El granjero

La señora del gorro y las gafas raras

No suelo tomar café en verano, pero mi pareja es cafetera de necesidad, madruga mucho, y por marcar el rito parsimonioso de la tarde. A mí, en secreto, me gusta ver cómo remueve el azúcar. Siempre me ha gustado mirar a mi pareja sin que se dé cuenta. Entramos ya en la cafetería a la que accedí a regañadientes y nos sentamos. Pedimos y la camarera nos sirvió con tino y rapidez. Las mesas del fondo estaban vacías y de pronto entró una señora con un gorro de colores con una flor muy británico y unas gafas muy de realeza inglesa de los 60, muy de Infanta Margarita —espero sepan reconocer el look sin más explicaciones—. Venía acompañada por su hija y ella traía a su nieta. Un bebé inquieto pero no molesto.

Enseguida le eché el ojo por instinto, mientras mi compañera, más urbanita y civilizada que yo, se entregaba con gusto a su café y no le pareció aquello tan curioso como a mí. Tengo ese comportamiento de Paco Martínez Soria cuando iba a Madrid con la maleta mirando los edificios altos. La camera las invitó a pedir, su hija pidió un café y la mujer del extraño gorro y las gafas se pidió un whisky con cola. Tenía más de 60 años.

Pues aquí va mi reflexión y mi análisis sobre los sentimientos que sentí. La juzgué, por mi cabeza pasaron fantasmas amantes del humor más barato y conservador y sin darme cuenta esbocé una media sonrisa, que podía haber sido digna de cualquier sobrino del diablo.

Enseguida mi pareja dejó su obsesión placentera en el café, giró su cuello lentamente y me miró con las cejas arqueadas y los ojos abiertos y me preguntó: ¿Si la mujer del sombrero fuera un hombre con un buen afeitado y de su misma edad hubieras puesto esa mirada y sonrisa tan bovina?

Entonces me ruboricé, le di al interruptor de lo que quiere uno ser y no de lo que en realidad es, ese que de vez en cuando salta como cuando hay un apagón, en este caso mental por falta de luces. Y me pregunté de dónde me venía aquella perversión tan primaria. La mujer del gorro de las gafas bonitas jamás advirtió mi inquisición germánica. Y se fue, con su hija y su nieta. Y ojalá con el sano juicio de obviar miradas que en cualquier civilización deberían ser asuntos de un pasado perverso y oscuro.

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