La Piqueta

La resistible ascensión y caída de Máxim Huerta

Querido Máxim Huerta:

Tras conocer el escándalo que ha provocado la noticia de tu fraude fiscal, no he podido contener las ganas de echar un vistazo a los títulos de tus novelas. Esperaba que fueran ñoños y rimbombantes, como suele ser habitual entre los escritores de superventas. Lo que no sospechaba es que estuvieran plagados de señales ocultas que solo ahora alcanzan su profundo y verdadero significado. En La noche soñada (2014) ya augurabas aquella en que Pedro Sánchez –intuimos que cieguísimo de ajenjo o de cualquier otro bebedizo espirituoso– te propuso que fueras ministro de Cultura.

Que sea la última vez (2009) no fue solo tu debut literario sino también el vaticinio de las palabras que algún día te dedicaría tu presidente. No me dejes (2015), le habrás respondido tú, arrinconado por la presión de una opinión pública que ya está harta de esa golfemia de relumbrón y con alamares que encima va de progre (no olvidamos los casos de Almodóvar, Imanol Arias et alii). Aun así, el título más espeluznante es La parte escondida del iceberg (2017), “un libro que nos revelará muchas cosas de nosotros mismos”, como concluye la sinopsis de la contraportada.

Efectivamente, querido exministro. Si tu sonrisaza mediática era la punta del iceberg, tus artimañas para evadir al fisco es la parte escondida. O lo era. Porque te han pillado con el carrito de los helados, guapo. Así que al final no te ha quedado más que una salida. Y eso que la dimisión a ti no te gustaba: “No me gustan que dimitan. Me gusta que los cesen. Dimitir implica dignidad”, tuiteaste también premonitoriamente en 2014. Pero tú no has dimitido. No lo veías necesario.

Has vivido, en tus propias carnes, la clásica historia literaria de ascensión y caída del héroe. No la desaproveches. La de libros que vas a vender con tu próxima novela

Así lo dijiste ayer por la mañana en Onda cero, donde también te escudaste en una sarta de mentiras para justificarte. Y tampoco pensaba cesarte Pedro Sánchez, quien te animó a “seguir trabajando y ser transparentes”, según reconociste en la misma emisora. Ni dimisión ni cese. Y mentiras. Es decir, los mismos tics prepotentes que le achacábamos al PP, el mismo enroque autoritario, la misma atávica costumbre de negar la evidencia. A los siete días de conformarse el nuevo Gobierno, la peperización ya estaba apolillando la mesa del Consejo de Ministros. Para sorpresa y enfado del resto de tus compañeros, imagino. Y para cabreo morrocotudo de todo hijo de vecino.

Porque además tú no has dimitido, insisto, sino que más bien te han dimitido. Te han dimitido tus adversarios políticos, los periodistas de todo signo y pelaje, la jauría vitriólica e irreverente de Twitter, etc. Y –sobre todo, ¡maldita hemeroteca!– esas declaraciones de Pedro Sánchez de 2015 donde afirmaba que si algún compañero de su partido tenía “una sociedad interpuesta para pagar la mitad de impuestos” sería expulsado “al día siguiente”. Son los periodistas quienes han llevado al presidente contra las cuerdas, al hacerlo rehén de sus propias palabras. No tenías escapatoria. Así que tu dimisión es una pseudodimisión, o una dimisión en diferido, o una dimisión forzada que rebaja esa dignidad del dimitido de la que tú hablabas.

A pesar de todo, Luis Carlos (perdona que me dirija a ti con el nombre en clave, y novelero, con que apareces en la sentencia), supongo que la experiencia habrá merecido la pena. Has tocado la gloria del poder, has hechos nuevos amigos y has vivido, en tus propias carnes, la clásica historia literaria de ascensión y caída del héroe. No la desaproveches. La de libros que vas a vender con tu próxima novela.

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