Fin de Siglo

“La religión convirtió a Murillo en un pintor de almanaque, pero es mucho más rico”

El historiador jerezano Benito Navarrete, comisario de una de las exposiciones del año dedicado al pintor sevillano y director de un congreso internacional en su cuarto centenario, ofrece claves para valorar al artista "en toda su dimensión"

Uno de los hombres que probablemente más sepan en España de Bartolomé Esteban Murillo nació a unos 100 kilómetros de la cuna del artista sevillano y 352 años después. El doctor jerezano Benito Navarrete, profesor de Historia del Arte en la Universidad de Alcalá, lleva más de una década estudiando e investigando acerca del pintor sevillano desde una perspectiva integral, huyendo de los lugares comunes y de su fama consagrada a los devocionarios, estampas e Inmaculadas. En el cuarto centenario del genial pintor, Navarrete ha sido comisario de una de las exposiciones que conforman el rosario de eventos organizados en Sevilla, así como se ha encargado de dirigir la conferencia internacional en torno a la figura poliédrica del autor barroco. Aparte, Navarrete ha tenido tiempo de publicar en Cátedra la obra Murillo y las metáforas de la imagen, un tratado sobre uno de los pintores españoles que más atención ha suscitado en la historiografía desde el siglo XVII hasta la actualidad, con valoraciones cambiantes de su obra en función de cada época.

El profesor jerezano ha pasado esta semana por su ciudad natal para impartir una conferencia, organizada por el Ayuntamiento, la Asociación Amigos del Archivo, la Academia de San Dionisio y la Fundación González Byass, sobre su trabajo en torno a la obra del hispalense y, en concreto, sobre el poder de sus imágenes y la construcción de su lenguaje formal. En su libro, Navarrete explica que “he intentado previamente leer todo lo que se ha dicho de él para demostrar que la gente muchas veces repite lo que dijo don Diego Angulo ya en el año 1982 —”Murillo fue injustamente menospreciado a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Ahora todos coinciden en calificar al pintor probablemente como el mejor del siglo XVII y como una de las grandes figuras de la pintura española de todos los tiempos”—; y sobre todo, en segundo lugar, para hacer ver al público que estamos ante un artista que solo se entiende entendiendo a la sociedad, pero también entendiendo el poder de sus imágenes y el poder de comunicación de sus imágenes a lo largo del tiempo”.

Precisamente es el poder de transmisión de su imaginería visual el que ha provocado a lo largo de la historia el “manoseo” de la obra del autor hispalense, de ahí que Navarrete quisiera “desentrañar” lo que el artista “realmente quería decir”. “Me interesa una reacción del público en el siglo XX o en el XVII, son igual de válidas para desentrañar la cultura visual, lo que el artista realmente quiere decir. Y por eso Murillo es un artista que, de alguna forma, ha sido tan maltratado, porque se repite mucho que su obra se ha visto siempre desde una visión muy tópica, pero es un artista mucho más rico de lo que nos podemos pensar. Mi libro solo abre una serie de vías que deben seguir explorándose para entender su pintura”. En este punto, no escapa a nadie, como corrobora el historiador, que la religión ha hecho mucho daño al pintor. “Ha sido muy instrumentalizado en ese sentido, y esa visión ha sido precisamente la que ha terminado convirtiéndolo en un pintor de almanaque, lo ha banalizado, pero se ha banalizado por el poder de comunicación que tiene y eso es lo que le hace grande”. “Entonces cuando unes Murillo con religión, como con Rafael, es cuando te das cuenta lo manoseado que ha sido y cómo termina desvirtuándose”, apostilla.

Un momento de la conferencia del doctor Navarrete en Los Claustros. FOTO: MANU GARCÍA.

Desde que en 2009 montase la exposición El joven Murillo, junto a Alfonso Pérez Sánchez, el investigador jerezano no ha parado de escrutar su vida y obra, pero también “la cantidad de reacciones que existen ante su pintura”. “Me ha fascinado cómo ha reaccionado el público extranjero, que es el que realmente lo lanza, y lo radicado que estaba a la ciudad de Sevilla. Es un pintor que se entiende muy bien conociendo la psicología hispalense y cómo se mueve la sociedad y la realidad sevillana. Así entiende uno mucho mejor al artista y eso me ha servido de mucho. Como Walter Benjamin, entender lo que es la vida posterior para entender el pasado”. Lo cierto es que Murillo no sale nunca de su Sevilla natal, lo que no frenó que obtuviese una fama creciente en vida e incluso llegara a obtener más ingreso con su pintura que el mismísimo Velázquez. “Él no sale nunca de Sevilla, y se da cuenta de que el estatus es muy importante en su ciudad, y él utiliza todo para adquirir un estatus y poder llegar a determinadas personas, eso es lo que le hace ser el pintor más afamado y reclamado de la ciudad, como visualizador de imágenes sagradas”.

