. Después, muchos de sus descendientes pecarían también de soberbia y mal gusto. Como aquel día que el sobrino de uno de esos de gatillo fácil iba diciendo en el bar que regentaba que “en cada provincia tenía que haber un Franco”. Luis, que estaba presente, se preguntaba “si estaba tonto o tenía la misma sangre que su tío. Cuando terminó de porfiar me acerqué al mostrador y le pedí una cerveza. Y con tranquilidad le pregunté y le pedí que jurara por su madre si decía de verdad que en cada provincia tenía que haber un Franco. Y me dijo que sí. La cerveza, que por entonces costaba 9 pesetas, le dije que se la bebiera él”.

“Es que aquí no podías ni llorar, ni mentar a tus seres queridos. Aquí había gente que te veía llorar y te decían que sí, que lloraras para soltar lo que te quedaba de comunista”, añade Juan Luis para completar el relato de su padre.

Pero los años siguieron pasando. Franco murió y muchos de aquellos paterneros exiliados regresaron. Y entonces fue cuando aquellos viejos falangistas empezaron a notar que las cosas estaban cambiando. El tristemente famoso Sargentito abandonó el pueblo y tras recorrer media provincia terminaría en la indigencia en Jerez. Enterada de su estado, una sobrina suya residente en Valencia lo recogió y se lo llevó con ella para cuidarlo hasta sus últimos días de vida.

“No acepto un ya pasó”

Que se investiguen los crímenes y que no haya una persona sin conocer el paradero de sus familiares. Eso es lo que desea Juan Luis Vega, aunque para ello tenga que remover cielo y tierra. “Yo esto lo voy a llevar donde sea, si no me escuchan en España lo llevaré a Estrasburgo, porque aquí se hacen las leyes de amnistía, se perdona a presos políticos y se perdona a criminales, y no lo voy a permitir”.

Lo que pide Juan Luis es, básicamente, que el gobierno escuche al Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas, que el pasado julio pedía a España que derogara o enmendara la Ley de Amnistía de 1977 con el objetivo de que se puedan investigar todas las violaciones de derechos humanos cometidas en el pasado en nuestro país. “El Estado debe velar porque en estas investigaciones se identifique a los responsables, se los enjuicie y se les impongan sanciones apropiadas, proporcionales a la gravedad de los crímenes y se repare a las víctimas”, señalaba textualmente la ONU.

“Ni la Justicia, ni la Iglesia ni ninguna institución me va a parar a mí porque esto es un reto, un reto que se convierte en obligación y lo voy a llevar a cabo, no me voy a rendir. No acepto una disculpa, no un ya pasó”, lo que pasó lo pasaron mi padre y muchos vecinos”, considera Vega.

Mientras tanto, los trabajos en la fosa común se siguen desarrollando en el cementerio. Los mismos los lleva a cabo la consejería de Cultura de la Junta, a través de la dirección general de Memoria Democrática. Jesús Román, arqueólogo y coordinador de la exhumación explica que se han encontrado restos óseos de cuatro personas, que podrían ampliarse a seis. Además, uno de los cráneos tiene signos de violencia, con lo que se confirmaría que estos huesos son de algunos de esos vecinos asesinados en el verano del 36.

Igualmente, la búsqueda se ha llevado a otra zona del camposanto. Se están realizando catas hasta una profundidad de 1,40 metros que de momento han dado resultado negativo. El mayor problema, apunta Román, es la antigüedad del lugar. “Hablamos de un cementerio de 1804 que está muy alterado con el paso de los años y con tantos enterramientos, y ese es uno de los factores que influyen a la hora de que podamos encontrar otra fosa”.

En cuanto a iniciar nuevas exhumaciones en los alrededores de Paterna, Román explica que ello conllevaría hacer un nuevo proyecto. “Hay que tener testimonios, una base documental importante y el estudio antropológico adecuado para conocer los datos físicos”.

En el Ayuntamiento también hay satisfacción y esperanza de que puedan ponerse nombre y apellidos a los enterrados en la fosa de Paterna. El alcalde, Alfonso Caravaca (PSOE), reconoce que aunque no ha palpado rechazo en el pueblo ante el comienzo de las exhumaciones, no todo el mundo comprendía el porqué. “Con esto damos cumplimiento a la ley de Memoria Histórica y es lo que hemos querido explicar, que aquí hay personas que siguen sin conocer el paradero de algún familiar querido”.

“Algunos se lo han tomado con un poco de miedo por si pasa algo”, apunta Juan Luis Vega preguntado al respecto. “Que no se preocupen que aquí estoy yo, porque la única historia que no se conoce es la que no se cuenta. Mi decisión es irrevocable”.

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