Un visionario del marketing que hoy conocemos o, incluso, un experto en redes sociales. Lo explica Navarrete: “Sabe muy bien relacionarse con determinadas personas que son las que lo posicionan. Eso se ve muy bien cuando uno estudia las pinturas del Hospital de la Caridad, y se da cuenta de lo que cobra por ellas y como él, además también para las pinturas de Capuchinos, mueve una serie de teclas para que determinados ricos comerciantes que han sido algunos padrinos de sus hijos sean los que paguen y costeen eso”. “Sabía muy bien con quién debía relacionarse en Sevilla. De hecho, pinturas de Murillo, en vida de él, en Madrid, hay muy pocas en colecciones e inventarios, y eso dice que él no necesitaba salir de Sevilla para ser afamado; se mueve perfectamente y tiene muy bien estudiadas las claves de la ciudad. Las redes sociales son eso y él era experto. Un magnífico influencer”.

“Lo que aparentemente resulta fácil y directo —argumenta la sinopsis de la obra realizada por el profesor Navarrete— no es más que el espejo de un complicado juego empático cuya única finalidad es la persuasión y seducción de un hábil conocedor de los códigos hispalenses y de los recursos que suministra la pintura. Murillo se anticipó en muchas ocasiones a las respuestas del público, realizando obras en las que el aura se impuso, abriendo el camino de su prestigio y cautivando e ilusionando a los coleccionistas que, subyugados por su lenguaje, le rindieron culto hasta el punto de hacer de su obra una religión”. Eso, claro, hubo quien lo exprimió al máximo, caso del franquismo y el nacionalcatolicismo.

Año Murillo en Sevilla: “Era una manera distinta de ver al artista, y que el público lo viera y lo entendiera en toda su dimensión y en todo lo que ha sido capaz de trascender”

“¿Por qué se utiliza todo eso? Porque llega a la gente. Franco detestaba a Picasso, no llegaba a la gente; y la clave del éxito de un político es llegar y captar a la gente, y se utiliza todo lo posible para eso. Luego, evidentemente, incluyes los mensajes que quieras colocar. Eso es muy interesante de estudiar”, argumenta un hombre que ha sido capaz de poner las obras cumbres del pintor sevillano al trasluz y descifrar su simbología oculta. “Me han interesado mucho las pinturas del Hospital de la Caridad y, sobre todo, la pintura de Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos para ver reflejado en el agua y en la luz que hay en la palangana del niño al que está curando la tiña Santa Isabel un mensaje esperanzador de que a través de las obras de caridad obtienes la vida eterna. Él coloca también mensajes”. Todo ese recorrido por el camino de la luz, el ser un artista en continua transformación, le sirvió para ser el pintor más aclamado y demandado en su época, estrella de las subastas internacionales, e incluso bocado más que apetecible para expoliadores y saqueadores napoleónicos —”la forma en que el régimen justifica que la Inmaculada venga a El Prado alude a que es una imagen de la religiosidad, de la catolicidad. Franco valora en ella los valores raciales; es alucinante—”.

En el caso de Benito Navarrete, se interesó por el arte gracias a su profesora María Dolores Rodríguez Doblas. “Por eso siempre admiro a los profesores de enseñanzas medias porque realmente la responsabilidad hacia las personas con su pasión, dedicación y entrega es clave y vital. En un momento en el que la enseñanza pública está tan maltratada por nuestros políticos es verdaderamente admirable que haya personas que consiguen contagiar desde las aulas esa pasión por la historia. Y yo tuve esa gran suerte con María Dolores en el Instituto Padre Luis Coloma”. Ahora, tiempo después, tras haber sido galardonado en 1993, por ejemplo, con el premio Ayuntamiento de Sevilla al mejor expediente académico en Historia —17 matrículas de honor— y después de que haya cumplido una década como profesor titular en la Universidad de Alcalá, Navarrete ha podido seguir de cerca los fastos sevillanos con motivo del cuarto centenario de Murillo. “Estoy contento porque el público ha reaccionado muy bien, tenemos una gran cantidad de visitantes y era una forma de ver de manera distinta al artista, y que el público lo viera y lo entendiera precisamente en toda su dimensión y en todo lo que el artista ha sido capaz de trascender, y creo que ese objetivo el Ayuntamiento lo está cumpliendo bastante bien”.

A nivel personal, en todo caso, rehuye del marketing asociado a la cultura o de la nueva tendencia de presentar el arte con una pátina de espectáculo —véase la exposición, también en sevilla, sobre Van Gogh—. “A mí no me gusta la cultura del espectáculo, me gusta ver las obras de arte con los ojos limpios y disfrutar ante la contemplación de la originalidad. Lo que me gusta es que una exposición sirva para descubrir aspectos inéditos de un artista y que haya detrás un volumen de investigación importante”.

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